sábado, 31 de julio de 2010

Al pie de los robles: Primera parte


Antes de que caiga el sol, Charlie logró por fin llegar a la guarida del gnomo que vivía en el bosque que rodeaba su casa, para ello se valió de un cucharón de la cocina de su mamá y de una gran voluntad, alimentada por la fe que tenía en que los seres mágicos existían. Su travesía empezó en el pie de un viejo roble en el que se disimulaba, escondida, una diminuta puertecita, que para ojos de cualquiera hubiera pasado desapercibida, pero que Charlie identificó enseguida, por su forma ovalada, una perilla a un costado e incluso una diminuta mirilla hecha a base del fondo de un frasquito de vidrio. El túnel tenía unos tres metros de largo y estaba a un metro de profundidad, muy bien acoplado a las raíces del roble, al final de la travesía se encontró con otra puertita que le llevó a un cubil, muy pulcro, con sillitas, mesa, estantería y un ovillo de leña –que no eran más que ramitas secas- en un rincón. Atrapar a la criaturita no fue tan difícil como se lo esperaba, le encontró reposando sobre unos pliegues de esponja que se asemejaban a una cama, roncaba débilmente y dormía de lado, le alzó suavemente deslizando la palma de la mano bajo la camita y lo introdujo en la jaula que antes había pertenecido a su hámster. Le observó minuciosamente, se trataba de un hombrecillo de piel gris, tenía una prominente barba blanca que le llegaba hasta el cinturón, no tenía nariz sino solo dos huequitos, estaba vestido con unos pantalones marrones muy desgastados y una especie de camisa blanquecina. Al despertar, con sobresalto cansado, Charlie supo que era muy viejo.
-Por favor, devuélvame a mi casa, -le rogó la criatura, ya en la habitación del chico, -estoy muy enfermo.
Pero Charlie no conocía el idioma gnómico.
-Eres asombroso, y sabes hablar, pero no te entiendo nada. –Dijo el niño que no paraba de observarle. –Voy a la cocina por un vaso de leche.
-¿Quieres un poco? –Espetó al volver. –Si, creo que si. –Sacó un pequeño botecito del bolsillo y lo llenó de leche, el líquido blanco bajó por los bordes del vaso y empapó los dedos del chico, luego se lo ofreció plantándolo cerca de las rejas de la jaula. El gnomo no pareció prestar mayor atención, se había recostado sobre su lecho y se abrazaba a si mismo.
-Es leche, está rica. –Abrió delicadamente la jaula y puso el botecito a un lado de la criatura. –Pruébala duendecillo, no te hagas el difícil. –Dijo, dándole un empujoncito en la espalda.

Al pie de los robles: Segunda Parte


Ogna lo había estado meditando y sabía que su mejor oportunidad para escapar había llegado, a pesar de su vejez aun era diestro para manejar su espada, nunca la dejaba de lado, siempre pendía de su cinturón. Era un gnomo muy desconfiado.
-¡Aaaagh! –Gritó el joven humano mientras con la mano sana atenazaba la muñeca de la mano herida, los ojos estaban fijos en la espada, atónitos y desorbitados. La lámina de acero estaba incrustada en los tendones entre los dedos índice y pulgar, apenas denotado un rastro de sangre. El humano no paraba de correr de un lado a otro agitando la mano endemoniadamente, sin embargo Ogna sabía que el golpe no era letal, solo una distracción, tenía que huir tan rápido como sus seniles piernas le permitieran. Intentó escalar la pared de aquella prisión, siempre fue ágil mientras pudo demostrarlo, pero sus recuerdos de agilidad provenían de un tiempo remoto de que su memoria solo conservaba retazos. Finalmente, cuando sus manos estuvieron asidas de la última barra, la tapa de la jaula les cayó encima y el viejo Ogna fue a parar sobre su cama destartalada, lo que le ahorro un par de huesos rotos.
Mientras abrochaba el candado en la solapa, el joven humano tenía fuego en los ojos y profería frases en elevados decibeles, las lágrimas rodaban por sus mejillas como rocas redondas, rodando colina abajo; el gnomo sintió algo de culpa por su acción.
Ogna conocía muy poco del idioma humano y de lo que le oyó lograba discernir las palabras mañana y arrepentir.
El humano abandonó la habitación, al volver traía un parche sobre la herida y la espada milenaria de la estirpe gnómica de Ogna en la otra mano, una reliquia invaluable, jugaba con ella entre los dedos. Esta vez el humano sonreía con las cejas rígidas, como si forzara aquella sonrisa para ocultar otro sentimiento, odio, ira, maldad tal vez. Guardó la espada en un cajón del armario y se dirigió al escritorio donde estaba la jaula que antes le había pertenecido a su hámster. Esta vez habló con calma, con la sonrisa maligna acentuada al máximo, esta vez el prisionero no le entendió una palabra, pero salía a la luz que no era perdón y olvido lo que el gesto facial del humano expresaba.
“No era perdón y olvido”, pensó Ogna y se sentó en su cama para mirar al humano mientras se acurrucaba en su respectivo lecho sin dejar de hablarle, hasta quedarse dormido.

