Siempre quise hacerme con un ejemplar de esta novela, había visto la película hace tiempo, y me fascinó, me impactó en capas similares a las de "El exorcista" y un poco menos a "La profecía", por esas décadas se tenía una fascinación mucho más mística por el diablo que lo que vemos en estos días en los que cualquiera con una cámara en el hombro filma sobre diablerías, a estas alturas el señor de las tinieblas a pasado de ser una fuerza elemental idónea para el mejor suspenso, a una retahíla de clichés, echando en falta aquella magia desconocida que sólo en un tiempo anterior al internet pudo haber sido conseguida.
La historia sucede en los turbulentos años sesenta dentro de una nueva familia, típica de los cincuentas, la ama de casa que tiene lista la cena justo a tiempo, que calla ante la jerga de su marido, el pastel que se enfría al borde de la ventana y el marido que no exterioriza sus sentimientos. Dentro de este contexto la buena Rosemary se encaprichará con conseguir un departamento dentro de la antigua y renombrada casa Bramford; Guy -el esposo- cederá a su capricho y terminarán rentando un pequeño departamento dentro de este edificio, que tiene su historia, al parecer era el hogar de unos cuantos brujos renombrados de inicios de siglo, la Bramford es la raíz que alimenta la trama, haciendo que esta crezca tan natural como lo hace un árbol, los pincelazos del verdadero cuadro vienen con la presentación de los peculiares vecinos, ciertas características del departamento y los sueños de Rosemary, a veces tan vívidos que parecen experiencias de la vida misma. Después de eso no hace falta más premisa, te va enganchando y lo sientes, hay pequeñísimos chispazos que te hacen dar antojos de Casa Bramford, pues hay tela que cortar.
En la actualidad, El bebé de Rosemary quizá hubiese pasado sin pena ni gloria por las estanterías, no por su calidad, sino porque su época ya pasó, fue creada en una época más religiosa de la humanidad en la que existía un genuino terror a la condena eterna y muchos creían que si pronunciabas en voz alta cierto nombre, podría su dueño presentarse ante ti. Eso me ha empujado a no leer la novela con mi visión actual de la mitología cristiana -un tanto cínica- lo he hecho en contexto de como lo hubiera asimilado una persona de aquellos años sesenta, me he dado cuenta que no hacía falta "mutar" para agarrar este clásico, es magia pura, la historia seduce por su sencillez poblada de cortísimas frases, pequeñísimos detalles que te hacen meter el miedo entre las costillas y entrar en una relación amor/odio con nuestra sufrida protagonista, pues su observación corta y su poco carácter son los que al final de todo permiten que haya historia -díganme que no- una novela corta e inolvidable, disfrutas más de lo que no se te cuenta pero sabes que está atrás de las cortinas, incluso desde el principio -porque es un clásico, ya lo he dicho- sabes en resumidas cuentas cual será el desenlace, cualquiera con cultura pop corriendo por las venas conoce poco o mucho la trágica historia de Roman Polanski y su difunta esposa Sharon Tate, lo que deviene en la historia que tenemos entre manos, pues muchos amantes de la conspiración elucubran, venden libros que cuentan sobre supuestos lazos sobrenaturales entre el rodaje de El bebé de Rosemary y la tragedia de su director, que dicho en contexto, no supo medir sus límites, transgredió puertas que según creyentes -y charlatanes- no debió transgredir.
¿Pero por qué hablo de cine si lo que quiero es reseñar un libro? porque los adeptos de Lucifer generalmente están saltando de un tipo de arte al otro, y la temática demoníaca en el siglo XX ganó notoriedad por este triunvirato de películas que elevaron al diablo -y al cine de terror en general- al cine mainstream, los grandes directores por fin giraron sus cabezas al lado mágico y tenebroso del arte, globalizando así al señor de las tinieblas, el gran público volvía a fascinarse, quizá recordando los inicios del cine y sus Nosferatu que llevaban al arte audiovisual más allá del simple entretenimiento, utilizándolo como una caja de pandora cuyo tesoro son los mensajes ocultos, solo perceptibles para el inconsciente, esta sensación en el espectador de ser inducido a un mundo totalmente desconocido que subyace bajo una capa muy fina que es la realidad y al que es posible acceder si se sabe observar entre líneas ¡La idea es genial! Pero hay que recalcar que esta masificación del terror tuvo sus bases en grandes obras literarias acaecidas en la segunda mitad del siglo XIX y gran parte del siglo XX, y de las que lamentablemente en la actualidad sólo nos quedan referencias de sus respectivas adaptaciones cinematográficas. Por eso es que vale la pena mantener presentes los clásicos, escarbar en los cimientos de las grandes películas y en cierta medida inmiscuirnos en la magia que provocaron aquellas historias desde sus orígenes en papel y tinta.
La obra de Ira Levin humaniza al demonio, lo acerca al otro lado de tu calle, lo hace tu vecino, pero lo más atrapante de estos conceptos no es el diablo en si como entidad, sino la posibilidad de imbuir un mito milenario con la realidad cotidiana que nos sucede, el hecho de que una compañerita de la escuela de tu hijo pueda ser poseída por un ente, o la existencia de brujería en la simple acción de tocar la puerta del vecino y obsequiarle un postre, para invocar fuerzas extrañas y malévolas ya no hace falta realizar complicadísimos rituales, ni viajar a los confines del mundo para cavar en un antiguo mausoleo, te puede pasar mientras comes un sanduchito, mientras vez tv o te atreves a soñar con un trabajo mejor, te puede pasar incluso si no haces nada para provocarlo, porque aparentemente el mal primordial siempre a estado buscando la manera de inventar una puerta a nuestro mundo y colarse en nuestra vida tan al azar como una cucaracha se cuela debajo de nuestra puerta por la madrugada.
