
Eran las dos menos un cuarto, el segundero del reloj giraba perezosamente, el maestro hablaba, como siempre, de algebra y Charlie se comía las uñas; todo le parecía puntiagudo: el pupitre, el suelo, la silla, sus compañeros, todo hacía que le picara el cuerpo.
Se había enterado que los gnomos son vengativos.
“¿Y si el muy hijo de puta se ha escapado? ¿Y si vuelve cuando esté dormido?” El hormigueo ahora brotaba a raudales, potente como una onda de radiación, lo sentía en todos lados, temía que sus esfínteres fallaran y mearse en cualquier rato. “¿Y si se escapó de la esfera?”
Se había enterado que los gnomos son muy inteligentes, que adivinan acertijos.
Deseaba con tanta fuerza que hubiera un cadáver gris en la bandeja de verduras. El hormigueo se había vuelto inmenso, ahora recorría sus entrañas y las hacía estremecerse, su cerebro –por primera vez en su vida- no dejaba de pensar en la bandeja de verduras del refrigerador.
Se había enterado que las bandejas de verduras de los refrigeradores no congelan, se encargan de que las verduras mantengan su frescura.
El sonido de la tiza recorriendo el pizarrón era amplificado por el efecto del hormigueo, se convertía en un rechinar brutal, Charlie quería gritar, sentía que tenía que hacerlo, algo se movía en su estomago, algo malo.
Se había enterado que muchos gnomos practican magia negra, se había enterado en la clase de computación, por internet.
“Magia negra, nigromancia, se puede hacer cosas realmente espantosas en la victima, hacerles estallar la cabeza, hacer que se les encojan los pulmones”. El hormigueo llegó al punto de la efervescencia, Charlie recorría el aula con los ojos, los intentaba fijar en el reloj de pared, los intentaba fijar en la pizarra, los intentaba fijar en Rupert, el abusón, que le miraba a los ojos.
-¡Miren! Charlie se come las uñas. –Todos ríen a su alrededor. Charlie siente que algo le sube por la garganta, algo malo, algo que…
e regreso a casa. -¿Dime que te pasa, Charlie? –La madre frunció el ceño, agarraba el volante con ambas manos como lo haría una desequilibrada mental. –Estoy preocupada. Mañana vamos al doctor. Sin objeciones.
-Nada mamá, solo vomité, estaba nervioso por una lección. No me llevarás a ningún doctor.
-EL profesor Twain dijo que…
-Estoy bien, mamá, fueron los nervios, nada más.
El primer paso dentro de su casa, para Charlie, fue como dar el primer paso dentro del infierno y a medida que el fatídico camino le acercaba a la cocina, su corazón latía como un caballo loco corriendo al borde de un despeñadero.
-¿Qué haré para cenar? –Dijo la madre cuando al fin entraron a la cocina. –A ti no te vendría mal una sopita de verduras, tú estomago…
-¡Pizza! –Gritó el chico totalmente histérico. -¡Quiero pizza, mami!
La madre, en vez de contradecirle se enterneció con su hijo, le dolió el corazón.
-Llamaré al Doctor Aguilar para preguntarle si puedes.
-Mejor llama a la pizzería, no tengo nada mami.
Se quedaron en silencio un momento.
-¿De jamón y queso como siempre?
-Por favor, tengo mucha hambre.
-Primero tengo que ir al baño. –Repone la madre. –Siéntate, no te muevas, ya vuelvo.
El refrigerador se alzaba frente a Charlie como un monstruo ávido e inmenso, blanco y helado. Se cubrió el rostro antes de abrir la portezuela, tenía un cuchillo en la mano. La esfera seguía allí donde la dejó. Soltó un bufido de alivio -aunque no tanto- y abrió la bandeja. El terror hacia los gnomos del internet desapareció como una voluta de humo, el gnomo seguía dentro, estaba acurrucado sobre sus brazos, el movimiento de su vientre se acompasaba con los pequeñísimos, pero existentes ronquidos. El niño retomó su complejo de inferioridad y su idea de que hay que dañar al prójimo para ser feliz. Tomó la esfera con ambas manos y la sacudió tan fuerte que la criaturilla rebotó varias veces en las paredes interiores de la esfera.
-Vives, maldita plaga, veamos si vives aquí. –Abrió la portezuela superior del refrigerador y arrojó con fuerza la esfera, la oyó romperse contra la gélida pared del freezer.
-Me olvidaba de los invitados. –Dijo la madre desde otra habitación, antes de que Charlie tuviera tiempo de reaccionar ya estaba en la cocina.
-¿Qué buscas?
-Helado. –Dio un portazo. –Pero ya no tengo ganas.
-Déjame ver. –Musitó la madre. –Creo que había de chocolate.
-No, ya no quiero. ¿De qué invitados hablas?
-Tus tíos Harry y Rach vendrán hoy a cenar, les haré un guiso.
-Pizza, mamá. –Suplicó con un tirón en la falda de su madre.
-Bueno, bueno. Igual no tenía ganas de cocinar.
A eso de las nueve estaban todos sentados en la mesa, se habían atracado cuatro familiares y al parecer la tía Rach tenía ganas de más.
-¿Tengo ganas de algo dulce? –dijo frotándose la panza.
-Rach ¿acaso no tienes lleno? –Exclamó el tío Harry.
-Si, solo quiero algo dulce, para quitar el sabor a queso y orégano.
-Tengo helado, -musitó la madre de Charlie, -de chocolate.
Las manos de Charlie temblaban bajo el mantel, ahora si, no sabia que hacer, la única esperanza era que una capa de nieve hubiera cubierto la esfera, pero no parecía suficiente, solo se le ocurría insultar mentalmente a la tía Rach, esperar que su deseo de que a la tía le de un infarto se cumpliera, no era descabellado dada la dieta vacuna de la mencionada. “¿Por qué no se te para el corazón tía Rach? déjale algo a los niños de África”.
-¡El helado se acabó! –Esgrimió como ultimo recurso al ver a su madre avanzar hacia la perilla del congelador.
-¿Estás seguro? – Farfulló dándose media vuelta, lo que le devolvió algo de aliento. –Me parece que…
-Lo comprobé esta tarde ¿lo recuerdas?
-Si. –Dijo con un dedo en la boca. –Pero me parece que nos queda napolitano. –Cuando agarró la perilla, Charlie sintió como un insecto invisible recorría su médula, ese hormigueo terrible “¡No!” gritó mentalmente y se tapó la boca. La puerta abierta dejó en el ambiente un vaho blanco que se difuminó en segundos.
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