Al pie de los robles:Tercera parte


La sociedad es un reloj que funciona con jerarquías. Cuando el mejor ubicado se frustra en algo, tiende a descargar su mala gana en el que está un estrado mas abajo y este hace lo mismo con el que le sigue. En la clase de Charlie no gobernaba el maestro sino Rupert, el abusón. Charlie era el estrado mas bajo, lo comprendía y hasta llegó a aceptarlo, por eso le pidió a su madre que le compre un hámster, solo que Bitzi había muerto trágicamente y toda esa ira tenía que ir a parar a algún lugar.
Tenía que descargarla.
-¡Charlie, baja o me voy! –Refunfuñó la madre desde afuera, la mañana aparecía fresca como una lechuga mojada.
-Ya voy, ya voy.
Meter al gnomo en la esfera de Bitzi fue una proeza, Charlie se había puesto los guantes de hornear de mamá para evitar incidentes como el de la noche pasada.
-¡Se me está acabando la paciencia! Vas a tener que irte caminando a la escuela.
-¡Estoy saliendo del baño, mamá! Ya voy. –Pero no era así, estaba entrando en la cocina con la esfera de Bitzi entre manos. Observó por última vez al hombrecillo sin nariz que posaba las palmas de las manos en su dirección, los ojillos negruzcos brillaban, suplicando, movía los labios despacito como el abuelo, expresaba una ternura supernatural que era imposible de soportar. Charlie abrió el refrigerador, tomó un cartón de leche achocolatada y colocó la esfera en el fondo de la bandeja de verduras. Luego metió el cartón en la mochila y se marchó. Se subió silbando a la camioneta.
-¿Porqué estas tan feliz? –Preguntó la madre con un dejo de cariño. -¿Me vas a regalar algo? –Charlie le quedó mirando, con ojos burlones, pero no dijo nada

Al pie de los robles: Cuarta Parte


La bandeja de verduras estaba repleta, zanahorias, tomates, coles, pimientos, cebollas y nabos apretujados en un fresco desorden. A Ogna le agradaba esa sensación de frescura, al menos de principio, apoyaba los pies desnudos en la base de la esfera y se llenaba las fosas nasales del aroma a verduras, era fantástico, se imaginaba combinándolas en sus fabulosas sopas y guisados, su estómago protestaba, se retorcía cruelmente, los estómagos son enemigos de la imaginación. La prisión esférica era formidable, no era magia, había oído cerrarse la solapa cuando el niño humano le confinó allí, pero a pesar de saberlo no encontraba un pliegue o una abertura, solo los hoyitos de ventilación. Se apegó hacia uno de los hoyos en pos de alcanzar una hoja de espinaca, su mano era demasiado grande, solo le cabían tres dedos, intentó en otros hoyitos pero obtuvo el mismo resultado, era increíble como factores como esos podían hacer entrar en histeria a cualquiera, Ogna nunca tuvo mucho roce con humanos, pero ahora, ahora era un hecho comprobado como decían los viejos gnomos del extinto consejo: “Los humanos son genios de la maldad, son los dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos”. No creía en ello cuando veía a las parejas recostadas en los bosques, amándose, cuando un amo humano jugaba con su perro, cuando les veía abrazándose.
Pero ahora creía.
De un momento a otro el frío dejó de ser agradable y comenzó a entumecer el cuerpo. Al ser raptado dormido, Ogna no tuvo tiempo de ponerse sus botas ni abrigo, a pesar de ser de raíces escandinavas ya había olvidado como asimilar el frío, su cuerpecito viejo estaba acostumbrado a la mecedora y a tardes enteras de ver arder la leña. Los dedos de los pies estaban insensibles, sentía la nariz dura como una roca –a pesar de que la nariz se le había caído hacia algunos años, efecto natural de la vejez de un gnomo- era un frío psicológico, un frio de soledad amplificada, no recuerda hace cuanto que no ha visto a otro gnomo, hace cuanto no ha conversado con nadie, ni con las mofetas ni ardillas, hace cuanto, hace cuanto añora sentir ese calor, el calor de la amistad, el calor de un espaldarazo, de la cercanía. Ahora está solo, sepultado en una caja de comida que nunca comerá, aislado, más que nunca, nunca lo había imaginado así, hace tanto frio, tanto sueño.
Hace cuanto que no había visto a uno de su clase, quizá era el último.

