viernes, 8 de octubre de 2010

Mar Adentro: Primera parte


La mañana era tan dulce que hasta resultaba un poco molesta para papá. Los niños jugaban en la arena mientras él estaba tumbado sobre su mecedora verde, que no mecía, había perdido la batalla con la arena y se limitaba a ceñirse a ella.
Y la arena estaba tan amarilla, el mar tan azul.
-Mercedes. –Le dijo a su mujer. –Anda y trae a Tito que está en el carro.
-Pero Manolo, le tiene miedo…
-Nada de mariconadas. Tráelo, o si no lo traigo yo. Esto hoy se acaba. –La esposa bajó la cabeza, no era capaz de reprochar las fobias de su niño, era su niño. Pero tampoco quería que su Manolo se pusiera como un gorila. Desapareció entre los matorrales que escondían la camioneta. Al poco regresó. Sola.
-Manolo, déjalo así, dice que no está de humor.
-¡Pero carajo! ¡Si nunca está de humor! –Reprochó. – Esos miedos tengo que quitárselos yo. Se lo debo como padre.
-Manolo, tu sabes lo que dijo ese sicólogo de la escuela.
-A la mierda el sicólogo. –Escupió, literalmente. –Yo sé con que se curan esas pendejadas. –Se levantó. Era un hombre corpulento, alto, recio, criado a la vieja usanza; Tito, por otro lado, era flaco y casi nunca salía de casa. Le tenía pánico al agua. Manolo desapareció corriendo entre los matorrales los pasos hacían crujir la arena. Mercedes temió por su hijo, sin embargo sabía que era lo mejor, que todo esa sicología no era para la gente del campo.
Al poco tiempo regresó Manolo junto al niño. –Mira que el mar está lindo para nadar. –Su gran mano estaba posada sobre la nuca de su Tito. Su chico sobresaliente de la escuela, al que los profesores le daban buenos augurios, reales, pero sin decírselo nunca. Que hasta había salido en el periódico. –Mira a tus hermanos como juegan. –Pero el niño miraba al suelo, de vez en cuando giraba a donde estaba estacionado el camión, sus ojos parecían contener muchas lagañas, hallaban técnicas para rehuir a mirar al frente. El horizonte, azul. Conforme se acercaban al agua y Tito veía como la arena grisácea cambiaba de color, a mojado, sus piernas empezaron a temblar. Un halo frío recorrió su espina, su frente sintió el frío sudor que no podía augurar nada bueno. Manolo puso la otra mano en las costillas de su hijo, y cubrió la resistencia que este le oponía, siguieron avanzando lentamente. –No pasa nada, estás conmigo, hijo. –El último aliento de una ola chocó en los dos pares de pies. Esta vez Tito sintió un espasmo poderoso y estuvo a punto de precipitarse al suelo, pero a último momento no lo hizo, no podía dejarse vencer, si caía, lo sabía, la corriente le arrastraría. Cerró los ojos y uso la espalda como contrapeso a los brazos de su padre.
La siguiente ola que chocó le llegó hasta los tobillos. -¡No! –Se echó para atrás, por un momento sus ojos contemplaron el basto manto que se extendía hasta donde comenzaba el cielo a los lejos, pero en seguida se tapó la cara y dio media vuelta, su padre nunca dejó de empujarle y ganarle batallas, aunque le sorprendió la fuerza que Tito poseía.
-Hasta aquí llegaron los lloriqueos, -exclamó, -Un hijo mío no puede tenerle miedo al mar. Por dios Tito, estuve en la guerra, el mar es el menor de los males. Si hubieras visto lo que yo vi… –Su voz contenía un susurro de ternura, sus invencibles brazos sostenían torso y piernas respectivamente. Lo levantó en brazos.
Los ojos de Tito estaban mojados, los alrededores enrojecidos, las mejillas eran ríos de lágrimas. –No papito, no por favor. –A Manolo le enterneció, una parte suya, insignificante, compartió su pena, pero no podía dar marcha atrás.
-Pero hijo, no pasa nada, es agua, solo agua. Mira ¿qué tiene de malo el agua?
-Su voz, es su voz, no dejes que me lleve. –Chilló. –Me llama. Me llama en sueños.
-A esto ya se le acabó el chiste, el agua es solo agua, el agua es para que nades. –Sostuvo al niño en el aire, le agarró del cuello de la camisa y de la parte trasera de los pantalones, y le arrojó contra una ola que acudió a su encuentro como un esponjoso colchón. -¿Ves que no hay nada de malo? ¿Qué el mar no tiene voz?
El pasar de la ola reveló a Tito sentado sobre sus talones, intentaba hermetizar sus ojos con las manos. Temblaba. Sentía la espalda fría, como unas manos estuvieran por agarrarle y arrástralo mar adentro.
-No hay voces, no hay voces, no hay voces. –Repetía con la voz quebrada. Los sollozos salían acompasados con las exhalaciones. La imagen patética de su hijo arrodillado, y las olas que le atacaban por los costados hizo que el corazón de Manolo diera un pequeño vuelco, un brote de compasión sincera, una reacción muy impropia de él. Aunque pronto esta se vio copada por la mas pura repugnancia, pero se contuvo. Amar es mar que tener un brazo de hierro, siempre lo había sabido.

Mar Adentro: Segunda parte


-Levántate, no pasa nada hijo, estás conmigo. –Le tomó por los hombros caídos, intentó enderezarle la mirada, destaparle el rostro, incluso cruzó por su mente la idea de pedirle perdón, pero no lo hizo, esperar eso de Manolo era lo que se dice: mucho pedir. Simplemente le cubrió la espalda con el brazo y le llevó a la orilla.
Mercedes estaba tumbada sobre la arena, prefirió no ver, así que se hizo la dormida. Ya oía el característico crujir de la arena bajo los pies de su marido acercándose. Estaba preparada para alguna frase filosa como: “Aquí tienes a la porquería a la que llamas hijo”. Pero no escuchó su voz, había estado alistando su contragolpe todo el rato, afilando la navaja para defender a su niño. Las pisadas en cambio, vinieron pesadas, se detuvieron un momento, y luego se marcharon igual de pesadas. Al abrir los ojos lo que vio fue a Tito sentado sobre la mecedora, los pies no alcanzaban a rozar la arena, goteaban. A unos veinte metros en la misma dirección estaban los mellizos, seguían revolcándose en la arena como lo habían estado haciendo desde que llegaron. Manolo se había adentrado en las olas, el agua le daba por la cintura, parecía desconcertado.
-¿Te acuerdas de las voces del mar mami? –Musitó Tito.
-Si hijo, las pesadillas.
-Ya no las oigo ahora que estoy aquí, ya ni siquiera me acuerdo de cómo eran.
-Que bueno. –Sonrió, y la sonrisa le pareció excesivamente incómoda, no lo había esperado. - La terapia del doctor Plaza da buenos resultados, eso es muy bueno para ti.
-No, fue la terapia de papá, resultó efectiva. –Ahora miraba al horizonte, los ojos estaban hinchados, pero aun así tranquilos.
-¿Ya no le tienes miedo al agua?
-Ya no, creo que no. Ahora creo que podré aprender a nadar.
-¿En serio? –Dijo la madre, y desvió en seguida el rostro hacia donde estaba Manolo. Sonrió por él y por ella. Ahora la sonrisa amplia entre los labios pálidos y maternos.
-En serio.
-Entonces anda, nada, pero no muy adentro.
-No, no creo que progrese tanto hoy. –Se levantó y se adentró en el agua. A cuenta de pasos tembleques llegó hasta donde estaba su padre.
No se hablaron, se limitaron a jugar con el agua. Tito hasta se burló de la mediocridad de las olas, de ahora en adelante jugaría con ellas, las amansaría. Estaba enviciado domando cada remesa, chocando de pecho contra los blandos muros, rompiéndolos. La ancha cara del mar no era monstruosa, era fresca y juguetona. La cara del padre resplandecía en la tarde.

