
La bandeja de verduras estaba repleta, zanahorias, tomates, coles, pimientos, cebollas y nabos apretujados en un fresco desorden. A Ogna le agradaba esa sensación de frescura, al menos de principio, apoyaba los pies desnudos en la base de la esfera y se llenaba las fosas nasales del aroma a verduras, era fantástico, se imaginaba combinándolas en sus fabulosas sopas y guisados, su estómago protestaba, se retorcía cruelmente, los estómagos son enemigos de la imaginación. La prisión esférica era formidable, no era magia, había oído cerrarse la solapa cuando el niño humano le confinó allí, pero a pesar de saberlo no encontraba un pliegue o una abertura, solo los hoyitos de ventilación. Se apegó hacia uno de los hoyos en pos de alcanzar una hoja de espinaca, su mano era demasiado grande, solo le cabían tres dedos, intentó en otros hoyitos pero obtuvo el mismo resultado, era increíble como factores como esos podían hacer entrar en histeria a cualquiera, Ogna nunca tuvo mucho roce con humanos, pero ahora, ahora era un hecho comprobado como decían los viejos gnomos del extinto consejo: “Los humanos son genios de la maldad, son los dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos”. No creía en ello cuando veía a las parejas recostadas en los bosques, amándose, cuando un amo humano jugaba con su perro, cuando les veía abrazándose.
Pero ahora creía.
De un momento a otro el frío dejó de ser agradable y comenzó a entumecer el cuerpo. Al ser raptado dormido, Ogna no tuvo tiempo de ponerse sus botas ni abrigo, a pesar de ser de raíces escandinavas ya había olvidado como asimilar el frío, su cuerpecito viejo estaba acostumbrado a la mecedora y a tardes enteras de ver arder la leña. Los dedos de los pies estaban insensibles, sentía la nariz dura como una roca –a pesar de que la nariz se le había caído hacia algunos años, efecto natural de la vejez de un gnomo- era un frío psicológico, un frio de soledad amplificada, no recuerda hace cuanto que no ha visto a otro gnomo, hace cuanto no ha conversado con nadie, ni con las mofetas ni ardillas, hace cuanto, hace cuanto añora sentir ese calor, el calor de la amistad, el calor de un espaldarazo, de la cercanía. Ahora está solo, sepultado en una caja de comida que nunca comerá, aislado, más que nunca, nunca lo había imaginado así, hace tanto frio, tanto sueño.
Hace cuanto que no había visto a uno de su clase, quizá era el último.
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