Al pie de los robles: Quinta parte


Eran las dos menos un cuarto, el segundero del reloj giraba perezosamente, el maestro hablaba, como siempre, de algebra y Charlie se comía las uñas; todo le parecía puntiagudo: el pupitre, el suelo, la silla, sus compañeros, todo hacía que le picara el cuerpo.
Se había enterado que los gnomos son vengativos.
“¿Y si el muy hijo de puta se ha escapado? ¿Y si vuelve cuando esté dormido?” El hormigueo ahora brotaba a raudales, potente como una onda de radiación, lo sentía en todos lados, temía que sus esfínteres fallaran y mearse en cualquier rato. “¿Y si se escapó de la esfera?”
Se había enterado que los gnomos son muy inteligentes, que adivinan acertijos.
Deseaba con tanta fuerza que hubiera un cadáver gris en la bandeja de verduras. El hormigueo se había vuelto inmenso, ahora recorría sus entrañas y las hacía estremecerse, su cerebro –por primera vez en su vida- no dejaba de pensar en la bandeja de verduras del refrigerador.
Se había enterado que las bandejas de verduras de los refrigeradores no congelan, se encargan de que las verduras mantengan su frescura.
El sonido de la tiza recorriendo el pizarrón era amplificado por el efecto del hormigueo, se convertía en un rechinar brutal, Charlie quería gritar, sentía que tenía que hacerlo, algo se movía en su estomago, algo malo.
Se había enterado que muchos gnomos practican magia negra, se había enterado en la clase de computación, por internet.
“Magia negra, nigromancia, se puede hacer cosas realmente espantosas en la victima, hacerles estallar la cabeza, hacer que se les encojan los pulmones”. El hormigueo llegó al punto de la efervescencia, Charlie recorría el aula con los ojos, los intentaba fijar en el reloj de pared, los intentaba fijar en la pizarra, los intentaba fijar en Rupert, el abusón, que le miraba a los ojos.
-¡Miren! Charlie se come las uñas. –Todos ríen a su alrededor. Charlie siente que algo le sube por la garganta, algo malo, algo que…