Mar adentro: Tercera parte


Manolo era feliz, era una simpleza, pero estaba feliz ¿Quién dijo que la felicidad se basa en cosas grandes? –Voy a comer algo ¿vienes conmigo?
-No, no tengo hambre todavía.
-¿Está bien si te dejo un ratito? –Miró directamente a los ojos hinchados por algún rebrotar de lágrimas.
-Si, está bien, -dijo con alegría, -estoy bien.
Manolo se alejó. Al llegar a la orilla volteó de nuevo la mirada, la emoción fue tan intensa de hecho que, decidió expresarla a flor de boca.
-¡Tito! ¡Hijo! –EL niño volteó. “Te amo”, pensó el padre, que siempre fue un padre frío, y, al final de un sentimiento tan fuerte, su frialdad volvía a imponerse. -¡¿Estás bien?! –El niño levantó un brazo y asintió.
-¿Dónde está la comida? –Mercedes señaló la pila de matorrales que cubría la camioneta.
-Bueno, bueno, pero te dije que la traigas aquí hace rato ¿y si tiene hormigas? –Desapareció trotando entre los matorrales.
-No hay nada ¿Dónde carajo los metiste? –Dijo al volver.
-Hombre inútil. –Musitó Mercedes con cariño. –Hay un cesto en la cajuela. –Se levantó y le alcanzó.
-Es la primera vez que Tito nada en el mar ¿estará bien que nade hasta tan adentro? –Dijo ella.
-Si, creo que si, se maneja bien. El lunes lo inscribiré en un curso de natación.
-Hasta podría convertirse en nadador profesional. –Manolo guardó silencio, tenía la boca llena de ensalada de pollo.
-Voy a ver si no pasa nada. –Dijo Mercedes, él le agarró de la cintura.
-No pasa nada mujer, Tito ya tiene nueve años, nos dirá si los gemelos arman barullo. –Le besó el cuello, lo sintió salado. –Además, ahora al verle, no se, lo siento diferente.
-¿Saco el pollo asado? –Preguntó ella, aunque ya estaba desenvolviendo el papel aluminio.
-No me lo preguntes. –Contestó él. Ella se dio la vuelta, rió y le dio un minúsculo beso en la boca.
-Tragón, vas a ver como se te va a poner la panza.

Mar Adentro: Cuarta parte


La idea de temerle al océano era tan tonta. Tito soñó cosas malas de él toda su infancia, pero ya no recordaba que era lo que había soñado, se sintió un poco estúpido por todas las veces que rechazó ir con los amigos a nadar, o las excursiones del colegio en las que siempre quedaba mal con las niñas por preferir quedarse ¿Cómo fue capaz de perdérselo? Ya no pasaría. Por terrible que hubiera sido aquel miedo, el mar había sido el mejor remedio. Le tenía extasiado. Nadar era como flotar en el aire. Romper olas con el pecho le hacía volverse un campeón invencible.
Otra ola más a las estadísticas, una risita triunfal, y otra ola ¿Quién podría cansarse?
A lo lejos, mucho antes de donde nacían las olas, un rollito de agua plateada comenzó a rodar sobre la superficie y comenzó a crecer, a veinte metros parecía un muro de jardín, a diez, un poco más alto. ¿Qué importaba cuan alto? Los ojos del niño brillaban de excitación ¿qué sensaciones le esperaban en el choque contra ese monstruo? La vencería. Si lo lograba sería el campeón mundial sin duda, el domador de olas, el que los chiquillos de la escuela admirarían, y al que la chica pelirroja dos bancas atrás tomaría de la mano. Ahora la ola ya estaba tan cerca que arropaba con la sombra. Tito tuvo la extraña sensación de que aumentaba, y mucho, su velocidad al acercarse, parecía desesperada por chocar contra él, al comenzar a doblarse le pareció que la figura se parecía mucho a la de una mano, una mano que contraía y estiraba el dedo índice con un movimiento ondular. Le llamaba ¿porqué no lo pensó antes?
En ese último segundo antes del choque recordó lo que había soñado -¿Cómo fue tan idiota para olvidarlo?-, y lo que el romper ondulante de la ola parecía decirle. VEN. Pero ya era muy tarde para conjeturas, ahora ya no veía una ola, era una mano, una mano azul con dedos de plata brillante cerrándose sobre su cabeza, ya no le llamaba, ahora venía a por él.
Chocaron.
Al abrir los ojos, todo era una confusión verdosa, la fuerza de la ola hacía que sus extremidades se movieran independientes, su pataleo levantaba grandes volutas de arena que oscurecían el agua. La luz del exterior, de pronto, parecía cada vez más arriba, la corriente le arrastraba donde la salinidad verdosa del ambiente acuático oscurecía hasta un azul profundo y atemorizante pendiente abajo. Sin embargo nunca dejó de dar brazadas en pos de la superficie.
Al escuchar aquella voz supo que nunca más saldría de allí. Era una voz que no era una voz, era el sonido del chasquear de las conchas, del crujir de los crustáceos, el coleteo de los peces, “carne y agua” decía, “carne y agua se han de tornar en mar”. Por un momento había creído que estaba asfixiándose, pero al no sentir los pulmones contraídos se dio cuenta que no necesitaba aire, su pecho estaba lleno de agua, sentía la frescura líquida, pero no le sofocaba. Escuchaba una infinidad de susurros, y en un lapso indeterminado llegaron a convencerle, no tenía por que temer, era bienvenido, era el que había de poner orden, era él y tenía que sentarse en el gran trono. MAR.
“Danos tu espíritu, solo queremos tú espíritu”.
Lo último que Tito oyó fue “danos tu espíritu, el mar necesita un espíritu”, y se dio cuenta con terror que ya no sentía el cuerpo, ni el frío de las zonas abisales por donde era arrastrado; pero si extrañaba a su familia, aunque no recordaba con exactitud que era lo había estado haciendo, ¿Quién era ese señor alto y fornido de la playa? ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo? Su memoria entumeció por última vez. Y Tito dejó de existir, la máscara desapareció, solo quedó la esencia, se llamaba Poseidón.

Mar Adentro: Quinta parte


“La búsqueda del cuerpo del niño termina hoy”, -leyó Manolo “¿Cómo se atrevieron?” Pensó, “Es Tito, es Tito, mi hijo, mi hijo”. No recordaba desde cuando estaba borracho. El universo en su mente era la amargura de no haber sido capaz de decirle a Tito que le amaba aquel día. Sostenía el periódico en sus manos, una publicación de tiraje local de nombre La Voz. Los titulares hablaban de la voraz fuerza desatada en las costas del mundo, los daños materiales eran incalculables, los muertos se contaban en cifras, en un pequeño recuadro se contaba la historia del pequeño Tito con cortas palabras, como un fino aguijón, como si el redactor se hubiera relamido los labios al escribirla. “Quince días desaparecido, sin embargo el padre dice mantener esperanzas”.
Arrojó el periódico al suelo, las hojas se desperdigaron y no tuvo el valor de recogerlas, una mano estaba asida al cuello de una botella; la otra cerrada, con los nudillos blancos.
-Hijos de puta, -se dijo antes de salir, -si no quieren ayudar, no ayuden maldita sea. –Salió de la casa dando tumbos.
La madre estaba preparando la sopa del almuerzo cuando vio salir a Manolo y embarcarse en la camioneta. Sabía que iba a la playa a seguirse embriagando, ya había perdido esperanza de detenerlo cada vez que hacía eso. Era un hombre demasiado débil después de todo, ella ya se había hecho a la idea de no volver a ver a su Tito, aunque el dolor no cambiaba, y a veces, al despertar por las mañanas tenía la sensación de que en cualquier momento entraría en su habitación para abrazarla, como cierta navidad. Pero nunca pasaría. Mercedes siempre sentía un frío incondicional, se sentía ajena al mundo de algún modo.
–Mami, mami. –Uno de los gemelos tiraba del vestido con insistencia, la madre dejó la zanahoria a medio rebanar, dio media vuelta y acaricio la mollera del pequeño.
-Mami ¿crees que las voces que llamaban a Tito se lo llevaron? –Los ojos guardaban ese brillo determinado de la infancia. -¿Fue ese señor? –Apuntando dedito regordete al crucifijo colgado en la pared.
-Creo que sí, hijito. –Dijo y se dio media vuelta y siguió picando la zanahoria, las lágrimas empezaron a brotar como flores al amanecer.
Poseidón vio al hombre sentado en la playa, cansado de tanto nadar, lo escuchó llorar. En algún rincón de su salvajismo creyó reconocer la voz de aquel hombre quebrado. No era capaz de sentir emociones, y si alguna vez las sentía eran recuerdos incomprensibles de su antigua existencia.
Esa tarde llovió.

lunes, 2 de agosto de 2010

La caja flotante: Primera Parte


La razón de mi vagabundeo marino a bordo de un barril, traición en alta escala según el capitán, se me descubrió una noche en cubierta saboteando los mecanismos de velaje del barco. Días pasados había yo hecho un negocio con un buen número de marineros que ansiaban hacerse con el barco que yo tripulaba, yo por otro lado ansiaba un dinerillo extra si se daba la oportunidad, no me importó mucho traicionar a algunos amigos de la embarcación pues amaba más el oro, y tenía la total certeza de que ellos hubieran hecho lo mismo por mí. El plan era simple, yo quemaría tiempo cortando sogas y vaciando la pólvora al mar, mientras el grupo de rufianes, armados hasta los dientes, se dirigía a toda vela en nuestro rumbo a bordo de una goleta, pero con la ventaja de encontrarnos desarmados.
Así que cuando un marinero me encontró con cuchillo en una mano y soga en la otra, hizo lo que debía, en menos de una hora yo, Mathieu Laquerre, fui apresado, juzgado, y tirado por la borda ante los ojos de quince piratas borrachos que cantaban desafinados, pero altivos por haber encontrado y eliminado la rata, que hace días se rumoraba viajaba a bordo del Hungry Squalus; por equivocación un marinero ebrio hizo rodar un barril vacío que saltó por la borda y chapoteó muy cerca de donde yo caí, los demás se lanzaron sobre el marinero, le apuñalaron y le arrojaron al agua, corriendo así él con peor suerte que la mía, pues a pocos segundos de tocar agua escuché sus gritos desgarrados, único producto de los fervores tiburoniles por la sangre. Por último, los marineros (apostados en la borda) dirigieron frases de amor para mi madre, y un par de saludos para los tiburones, la luz del barco desapareció sistemáticamente, sin embargo el silencio dejó espacio para que mi corazón aterrado se manifestara como sonido dominante.
A pesar del terror, esa noche no pasó nada, intenté abrazarme a lo largo del barril, pero siempre terminaba cayendo, era imposible mantener el cuerpo entero fuera del agua; luego intenté sacar el trasero del agua, pero para eso mi cuerpo tenía que tomar forma de v, e introducir gran parte de la cabeza en el agua para mantener el equilibrio, me rendí después de más de cien intentos en cada posición al darme cuenta que, el siguiente chapoteo podría convertirme en bocado (de mal gusto, pero bocado al fin y al cabo), de los peces dientones que nadaban en mi radio, me conformé con apoyarme sobre el barril transversalmente, mantenía la mitad del cuerpo fuera, burlaba en cierto modo el frío. Lo que hice durante el lapso nocturno, al ser imposible dormir o tener un poco de paz, fue rezar por mis piernas, cada roce extraño en los tobillos me provocaba ofrecerle mi alma a dios, o al diablo, el primero que se manifestara. El alivio del alba resultó ser la revelación de los horrores, centenares de tiburones nadaban a mí alrededor, unos pequeños, no más grandes que un perro, otros tan anchos como un caballo, uno en especial me pasó rozando los tobillos, los pequeños chocaban en mis piernas y seguían su camino, mantenía las piernas rígidas, y los calambres, tan oportunos, venían uno tras otro sin avisar, sabía que era cuestión de un raspón y mi buena suerte huiría como un ratoncillo. Pasé el día llorando, y rogando que la banda de marineros que perseguía al Hungry Squalus me rescatara.
El segundo día noté que mi piel estaba blanda como una hoja de papel al agua, mis manos daban la impresión de ser guantes y no de manos, la sensibilidad de mis piernas desaparecía como un ladrón de bolsos en la avenida más transitada, me era imposible deshacer el estrés, lo único que me quedaba era soportar los calambres y rogar que mis tormentos no atrajeran a la muerte vestida de piel viscosa y aleta triangular. No pasó nada más ese día, solo el hambre y la sed que de pronto eran visitas no programadas (que nunca agradan) que llegaron para quedarse a vivir indefinidamente en mis sentidos.
La noche fue la copia exacta de la anterior, solo que esta vez sentí más frío, y mareos.

La caja flotante: Segunda parte


El siguiente día encontré un trozo de carne flotando sobre el agua, me importó poco de donde proviniese, ni su olor putrefacto, la engullí de dos tajos, poco después caí en inconsciencia, soñé, valga el diablo, con tiburones, con tiburones del tamaño del Hungry Squalus, me devoraban una y otra vez y no moría, al morir aparecía de nuevo en el océano, y volvía a ser despedazado por las horrendas fauces. Desperté con un terrible dolor de estómago. Me dio diarrea esa noche.
En el cuarto día no pude soportar la sed. Como todo marinero, conocía muy bien ciertas reglas del mar, nunca bebas de él. Sin embargo cedí a la tentación del océano, no me importó, “agua es solo agua”, pensé. El agua en contacto con mi garganta me hizo desistir en el primer trago, dejándome una terrible irritación de garganta como recuerdo. Más tarde en la noche, no podía contener la boca cerrada, sentía mi garganta quemada, los labios salados entre escupitajos y tragos de saliva, incluso el aire sabía a sal. Se me ocurrió que si aflojaba la garganta el malestar se iría, así que lo hice, reí como un desquiciado, sin otra razón que mofarme de mi mismo, me sentí libre un instante, podía burlarme de mi propio futuro, podría reírme de la muerte, pues aunque me llegara, tarde o temprano, no podría quitarme ese momento de sarcasmo. Y en el mismo instante en que pensaba en aquello algo chocó en mi cintura, mi corazón paró un momento su diapasón moribundo y en ese segundo en que me fue imposible tragar algo de saliva, mi risa se transformó en un alarido de terror.
No eran dientes lo que chocó en mi cintura, tampoco la proa de un buque ni una medusa. Estiré la mano hacia la cosa, la oscuridad me permitió imaginar la peor de todas las posibilidades. Lo que primero toqué tenía una textura lisa, sin falla alguna. No era un ser vivo y eso era un alivio. Era una caja, de madera al parecer (de dimensiones supuestas de un metro y medio por setenta y cinco centímetros). -Un barco que carga ataúdes, -pensé, -Siempre muere gente en el océano. Y si se tiene posibilidades hay que darles un sepelio decente. –Volví a reír endemoniadamente, tantee en busca de la chapa, en efecto, en el centro de la caja habían tallados en bajorrelieve que no pude distinguir y lo que parecía un cerrojo, un ataúd puede ser una buena balsa, podía utilizar mi propia ropa para atar el barril a la caja para que sirva como agente de flotación, me vestiría con los vestidos del difunto, y quien quita que hasta podría utilizar un lujoso bastón como remo, o un brazo.
Emocionado me abalancé hacia la chapa que suponía ser la cerradura de la caja, -un ataúd con bajorrelieves, -Pensé, -el condenado mínimo ha de ser un noble, un niño de castillos al que nunca le sudó la frente.
Me detuve de súbito, -Tal vez hasta carga joyas, -pero no se podía hacer nada, debía echar el cuerpo al agua, las lunas nuevas siempre fueron ideales para las fechorías, pero no para esa, además estaba el tema de la falta de alimento, los ropajes, no toqué la caja esa noche, preferí que la luz del sol me diga que hacer con su contenido, eso sí, me agarré celosamente tanto a la caja como al barril, me mantuve en vilo la noche entera, hasta estuve a punto de olvidar mis tormentos físicos.
En efecto, era una caja, pero no un ataúd, era un prisma hecho de un material color marrón pero no de madera, era liso como el cristal, el bajorrelieve describía una imagen deforme que no supe determinar si se trataba de un dibujo o de un texto, verla no me producía ninguna sensación en especial, la examiné un rato, nunca había visto algo igual, no era azteca ni español, no inglés ni francés, tampoco reconocía alguna similitud con culturas orientales, pero no era un ataúd, era seguro que guardaba algo valioso, tal vez no oro, pero si algo valioso. Intenté abrirla por todos los ángulos y variables, si había un mecanismo era muy complejo, o tan simple que resultaba imperceptible para los ojos. Como sea, no encontré ese cerrojo. Maldije toda la tarde con las manos puestas sobre aquel tesoro desconocido. Recordando uno de los cuentos de mi abuelo en el que una carta de absolución llega a una cárcel un minuto después de que el condenado ha sido ejecutado. Como dice un viejo adagio pirata: “El oro no vale nada si eres un caballo”, -tampoco, si eres un pez, -pensé, -o un hombre que vive en medio del océano con vecinos que planean cenarte. Recordé los tiburones, no había ninguno a mí alrededor, me sorprendió gratamente aquella visión, tampoco habían peces traviesos nadando por allí y por allá, los animales parecían haber huido de mí, no le di importancia, comencé a patalear bajo el agua, mis piernas recuperaron algo de sensibilidad, un dolor terrible en las rodillas, también tenía la garganta curtida por el agua de mar, la cara tostada y las manos arrugadas como las de un anciano.