e regreso a casa. -¿Dime que te pasa, Charlie? –La madre frunció el ceño, agarraba el volante con ambas manos como lo haría una desequilibrada mental. –Estoy preocupada. Mañana vamos al doctor. Sin objeciones.
-Nada mamá, solo vomité, estaba nervioso por una lección. No me llevarás a ningún doctor.
-EL profesor Twain dijo que…
-Estoy bien, mamá, fueron los nervios, nada más.
El primer paso dentro de su casa, para Charlie, fue como dar el primer paso dentro del infierno y a medida que el fatídico camino le acercaba a la cocina, su corazón latía como un caballo loco corriendo al borde de un despeñadero.
-¿Qué haré para cenar? –Dijo la madre cuando al fin entraron a la cocina. –A ti no te vendría mal una sopita de verduras, tú estomago…
-¡Pizza! –Gritó el chico totalmente histérico. -¡Quiero pizza, mami!
La madre, en vez de contradecirle se enterneció con su hijo, le dolió el corazón.
-Llamaré al Doctor Aguilar para preguntarle si puedes.
-Mejor llama a la pizzería, no tengo nada mami.
Se quedaron en silencio un momento.
-¿De jamón y queso como siempre?
-Por favor, tengo mucha hambre.
-Primero tengo que ir al baño. –Repone la madre. –Siéntate, no te muevas, ya vuelvo.
El refrigerador se alzaba frente a Charlie como un monstruo ávido e inmenso, blanco y helado. Se cubrió el rostro antes de abrir la portezuela, tenía un cuchillo en la mano. La esfera seguía allí donde la dejó. Soltó un bufido de alivio -aunque no tanto- y abrió la bandeja. El terror hacia los gnomos del internet desapareció como una voluta de humo, el gnomo seguía dentro, estaba acurrucado sobre sus brazos, el movimiento de su vientre se acompasaba con los pequeñísimos, pero existentes ronquidos. El niño retomó su complejo de inferioridad y su idea de que hay que dañar al prójimo para ser feliz. Tomó la esfera con ambas manos y la sacudió tan fuerte que la criaturilla rebotó varias veces en las paredes interiores de la esfera.
-Vives, maldita plaga, veamos si vives aquí. –Abrió la portezuela superior del refrigerador y arrojó con fuerza la esfera, la oyó romperse contra la gélida pared del freezer.
-Me olvidaba de los invitados. –Dijo la madre desde otra habitación, antes de que Charlie tuviera tiempo de reaccionar ya estaba en la cocina.
-¿Qué buscas?
-Helado. –Dio un portazo. –Pero ya no tengo ganas.
-Déjame ver. –Musitó la madre. –Creo que había de chocolate.
-No, ya no quiero. ¿De qué invitados hablas?
-Tus tíos Harry y Rach vendrán hoy a cenar, les haré un guiso.
-Pizza, mamá. –Suplicó con un tirón en la falda de su madre.
-Bueno, bueno. Igual no tenía ganas de cocinar.
A eso de las nueve estaban todos sentados en la mesa, se habían atracado cuatro familiares y al parecer la tía Rach tenía ganas de más.
-¿Tengo ganas de algo dulce? –dijo frotándose la panza.
-Rach ¿acaso no tienes lleno? –Exclamó el tío Harry.
-Si, solo quiero algo dulce, para quitar el sabor a queso y orégano.
-Tengo helado, -musitó la madre de Charlie, -de chocolate.
Las manos de Charlie temblaban bajo el mantel, ahora si, no sabia que hacer, la única esperanza era que una capa de nieve hubiera cubierto la esfera, pero no parecía suficiente, solo se le ocurría insultar mentalmente a la tía Rach, esperar que su deseo de que a la tía le de un infarto se cumpliera, no era descabellado dada la dieta vacuna de la mencionada. “¿Por qué no se te para el corazón tía Rach? déjale algo a los niños de África”.
-¡El helado se acabó! –Esgrimió como ultimo recurso al ver a su madre avanzar hacia la perilla del congelador.
-¿Estás seguro? – Farfulló dándose media vuelta, lo que le devolvió algo de aliento. –Me parece que…
-Lo comprobé esta tarde ¿lo recuerdas?
-Si. –Dijo con un dedo en la boca. –Pero me parece que nos queda napolitano. –Cuando agarró la perilla, Charlie sintió como un insecto invisible recorría su médula, ese hormigueo terrible “¡No!” gritó mentalmente y se tapó la boca. La puerta abierta dejó en el ambiente un vaho blanco que se difuminó en segundos.

Al pie de los robles: Sexta parte


Era confusa esa sutil hediondez en el ambiente, un olor a carne disimulado con algún tipo de metal, conjugados de una manera repugnante, taladraban su sistema nasal como si fueran chorros de lejía, ese horrible hedor helado, químico, pero que pretendía parecer olor a carne. Todo el cuerpo de Ogna estaba entumecido, estaba tirado en el fondo de la esfera, la boca le sabía a sangre y no estaba seguro si su brazo roto era el izquierdo o el derecho. A pesar de saber que la muerte se acercaba, que no solo se acercaba sino que ya estaba tocando la puerta, calándole los huesos, el pobre Ogna sentía una etérea felicidad, hace cuanto que no salía en invierno, cuantos años, siglos; no vio nieve desde que se hizo adulto, siempre se había preocupado por reunir toda la leña y carne antes del ultimo día de otoño, los inviernos eran para dormir el doble y filosofar un poco, es decir, aburrirse; pero esta cámara en la que se encontraba ahora, a pesar de saber que era una trampa de muerte; se parecía tanto al invierno, tan romántica, tan blanca y somnolienta, el hedor era horrible, es cierto ¿pero que otra cosa le impedía disfrutar ese momento de magia? ¿Acaso no era una buena forma de morir?
Hace dos noches Ogna había decidido morir en su casa, no prepararse para el invierno, solo dejarse morir, ya estaba muy viejo para las travesuras.
Ahora tenía una nueva oportunidad de diversión, la última tal vez, sentía que amaba tanto vivir. Haría un muñeco de nieve como de niño, un muñeco blanco y regordete, una obra maestra.
La solapa de seguridad de la esfera se había roto al ingresar en la recámara de nieve, Ogna había chocado de lleno contra la pared nevada, su cara estaba llena de escarcha. Se apoyó en una bolsa de lo que parecía ser carne congelada y se puso de pie, cada paso era como irse adentrando al infierno, presentía que en cualquier momento sus huesos se romperían, con un sutil ¡clac! Pero nada le iba a impedir disfrutar su último invierno.