La caja flotante: Tercera parte


Hola Matt. –Dijo esa voz, la tarde estaba soleada, las olas danzaban adormiladas, era el séptimo día de mi naufragio. En ese momento no le presté atención, estaba más preocupado por una herida en mi rodilla, surgida cuando quise patear la caja flotante, aunque en el fondo sabía que no llegaría a más de una infección, pues habían pasado dos días sin ver a un tiburón por allí, de hecho sin ver a ningún pez. –Hola Matt. –Decía, a veces solo repetía mi nombre, por supuesto que yo nunca respondería, sabía que estaba empezando a perder la cordura, alimentar la locura no me convenía, además, el paisaje sobre el que flotaba era tan surrealista como hábitat de un hombre que cualquier disparate infundado por el cerebro era fácil de masticar y tragar, de creer, esa voz en particular no representaba temor, sí un poco de sorpresa.
Cuando le contesté me encontraba taciturno, mantenía la conciencia en bajo perfil.
-Hola Matt. –Dijo esa voz.
-Hola. –Dije.
-¿Cuál es tu mayor anhelo en la vida? –Dijo, parecía una entrevista conmigo mismo.
-El oro ¿Qué más? –Murmuré.
-Claro que no, ¿Cuál es tu mayor anhelo en la vida? –Volvió a preguntar, algo salió de mi disertación somnolienta.
-Caminar sobre algo sólido, por ahora, tener mis piernas a la intemperie me está volviendo loco.
-Deséalo entonces. –Dijo.
-¿Desear qué? –Dije.
-Libertad.
-Eres libre, le hablas todo el rato a mi cabeza.
-Deséalo Matt. Y ambos seremos libres.
-Hágase la libertad. –Dije, luego pasé mi lengua por mis labios lacerados.
-Al liberarme tengo la obligación de concederte el deseo que más anheles en la vida. –Dijo. –Ambos seremos libres.
-¿Qué tengo que hacer?
-Utiliza los dedos.
-¿Qué?
-Utiliza los dedos. –Dijo, en ese instante desperté. Recordaba con claridad la conversación, pero no entendía nada de ella.
Al amanecer del octavo día ya no tenía fuerzas ni para alzar la cabeza, era el primer día que dormía como un bebé, pero despertar reveló la cruda realidad, mi piel se descascaraba como la corteza de un árbol, me dolía cada articulación de mi cuerpo, especialmente los brazos, cada vez me era más difícil asirme del barril, sentía mis piernas como extremidades ajenas a mí, tenía un pavor terrible por examinarlas, las sentía podridas. Además, mientras dormía solté la caja extraña y no la encontraba por ningún lado. Lo único positivo fue encontrarme con un banco de peces, no había visto ninguno desde el día que encontré esa caja flotante, más tarde me alimenté de un montón de algas que flotaba sobre el agua. Aun así lloré como acostumbraba hacerlo todos los días. Y caí desmayado como la noche anterior.
Al despertar, el sol ya había cruzado los noventa grados, mis desmayos eran cada vez más largos, pensando en eso tuve la breve esperanza que uno de esos desmayos fuera eterno. La caja viajaba de nuevo a mi lado, era como si me siguiera, entonces lo comprendí, la caja me habló todos esos días. Me estaba muriendo, mi parte sensata me sugería que no sobreviviría otros dos días, no había nada que perder, “utiliza los dedos, me había dicho la voz”, así que estiré la mano y toqué superficie lisa de la caja, era como tocar un animal apaciguado.
-Dedos. –Dije. –Dedos ¿Dónde? –La superficie pareció ablandarse, con los dedos aun sobre la caja, volví a perder el conocimiento.

La caja flotante: Cuarta parte


Cuando desperté era de día de nuevo, estaba más cansado que nunca, me faltaban tres dedos de la mano derecha, no tuve el valor de gritar, más el terror me devolvió una mísera cantidad de fuerzas, sea lo que sea, la caja ya no estaba, pero el lugar olía terrible, a podredumbre, tampoco habían peces cerca de mí, y a menudo me topaba con un líquido de color marrón que flotaba sobre el agua que al parecer era el causante del olor, intenté comerlo, pero ni el hambre más terrible del mundo podría hacerme aguantar ese sabor, sabía picante, apestaba como un pez en su máximo estado de putrefacción, su contextura era aceitosa, escupí el bocado encima, luego me vinieron unas arcadas terribles y vomité mis propios jugos gástricos, sentía como si fuera a expulsar los pulmones por la boca, mi pecho parecía reventar, mis piernas se acalambraron de extremo a extremo. Al terminar esos martirios reconocí una jaqueca fuerte de entre las que habitualmente me acosaban debido al sol. Tomé mucha agua para que el sabor de la sustancia marrón se vaya, pero no se fue, solo se mezcló con la salinidad. En ese momento tuve la plena seguridad de que iba a morir, había cometido el peor error que un naufrago podía cometer, beber de la fuente.
Volví a desmayar. Soñé con una mujer hermosa, soñé que nunca me convertí en pirata, que tenía hijos, hasta sentí felicidad.
Algo chocó en mi cintura, me costó mucho salir de mi sueño y empaparme de realidad, la luna menguante me permitió distinguir una figura apenas me di vuelta, era esa maldita caja otra vez, la empujé con el resto de rabia que quedaba en mí, me encontré con una superficie carnosa, viscosa, y al llevarme la mano de vuelta a mí, el olor casi me produjo un nuevo desmayo, pero sabía que ese instante era crucial y no podía perdérmelo.
-Cómeme si tienes hambre. –Dije. Intuí que se trataba de un tiburón, el más grande que jamás haya encontrado, el bulto sobresalía al menos un metro del agua. –Pero vas a pescarte una indigestión terrible ¡Bien por eso hijo de perra!
-Vengo a cumplir tu deseo. –Dijo, esta vez la voz provenía de aquel monstruo, era una voz ronca, muy grave, que no guardaba mínima similitud con la de un hombre, todos los vellos de mi cuerpo se encresparon, el terror se renovó de pronto, el mar volvió a ser el sitio misterioso que pensé de niño.
La bestia se abalanzó contra mí, pero justo antes de la embestida se sumergió y me sacó del agua, en un último intento por vivir me así de un enorme cuerno que salía del dorso, la luz de la luna me permitía formar un boceto de mi posición, viajaba a una velocidad increíble, se podían ver las olas brillando y quedando atrás, haces y haces de olas, mi deseo había sido caminar sobre una superficie firme, en ese momento de total regocijo no me importó mi transporte, pensaba que bien podría ser otro sueño producido por mis constantes desmayos, en fin, incluso me aventuré a hablarle a la criatura.
-¿Cómo te llamas?
-Agua. –Dijo.
-¿Cómo sabes hablar este idioma?
-Conozco todos los idiomas del universo.
-¿Qué era la caja?
-Mi espíritu estaba encerrado allí, cuando me liberaste salí a alimentarme, he estado fortaleciéndome estos tres días.
-¿A dónde me llevas?
-Tenías la opción de hacerme tres preguntas y un deseo. Haz hecho las tres preguntas y tu deseo está a punto de cumplirse. –Me quedé callado, comprendía que desperdicié una oportunidad infinita, podría haberle preguntado los orígenes del hombre, como llegar a la inmortalidad, sin embargo no era mal recompensa mantener la vida después de tal situación.
Vi a lo lejos una luz, se trataba de un barco, en menos de un minuto estuvimos cara a cara.
-Tu deseo ha sido cumplido. –Dijo el monstruo y me dejó caer en el agua. –Pero no te atrevas a volver a tocar el mar en lo que reste de tu vida, porque si lo haces vendré por ti y te devoraré. -Ante la luz del barco pude ver su lomo, era de un color verdoso, y el cuerno del que estuve asido era del mismo material de la caja flotante, no pude verle el rostro, se hundió enseguida dejando un chapoteo de agua tras de sí.
Quise llamar al barco pero mi voz tenía tan poca fuerza que solo yo podía oírla. Así que me puse a llorar, el barco pasaba y yo no era capaz de hacer un último esfuerzo por vivir. El rumbo de las cosas fue tornándose difuso, sin embargo un poco antes de caer en inconsciencia, observé un marinero que su vez me observaba y arrojaba una soga al agua, intenté asirla, pero ya todo era demasiado nublado, perdí el conocimiento.
Cuando desperté, me hallaba en un catre de sabanas blancas, estaba bien vestido y tenía vendas en cada rincón donde había estado herido, una enfermera me puso al tanto de todo. Se trataba de un barco mercante inglés que servía como corsario para la corona, además de la tripulación, viajaban a bordo ocho soldados, dispuestos allí con el fin de aportar con el control de la colonia americana.
Tardé varios días en recuperarme, me hice amigo de la enfermera, una mujer corpulenta de unos cuarenta años llamada Susan, la hice mía una noche antes de tocar puerto, un hombre rico que tripulaba la nave me ofreció un empleo decente, yo acepté, y le pedí a Susan que nos quedemos a vivir en Nueva York. Aceptó. Me sorprendí de cuanto puede cambiar la vida, cuanto…

La caja flotante: Quinta parte


…primero, estar rodeado de tiburones, sobrevivir al encuentro con la caja flotante, y el agua, a veces tan fría que…
…El agua fría. Abrí los ojos, el agua seguía tan fría como siempre, me encontré con el sol, que centelleó en mis ojos tan fuerte que quedé ciego por un momento, el agua brillaba, de dorado, de azul, de blanco y de verde. Los sueños producidos por mis desmayos eran cada vez más y más convincentes, a veces ya no sabía en que realidad quedarme a vivir. Miré a mi alrededor, trescientos sesenta grados del mismo color, con la misma textura y olas rugosas, excepto por una enorme aleta triangular que se dirigía directamente a mí, no muy lejos. La caja flotante seguía allí, a mi lado, la puse frente a mí justo antes que el tiburón me mostrara sus fauces, la destrozó de un mordisco, como si se tratara de un pedazo de cartón, luego se retiró para preparar la segunda embestida. De los restos de caja sobresalía un brazo huesudo que portaba un suntuoso anillo dorado con su respectivo rubí incrustado, tiré del brazo, y el resto del esqueleto se dejó ver, vestía una chaqueta negra, camisa de encajes, y la botas más hermosas que nunca veré en mi vida, aunque tenía las rodillas quebradas y dobladas con el propósito de hacer caber el cuerpo en la caja. El cadáver tenía en el pecho una inscripción: “Nestor Von Jone”. “Gran pirata”.”Muerto en su ley”. Conocí a ese hombre, y se por cuenta propia que era uno de los peores tipos que conocí, no hubo fechoría que no realizara. Ni siquiera yo escapé, una vez me estafó con unos dientes de oro que resultaron solo ser dorados, cuanto odié a ese hombre, cuantas veces escupí deseando que mi saliva le envenenara de algún modo. Cierto gustillo se coló en mi conciencia, si hubiera tenido sabor, sería dulce.
-¡Agua, cumple mi deseo! –Grité. -¡Agua! -El tiburón dejó de dar vueltas y nadó directo a mi barril, hice a un lado la caja flotante, me deshice del barril, no me sorprendió la poca fuerza que me quedaba, mi nariz entró en contacto con el agua, la inhaló, mis ojos también se sumergieron, y pude ver las mandíbulas de ese pez expandiéndose conforme se acercaba, los tenía tan blancos como los de una princesa, solo que horrendos y por cientos.
-Mathieu Laquerre, gran pirata, murió en su ley. –Pensé. –Gran cartel.

sábado, 31 de julio de 2010

Al pie de los robles: Primera parte


Antes de que caiga el sol, Charlie logró por fin llegar a la guarida del gnomo que vivía en el bosque que rodeaba su casa, para ello se valió de un cucharón de la cocina de su mamá y de una gran voluntad, alimentada por la fe que tenía en que los seres mágicos existían. Su travesía empezó en el pie de un viejo roble en el que se disimulaba, escondida, una diminuta puertecita, que para ojos de cualquiera hubiera pasado desapercibida, pero que Charlie identificó enseguida, por su forma ovalada, una perilla a un costado e incluso una diminuta mirilla hecha a base del fondo de un frasquito de vidrio. El túnel tenía unos tres metros de largo y estaba a un metro de profundidad, muy bien acoplado a las raíces del roble, al final de la travesía se encontró con otra puertita que le llevó a un cubil, muy pulcro, con sillitas, mesa, estantería y un ovillo de leña –que no eran más que ramitas secas- en un rincón. Atrapar a la criaturita no fue tan difícil como se lo esperaba, le encontró reposando sobre unos pliegues de esponja que se asemejaban a una cama, roncaba débilmente y dormía de lado, le alzó suavemente deslizando la palma de la mano bajo la camita y lo introdujo en la jaula que antes había pertenecido a su hámster. Le observó minuciosamente, se trataba de un hombrecillo de piel gris, tenía una prominente barba blanca que le llegaba hasta el cinturón, no tenía nariz sino solo dos huequitos, estaba vestido con unos pantalones marrones muy desgastados y una especie de camisa blanquecina. Al despertar, con sobresalto cansado, Charlie supo que era muy viejo.
-Por favor, devuélvame a mi casa, -le rogó la criatura, ya en la habitación del chico, -estoy muy enfermo.
Pero Charlie no conocía el idioma gnómico.
-Eres asombroso, y sabes hablar, pero no te entiendo nada. –Dijo el niño que no paraba de observarle. –Voy a la cocina por un vaso de leche.
-¿Quieres un poco? –Espetó al volver. –Si, creo que si. –Sacó un pequeño botecito del bolsillo y lo llenó de leche, el líquido blanco bajó por los bordes del vaso y empapó los dedos del chico, luego se lo ofreció plantándolo cerca de las rejas de la jaula. El gnomo no pareció prestar mayor atención, se había recostado sobre su lecho y se abrazaba a si mismo.
-Es leche, está rica. –Abrió delicadamente la jaula y puso el botecito a un lado de la criatura. –Pruébala duendecillo, no te hagas el difícil. –Dijo, dándole un empujoncito en la espalda.