Al pie de los robles: Sexta parte


Era confusa esa sutil hediondez en el ambiente, un olor a carne disimulado con algún tipo de metal, conjugados de una manera repugnante, taladraban su sistema nasal como si fueran chorros de lejía, ese horrible hedor helado, químico, pero que pretendía parecer olor a carne. Todo el cuerpo de Ogna estaba entumecido, estaba tirado en el fondo de la esfera, la boca le sabía a sangre y no estaba seguro si su brazo roto era el izquierdo o el derecho. A pesar de saber que la muerte se acercaba, que no solo se acercaba sino que ya estaba tocando la puerta, calándole los huesos, el pobre Ogna sentía una etérea felicidad, hace cuanto que no salía en invierno, cuantos años, siglos; no vio nieve desde que se hizo adulto, siempre se había preocupado por reunir toda la leña y carne antes del ultimo día de otoño, los inviernos eran para dormir el doble y filosofar un poco, es decir, aburrirse; pero esta cámara en la que se encontraba ahora, a pesar de saber que era una trampa de muerte; se parecía tanto al invierno, tan romántica, tan blanca y somnolienta, el hedor era horrible, es cierto ¿pero que otra cosa le impedía disfrutar ese momento de magia? ¿Acaso no era una buena forma de morir?
Hace dos noches Ogna había decidido morir en su casa, no prepararse para el invierno, solo dejarse morir, ya estaba muy viejo para las travesuras.
Ahora tenía una nueva oportunidad de diversión, la última tal vez, sentía que amaba tanto vivir. Haría un muñeco de nieve como de niño, un muñeco blanco y regordete, una obra maestra.
La solapa de seguridad de la esfera se había roto al ingresar en la recámara de nieve, Ogna había chocado de lleno contra la pared nevada, su cara estaba llena de escarcha. Se apoyó en una bolsa de lo que parecía ser carne congelada y se puso de pie, cada paso era como irse adentrando al infierno, presentía que en cualquier momento sus huesos se romperían, con un sutil ¡clac! Pero nada le iba a impedir disfrutar su último invierno.

Al pie de los robles: Séptima parte


Charlie no se conmovió por la estrepitosa caída de su madre al desmayarse, le aterrorizó el silencio que se produjo en el comedor, ni tío Harry, ni tía Rach, ni los regordetes primos Sam y Linda parecían tener capacidad para reaccionar ante lo que veían que se alojaba en el congelador. Solo escuchaba su propia respiración acelerada y al hacerlo podía darse cuenta de su desesperación.
¿Qué era eso en el congelador? Solo Charlie lo sabía, un gnomo; ¿Qué era eso que estaba parado junto al gnomo? lo desconocía, pero si sabía que era de nieve, era humanoide y horrible.
“¡Es un fetiche!” reaccionó su mente, lo había aprendido en internet: “los fetiches son muy utilizados en la magia negra, bla, bla, bla, infligir daño físico a la victima por medio del fetiche.
Ese terrible hormigueo, ese insoportable horadar bajo su carne, había pensado que eran los nervios y nada mas. Pero no, era el fetiche. Su vida dependía de la contextura de una horrible figura humanoide hecha de nieve de refrigerador. La idea le aterrorizó hasta el límite de dejarlo en shock, así dejó de pensar y se unió a la estupefacción colectiva de la sala.

Al pie de los robles: Séptima parte


Charlie no se conmovió por la estrepitosa caída de su madre al desmayarse, le aterrorizó el silencio que se produjo en el comedor, ni tío Harry, ni tía Rach, ni los regordetes primos Sam y Linda parecían tener capacidad para reaccionar ante lo que veían que se alojaba en el congelador. Solo escuchaba su propia respiración acelerada y al hacerlo podía darse cuenta de su desesperación.
¿Qué era eso en el congelador? Solo Charlie lo sabía, un gnomo; ¿Qué era eso que estaba parado junto al gnomo? lo desconocía, pero si sabía que era de nieve, era humanoide y horrible.
“¡Es un fetiche!” reaccionó su mente, lo había aprendido en internet: “los fetiches son muy utilizados en la magia negra, bla, bla, bla, infligir daño físico a la victima por medio del fetiche.
Ese terrible hormigueo, ese insoportable horadar bajo su carne, había pensado que eran los nervios y nada mas. Pero no, era el fetiche. Su vida dependía de la contextura de una horrible figura humanoide hecha de nieve de refrigerador. La idea le aterrorizó hasta el límite de dejarlo en shock, así dejó de pensar y se unió a la estupefacción colectiva de la sala.