Al pie de los robles: Segunda Parte


Ogna lo había estado meditando y sabía que su mejor oportunidad para escapar había llegado, a pesar de su vejez aun era diestro para manejar su espada, nunca la dejaba de lado, siempre pendía de su cinturón. Era un gnomo muy desconfiado.
-¡Aaaagh! –Gritó el joven humano mientras con la mano sana atenazaba la muñeca de la mano herida, los ojos estaban fijos en la espada, atónitos y desorbitados. La lámina de acero estaba incrustada en los tendones entre los dedos índice y pulgar, apenas denotado un rastro de sangre. El humano no paraba de correr de un lado a otro agitando la mano endemoniadamente, sin embargo Ogna sabía que el golpe no era letal, solo una distracción, tenía que huir tan rápido como sus seniles piernas le permitieran. Intentó escalar la pared de aquella prisión, siempre fue ágil mientras pudo demostrarlo, pero sus recuerdos de agilidad provenían de un tiempo remoto de que su memoria solo conservaba retazos. Finalmente, cuando sus manos estuvieron asidas de la última barra, la tapa de la jaula les cayó encima y el viejo Ogna fue a parar sobre su cama destartalada, lo que le ahorro un par de huesos rotos.
Mientras abrochaba el candado en la solapa, el joven humano tenía fuego en los ojos y profería frases en elevados decibeles, las lágrimas rodaban por sus mejillas como rocas redondas, rodando colina abajo; el gnomo sintió algo de culpa por su acción.
Ogna conocía muy poco del idioma humano y de lo que le oyó lograba discernir las palabras mañana y arrepentir.
El humano abandonó la habitación, al volver traía un parche sobre la herida y la espada milenaria de la estirpe gnómica de Ogna en la otra mano, una reliquia invaluable, jugaba con ella entre los dedos. Esta vez el humano sonreía con las cejas rígidas, como si forzara aquella sonrisa para ocultar otro sentimiento, odio, ira, maldad tal vez. Guardó la espada en un cajón del armario y se dirigió al escritorio donde estaba la jaula que antes le había pertenecido a su hámster. Esta vez habló con calma, con la sonrisa maligna acentuada al máximo, esta vez el prisionero no le entendió una palabra, pero salía a la luz que no era perdón y olvido lo que el gesto facial del humano expresaba.
“No era perdón y olvido”, pensó Ogna y se sentó en su cama para mirar al humano mientras se acurrucaba en su respectivo lecho sin dejar de hablarle, hasta quedarse dormido.

Al pie de los robles:Tercera parte


La sociedad es un reloj que funciona con jerarquías. Cuando el mejor ubicado se frustra en algo, tiende a descargar su mala gana en el que está un estrado mas abajo y este hace lo mismo con el que le sigue. En la clase de Charlie no gobernaba el maestro sino Rupert, el abusón. Charlie era el estrado mas bajo, lo comprendía y hasta llegó a aceptarlo, por eso le pidió a su madre que le compre un hámster, solo que Bitzi había muerto trágicamente y toda esa ira tenía que ir a parar a algún lugar.
Tenía que descargarla.
-¡Charlie, baja o me voy! –Refunfuñó la madre desde afuera, la mañana aparecía fresca como una lechuga mojada.
-Ya voy, ya voy.
Meter al gnomo en la esfera de Bitzi fue una proeza, Charlie se había puesto los guantes de hornear de mamá para evitar incidentes como el de la noche pasada.
-¡Se me está acabando la paciencia! Vas a tener que irte caminando a la escuela.
-¡Estoy saliendo del baño, mamá! Ya voy. –Pero no era así, estaba entrando en la cocina con la esfera de Bitzi entre manos. Observó por última vez al hombrecillo sin nariz que posaba las palmas de las manos en su dirección, los ojillos negruzcos brillaban, suplicando, movía los labios despacito como el abuelo, expresaba una ternura supernatural que era imposible de soportar. Charlie abrió el refrigerador, tomó un cartón de leche achocolatada y colocó la esfera en el fondo de la bandeja de verduras. Luego metió el cartón en la mochila y se marchó. Se subió silbando a la camioneta.
-¿Porqué estas tan feliz? –Preguntó la madre con un dejo de cariño. -¿Me vas a regalar algo? –Charlie le quedó mirando, con ojos burlones, pero no dijo nada

Al pie de los robles: Cuarta Parte


La bandeja de verduras estaba repleta, zanahorias, tomates, coles, pimientos, cebollas y nabos apretujados en un fresco desorden. A Ogna le agradaba esa sensación de frescura, al menos de principio, apoyaba los pies desnudos en la base de la esfera y se llenaba las fosas nasales del aroma a verduras, era fantástico, se imaginaba combinándolas en sus fabulosas sopas y guisados, su estómago protestaba, se retorcía cruelmente, los estómagos son enemigos de la imaginación. La prisión esférica era formidable, no era magia, había oído cerrarse la solapa cuando el niño humano le confinó allí, pero a pesar de saberlo no encontraba un pliegue o una abertura, solo los hoyitos de ventilación. Se apegó hacia uno de los hoyos en pos de alcanzar una hoja de espinaca, su mano era demasiado grande, solo le cabían tres dedos, intentó en otros hoyitos pero obtuvo el mismo resultado, era increíble como factores como esos podían hacer entrar en histeria a cualquiera, Ogna nunca tuvo mucho roce con humanos, pero ahora, ahora era un hecho comprobado como decían los viejos gnomos del extinto consejo: “Los humanos son genios de la maldad, son los dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos”. No creía en ello cuando veía a las parejas recostadas en los bosques, amándose, cuando un amo humano jugaba con su perro, cuando les veía abrazándose.
Pero ahora creía.
De un momento a otro el frío dejó de ser agradable y comenzó a entumecer el cuerpo. Al ser raptado dormido, Ogna no tuvo tiempo de ponerse sus botas ni abrigo, a pesar de ser de raíces escandinavas ya había olvidado como asimilar el frío, su cuerpecito viejo estaba acostumbrado a la mecedora y a tardes enteras de ver arder la leña. Los dedos de los pies estaban insensibles, sentía la nariz dura como una roca –a pesar de que la nariz se le había caído hacia algunos años, efecto natural de la vejez de un gnomo- era un frío psicológico, un frio de soledad amplificada, no recuerda hace cuanto que no ha visto a otro gnomo, hace cuanto no ha conversado con nadie, ni con las mofetas ni ardillas, hace cuanto, hace cuanto añora sentir ese calor, el calor de la amistad, el calor de un espaldarazo, de la cercanía. Ahora está solo, sepultado en una caja de comida que nunca comerá, aislado, más que nunca, nunca lo había imaginado así, hace tanto frio, tanto sueño.
Hace cuanto que no había visto a uno de su clase, quizá era el último.

Al pie de los robles: Quinta parte


Eran las dos menos un cuarto, el segundero del reloj giraba perezosamente, el maestro hablaba, como siempre, de algebra y Charlie se comía las uñas; todo le parecía puntiagudo: el pupitre, el suelo, la silla, sus compañeros, todo hacía que le picara el cuerpo.
Se había enterado que los gnomos son vengativos.
“¿Y si el muy hijo de puta se ha escapado? ¿Y si vuelve cuando esté dormido?” El hormigueo ahora brotaba a raudales, potente como una onda de radiación, lo sentía en todos lados, temía que sus esfínteres fallaran y mearse en cualquier rato. “¿Y si se escapó de la esfera?”
Se había enterado que los gnomos son muy inteligentes, que adivinan acertijos.
Deseaba con tanta fuerza que hubiera un cadáver gris en la bandeja de verduras. El hormigueo se había vuelto inmenso, ahora recorría sus entrañas y las hacía estremecerse, su cerebro –por primera vez en su vida- no dejaba de pensar en la bandeja de verduras del refrigerador.
Se había enterado que las bandejas de verduras de los refrigeradores no congelan, se encargan de que las verduras mantengan su frescura.
El sonido de la tiza recorriendo el pizarrón era amplificado por el efecto del hormigueo, se convertía en un rechinar brutal, Charlie quería gritar, sentía que tenía que hacerlo, algo se movía en su estomago, algo malo.
Se había enterado que muchos gnomos practican magia negra, se había enterado en la clase de computación, por internet.
“Magia negra, nigromancia, se puede hacer cosas realmente espantosas en la victima, hacerles estallar la cabeza, hacer que se les encojan los pulmones”. El hormigueo llegó al punto de la efervescencia, Charlie recorría el aula con los ojos, los intentaba fijar en el reloj de pared, los intentaba fijar en la pizarra, los intentaba fijar en Rupert, el abusón, que le miraba a los ojos.
-¡Miren! Charlie se come las uñas. –Todos ríen a su alrededor. Charlie siente que algo le sube por la garganta, algo malo, algo que…

e regreso a casa. -¿Dime que te pasa, Charlie? –La madre frunció el ceño, agarraba el volante con ambas manos como lo haría una desequilibrada mental. –Estoy preocupada. Mañana vamos al doctor. Sin objeciones.
-Nada mamá, solo vomité, estaba nervioso por una lección. No me llevarás a ningún doctor.
-EL profesor Twain dijo que…
-Estoy bien, mamá, fueron los nervios, nada más.
El primer paso dentro de su casa, para Charlie, fue como dar el primer paso dentro del infierno y a medida que el fatídico camino le acercaba a la cocina, su corazón latía como un caballo loco corriendo al borde de un despeñadero.
-¿Qué haré para cenar? –Dijo la madre cuando al fin entraron a la cocina. –A ti no te vendría mal una sopita de verduras, tú estomago…
-¡Pizza! –Gritó el chico totalmente histérico. -¡Quiero pizza, mami!
La madre, en vez de contradecirle se enterneció con su hijo, le dolió el corazón.
-Llamaré al Doctor Aguilar para preguntarle si puedes.
-Mejor llama a la pizzería, no tengo nada mami.
Se quedaron en silencio un momento.
-¿De jamón y queso como siempre?
-Por favor, tengo mucha hambre.
-Primero tengo que ir al baño. –Repone la madre. –Siéntate, no te muevas, ya vuelvo.
El refrigerador se alzaba frente a Charlie como un monstruo ávido e inmenso, blanco y helado. Se cubrió el rostro antes de abrir la portezuela, tenía un cuchillo en la mano. La esfera seguía allí donde la dejó. Soltó un bufido de alivio -aunque no tanto- y abrió la bandeja. El terror hacia los gnomos del internet desapareció como una voluta de humo, el gnomo seguía dentro, estaba acurrucado sobre sus brazos, el movimiento de su vientre se acompasaba con los pequeñísimos, pero existentes ronquidos. El niño retomó su complejo de inferioridad y su idea de que hay que dañar al prójimo para ser feliz. Tomó la esfera con ambas manos y la sacudió tan fuerte que la criaturilla rebotó varias veces en las paredes interiores de la esfera.
-Vives, maldita plaga, veamos si vives aquí. –Abrió la portezuela superior del refrigerador y arrojó con fuerza la esfera, la oyó romperse contra la gélida pared del freezer.
-Me olvidaba de los invitados. –Dijo la madre desde otra habitación, antes de que Charlie tuviera tiempo de reaccionar ya estaba en la cocina.
-¿Qué buscas?
-Helado. –Dio un portazo. –Pero ya no tengo ganas.
-Déjame ver. –Musitó la madre. –Creo que había de chocolate.
-No, ya no quiero. ¿De qué invitados hablas?
-Tus tíos Harry y Rach vendrán hoy a cenar, les haré un guiso.
-Pizza, mamá. –Suplicó con un tirón en la falda de su madre.
-Bueno, bueno. Igual no tenía ganas de cocinar.
A eso de las nueve estaban todos sentados en la mesa, se habían atracado cuatro familiares y al parecer la tía Rach tenía ganas de más.
-¿Tengo ganas de algo dulce? –dijo frotándose la panza.
-Rach ¿acaso no tienes lleno? –Exclamó el tío Harry.
-Si, solo quiero algo dulce, para quitar el sabor a queso y orégano.
-Tengo helado, -musitó la madre de Charlie, -de chocolate.
Las manos de Charlie temblaban bajo el mantel, ahora si, no sabia que hacer, la única esperanza era que una capa de nieve hubiera cubierto la esfera, pero no parecía suficiente, solo se le ocurría insultar mentalmente a la tía Rach, esperar que su deseo de que a la tía le de un infarto se cumpliera, no era descabellado dada la dieta vacuna de la mencionada. “¿Por qué no se te para el corazón tía Rach? déjale algo a los niños de África”.
-¡El helado se acabó! –Esgrimió como ultimo recurso al ver a su madre avanzar hacia la perilla del congelador.
-¿Estás seguro? – Farfulló dándose media vuelta, lo que le devolvió algo de aliento. –Me parece que…
-Lo comprobé esta tarde ¿lo recuerdas?
-Si. –Dijo con un dedo en la boca. –Pero me parece que nos queda napolitano. –Cuando agarró la perilla, Charlie sintió como un insecto invisible recorría su médula, ese hormigueo terrible “¡No!” gritó mentalmente y se tapó la boca. La puerta abierta dejó en el ambiente un vaho blanco que se difuminó en segundos.

Al pie de los robles: Sexta parte


Era confusa esa sutil hediondez en el ambiente, un olor a carne disimulado con algún tipo de metal, conjugados de una manera repugnante, taladraban su sistema nasal como si fueran chorros de lejía, ese horrible hedor helado, químico, pero que pretendía parecer olor a carne. Todo el cuerpo de Ogna estaba entumecido, estaba tirado en el fondo de la esfera, la boca le sabía a sangre y no estaba seguro si su brazo roto era el izquierdo o el derecho. A pesar de saber que la muerte se acercaba, que no solo se acercaba sino que ya estaba tocando la puerta, calándole los huesos, el pobre Ogna sentía una etérea felicidad, hace cuanto que no salía en invierno, cuantos años, siglos; no vio nieve desde que se hizo adulto, siempre se había preocupado por reunir toda la leña y carne antes del ultimo día de otoño, los inviernos eran para dormir el doble y filosofar un poco, es decir, aburrirse; pero esta cámara en la que se encontraba ahora, a pesar de saber que era una trampa de muerte; se parecía tanto al invierno, tan romántica, tan blanca y somnolienta, el hedor era horrible, es cierto ¿pero que otra cosa le impedía disfrutar ese momento de magia? ¿Acaso no era una buena forma de morir?
Hace dos noches Ogna había decidido morir en su casa, no prepararse para el invierno, solo dejarse morir, ya estaba muy viejo para las travesuras.
Ahora tenía una nueva oportunidad de diversión, la última tal vez, sentía que amaba tanto vivir. Haría un muñeco de nieve como de niño, un muñeco blanco y regordete, una obra maestra.
La solapa de seguridad de la esfera se había roto al ingresar en la recámara de nieve, Ogna había chocado de lleno contra la pared nevada, su cara estaba llena de escarcha. Se apoyó en una bolsa de lo que parecía ser carne congelada y se puso de pie, cada paso era como irse adentrando al infierno, presentía que en cualquier momento sus huesos se romperían, con un sutil ¡clac! Pero nada le iba a impedir disfrutar su último invierno.