Al pie de los robles: Última parte


El contingente humano apostado frente a la puerta parecía frío, como la tierra a principios de invierno, Ogna les observó con sus ojos sabios, sus cejas estaban llenas de escarcha, lo que hacía que cada expresión facial se multiplicara exponencialmente, estudiaba esos rostros estúpidos y sin capacidad de reacción, cuanto deseaba hallar bondad en ellos, pero cuanto le decía ese brillo en los ojos, brillo humano, brillo de hambre, hambre de caos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos…”
Veían un monstruo en él, veían un ser sin lógica, algo que no se acoplaba a su red de pensamientos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos, tienes que alejarte, busca tu hogar y no dejes huellas.”
-Humanos. –La palabra se alargó porque al pobre Ogna le asaltó un ataque de tos. –Fuera de mi vista.
Los invitados permanecieron rígidos observando como la criaturilla gris se ocultaba tras un bote de helado de chocolate, pasito tras pasito, alborotando la nieve para borrar las huellas. Sus cerebros estaban huecos, acorralados como ratones de laboratorio, temblaban por no saber que paso dar. Finalmente la tía Rach soltó un chillido, no supieron cuanto tiempo pasó, solo corrieron en busca de sus autos y se marcharon.
La puerta del congelador amaneció abierta.
En la tarde siguiente, la madre de Charlie regresó y trajo un cura para que exorcice la casa. No encontraron nada en el congelador –excepto carne descongelada, helado derretido y mucha agua- pero si algo sobre la mesa del comedor. Parecía un mensaje, había sido tallado con un cincel sobre la madera, y contenía una serie de símbolos extraños, el cura afirmó que era un idioma del diablo. Pero el cura no sabía hablar en gnómico, ni la madre de Charlie, ni ningún otro humano salvo contadas excepciones. La nota decía:
“Humanos, no teman a los que se esconden de ustedes, teman a los que les rodean, témanse a ustedes mismos”.

Al pie de los robles: Última parte


El contingente humano apostado frente a la puerta parecía frío, como la tierra a principios de invierno, Ogna les observó con sus ojos sabios, sus cejas estaban llenas de escarcha, lo que hacía que cada expresión facial se multiplicara exponencialmente, estudiaba esos rostros estúpidos y sin capacidad de reacción, cuanto deseaba hallar bondad en ellos, pero cuanto le decía ese brillo en los ojos, brillo humano, brillo de hambre, hambre de caos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos…”
Veían un monstruo en él, veían un ser sin lógica, algo que no se acoplaba a su red de pensamientos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos, tienes que alejarte, busca tu hogar y no dejes huellas.”
-Humanos. –La palabra se alargó porque al pobre Ogna le asaltó un ataque de tos. –Fuera de mi vista.
Los invitados permanecieron rígidos observando como la criaturilla gris se ocultaba tras un bote de helado de chocolate, pasito tras pasito, alborotando la nieve para borrar las huellas. Sus cerebros estaban huecos, acorralados como ratones de laboratorio, temblaban por no saber que paso dar. Finalmente la tía Rach soltó un chillido, no supieron cuanto tiempo pasó, solo corrieron en busca de sus autos y se marcharon.
La puerta del congelador amaneció abierta.
En la tarde siguiente, la madre de Charlie regresó y trajo un cura para que exorcice la casa. No encontraron nada en el congelador –excepto carne descongelada, helado derretido y mucha agua- pero si algo sobre la mesa del comedor. Parecía un mensaje, había sido tallado con un cincel sobre la madera, y contenía una serie de símbolos extraños, el cura afirmó que era un idioma del diablo. Pero el cura no sabía hablar en gnómico, ni la madre de Charlie, ni ningún otro humano salvo contadas excepciones. La nota decía:
“Humanos, no teman a los que se esconden de ustedes, teman a los que les rodean, témanse a ustedes mismos”.

El olvidado

  El otrora más temido mausoleo de los viejos pueblos, hoy un apestoso habitáculo común entre los descendientes de Gorlois, al que llaman pa...