Al pie de los robles: Sexta parte


Era confusa esa sutil hediondez en el ambiente, un olor a carne disimulado con algún tipo de metal, conjugados de una manera repugnante, taladraban su sistema nasal como si fueran chorros de lejía, ese horrible hedor helado, químico, pero que pretendía parecer olor a carne. Todo el cuerpo de Ogna estaba entumecido, estaba tirado en el fondo de la esfera, la boca le sabía a sangre y no estaba seguro si su brazo roto era el izquierdo o el derecho. A pesar de saber que la muerte se acercaba, que no solo se acercaba sino que ya estaba tocando la puerta, calándole los huesos, el pobre Ogna sentía una etérea felicidad, hace cuanto que no salía en invierno, cuantos años, siglos; no vio nieve desde que se hizo adulto, siempre se había preocupado por reunir toda la leña y carne antes del ultimo día de otoño, los inviernos eran para dormir el doble y filosofar un poco, es decir, aburrirse; pero esta cámara en la que se encontraba ahora, a pesar de saber que era una trampa de muerte; se parecía tanto al invierno, tan romántica, tan blanca y somnolienta, el hedor era horrible, es cierto ¿pero que otra cosa le impedía disfrutar ese momento de magia? ¿Acaso no era una buena forma de morir?
Hace dos noches Ogna había decidido morir en su casa, no prepararse para el invierno, solo dejarse morir, ya estaba muy viejo para las travesuras.
Ahora tenía una nueva oportunidad de diversión, la última tal vez, sentía que amaba tanto vivir. Haría un muñeco de nieve como de niño, un muñeco blanco y regordete, una obra maestra.
La solapa de seguridad de la esfera se había roto al ingresar en la recámara de nieve, Ogna había chocado de lleno contra la pared nevada, su cara estaba llena de escarcha. Se apoyó en una bolsa de lo que parecía ser carne congelada y se puso de pie, cada paso era como irse adentrando al infierno, presentía que en cualquier momento sus huesos se romperían, con un sutil ¡clac! Pero nada le iba a impedir disfrutar su último invierno.

Al pie de los robles: Séptima parte


Charlie no se conmovió por la estrepitosa caída de su madre al desmayarse, le aterrorizó el silencio que se produjo en el comedor, ni tío Harry, ni tía Rach, ni los regordetes primos Sam y Linda parecían tener capacidad para reaccionar ante lo que veían que se alojaba en el congelador. Solo escuchaba su propia respiración acelerada y al hacerlo podía darse cuenta de su desesperación.
¿Qué era eso en el congelador? Solo Charlie lo sabía, un gnomo; ¿Qué era eso que estaba parado junto al gnomo? lo desconocía, pero si sabía que era de nieve, era humanoide y horrible.
“¡Es un fetiche!” reaccionó su mente, lo había aprendido en internet: “los fetiches son muy utilizados en la magia negra, bla, bla, bla, infligir daño físico a la victima por medio del fetiche.
Ese terrible hormigueo, ese insoportable horadar bajo su carne, había pensado que eran los nervios y nada mas. Pero no, era el fetiche. Su vida dependía de la contextura de una horrible figura humanoide hecha de nieve de refrigerador. La idea le aterrorizó hasta el límite de dejarlo en shock, así dejó de pensar y se unió a la estupefacción colectiva de la sala.

Al pie de los robles: Séptima parte


Charlie no se conmovió por la estrepitosa caída de su madre al desmayarse, le aterrorizó el silencio que se produjo en el comedor, ni tío Harry, ni tía Rach, ni los regordetes primos Sam y Linda parecían tener capacidad para reaccionar ante lo que veían que se alojaba en el congelador. Solo escuchaba su propia respiración acelerada y al hacerlo podía darse cuenta de su desesperación.
¿Qué era eso en el congelador? Solo Charlie lo sabía, un gnomo; ¿Qué era eso que estaba parado junto al gnomo? lo desconocía, pero si sabía que era de nieve, era humanoide y horrible.
“¡Es un fetiche!” reaccionó su mente, lo había aprendido en internet: “los fetiches son muy utilizados en la magia negra, bla, bla, bla, infligir daño físico a la victima por medio del fetiche.
Ese terrible hormigueo, ese insoportable horadar bajo su carne, había pensado que eran los nervios y nada mas. Pero no, era el fetiche. Su vida dependía de la contextura de una horrible figura humanoide hecha de nieve de refrigerador. La idea le aterrorizó hasta el límite de dejarlo en shock, así dejó de pensar y se unió a la estupefacción colectiva de la sala.

Al pie de los robles: Última parte


El contingente humano apostado frente a la puerta parecía frío, como la tierra a principios de invierno, Ogna les observó con sus ojos sabios, sus cejas estaban llenas de escarcha, lo que hacía que cada expresión facial se multiplicara exponencialmente, estudiaba esos rostros estúpidos y sin capacidad de reacción, cuanto deseaba hallar bondad en ellos, pero cuanto le decía ese brillo en los ojos, brillo humano, brillo de hambre, hambre de caos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos…”
Veían un monstruo en él, veían un ser sin lógica, algo que no se acoplaba a su red de pensamientos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos, tienes que alejarte, busca tu hogar y no dejes huellas.”
-Humanos. –La palabra se alargó porque al pobre Ogna le asaltó un ataque de tos. –Fuera de mi vista.
Los invitados permanecieron rígidos observando como la criaturilla gris se ocultaba tras un bote de helado de chocolate, pasito tras pasito, alborotando la nieve para borrar las huellas. Sus cerebros estaban huecos, acorralados como ratones de laboratorio, temblaban por no saber que paso dar. Finalmente la tía Rach soltó un chillido, no supieron cuanto tiempo pasó, solo corrieron en busca de sus autos y se marcharon.
La puerta del congelador amaneció abierta.
En la tarde siguiente, la madre de Charlie regresó y trajo un cura para que exorcice la casa. No encontraron nada en el congelador –excepto carne descongelada, helado derretido y mucha agua- pero si algo sobre la mesa del comedor. Parecía un mensaje, había sido tallado con un cincel sobre la madera, y contenía una serie de símbolos extraños, el cura afirmó que era un idioma del diablo. Pero el cura no sabía hablar en gnómico, ni la madre de Charlie, ni ningún otro humano salvo contadas excepciones. La nota decía:
“Humanos, no teman a los que se esconden de ustedes, teman a los que les rodean, témanse a ustedes mismos”.

Al pie de los robles: Última parte


El contingente humano apostado frente a la puerta parecía frío, como la tierra a principios de invierno, Ogna les observó con sus ojos sabios, sus cejas estaban llenas de escarcha, lo que hacía que cada expresión facial se multiplicara exponencialmente, estudiaba esos rostros estúpidos y sin capacidad de reacción, cuanto deseaba hallar bondad en ellos, pero cuanto le decía ese brillo en los ojos, brillo humano, brillo de hambre, hambre de caos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos…”
Veían un monstruo en él, veían un ser sin lógica, algo que no se acoplaba a su red de pensamientos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos, tienes que alejarte, busca tu hogar y no dejes huellas.”
-Humanos. –La palabra se alargó porque al pobre Ogna le asaltó un ataque de tos. –Fuera de mi vista.
Los invitados permanecieron rígidos observando como la criaturilla gris se ocultaba tras un bote de helado de chocolate, pasito tras pasito, alborotando la nieve para borrar las huellas. Sus cerebros estaban huecos, acorralados como ratones de laboratorio, temblaban por no saber que paso dar. Finalmente la tía Rach soltó un chillido, no supieron cuanto tiempo pasó, solo corrieron en busca de sus autos y se marcharon.
La puerta del congelador amaneció abierta.
En la tarde siguiente, la madre de Charlie regresó y trajo un cura para que exorcice la casa. No encontraron nada en el congelador –excepto carne descongelada, helado derretido y mucha agua- pero si algo sobre la mesa del comedor. Parecía un mensaje, había sido tallado con un cincel sobre la madera, y contenía una serie de símbolos extraños, el cura afirmó que era un idioma del diablo. Pero el cura no sabía hablar en gnómico, ni la madre de Charlie, ni ningún otro humano salvo contadas excepciones. La nota decía:
“Humanos, no teman a los que se esconden de ustedes, teman a los que les rodean, témanse a ustedes mismos”.

El olvidado

  El otrora más temido mausoleo de los viejos pueblos, hoy un apestoso habitáculo común entre los descendientes de Gorlois, al que llaman pa...