No hay ningún freno posible para la sorpresa y el terror, por la simple maestría para contar una historia que tiene la buena Ira Levin, cada personaje cala y cada frase costumbrista alimenta a la atmósfera y te lleva a la vieja pero no ruinosa casa Bramford en la que cosas extrañas se escuchan por las noches. La historia va mutando de un drama de época a un horror psicológico en el que una perforación en la oreja es pie para la sugestión de monstruos innombrables; se cierra el cóctel con, a mi gusto, uno de los finales más logrados de la literatura, no por nada es uno de los clásicos de terror del siglo XX.
Para finalizar, un pequeño spoiler que me parece interesante mencionar, del que además debo prevenirlos, queridos lectores, a pesar de que no tiene un efecto sustancial en el desenlace final: la referencia al Papa satánico, aquella visita ominosa el día de la concepción, quizá sea la primera en la literatura, no lo sé, pero en su tiempo debió resultar un grandísimo tabú y quizá mucha gente prefirió omitir aquella parte de la lectura en la posterior retroalimentación, en la actualidad tenemos un variopinto universo de obras en los que toma parte un representante del bien -o de los principios morales instaurados a través de los siglos-, que por debajo de la mesa es más malo que la sexta parte de Viernes 13, lo cual sugiere una traición a los principios desde la raíz, o lo que es lo mismo: esperanza de plástico, falsa.
Como punto final a resaltar es la veta de contracultura y rebeldía de lo establecido que portan los personajes más longevos de la historia, en contraste está Rosemary la jovensísisma y sus principios, su ideal del hogar, de la familia y del matrimonio, el mensaje oculto sugiere que mientras más sabio es el ser humano, más capacidad tiene para entender la realidad de la sociedad y renunciar a su hipocresía, aunque sea en cultos secretos cuyas reuniones se tratan sobre todo de orgías algo escatológicas, una pequeña fábula, en la vida real los viejos tratan de conservar los principios ancestrales, o al menos los principios que ellos aplicaron en sus vidas, es decir, que conviven con la hipocresía de la vida y quizá hasta se sienten cómodos con ello. En la actualidad se erigen monumentos al rey de las tinieblas, y sus cultos son mas bien, algo notorios, pues roban mucha cámara y sus acólitos buscan extender su filosofía, que no es la filosofía del mal ni mucho menos, encuentran en satanás la curiosidad, la herramienta fundamental para llegar a la sabiduría, una vida sin ideales obsoletos en la que se convierte en regla todo lo que nutra el legado humano en nuestra tierra, es decir, en la actualidad el culto a Satanás no es más que la reivindicación del hombre por encima de Dios, o al menos del Dios corto de cerebro que avala entre otras cosas la guerra santa y la segregación de los homosexuales. Muy lejos de la imagen romántica que nos dejó Ira Levin del culto a la serpiente definitiva.
La historia sucede en los turbulentos años sesenta dentro de una nueva familia, típica de los cincuentas, la ama de casa que tiene lista la cena justo a tiempo, que calla ante la jerga de su marido, el pastel que se enfría al borde de la ventana y el marido que no exterioriza sus sentimientos. Dentro de este contexto la buena Rosemary se encaprichará con conseguir un departamento dentro de la antigua y renombrada casa Bramford; Guy -el esposo- cederá a su capricho y terminarán rentando un pequeño departamento dentro de este edificio, que tiene su historia, al parecer era el hogar de unos cuantos brujos renombrados de inicios de siglo, la Bramford es la raíz que alimenta la trama, haciendo que esta crezca tan natural como lo hace un árbol, los pincelazos del verdadero cuadro vienen con la presentación de los peculiares vecinos, ciertas características del departamento y los sueños de Rosemary, a veces tan vívidos que parecen experiencias de la vida misma. Después de eso no hace falta más premisa, te va enganchando y lo sientes, hay pequeñísimos chispazos que te hacen dar antojos de Casa Bramford, pues hay tela que cortar.
En la actualidad, El bebé de Rosemary quizá hubiese pasado sin pena ni gloria por las estanterías, no por su calidad, sino porque su época ya pasó, fue creada en una época más religiosa de la humanidad en la que existía un genuino terror a la condena eterna y muchos creían que si pronunciabas en voz alta cierto nombre, podría su dueño presentarse ante ti. Eso me ha empujado a no leer la novela con mi visión actual de la mitología cristiana -un tanto cínica- lo he hecho en contexto de como lo hubiera asimilado una persona de aquellos años sesenta, me he dado cuenta que no hacía falta "mutar" para agarrar este clásico, es magia pura, la historia seduce por su sencillez poblada de cortísimas frases, pequeñísimos detalles que te hacen meter el miedo entre las costillas y entrar en una relación amor/odio con nuestra sufrida protagonista, pues su observación corta y su poco carácter son los que al final de todo permiten que haya historia -díganme que no- una novela corta e inolvidable, disfrutas más de lo que no se te cuenta pero sabes que está atrás de las cortinas, incluso desde el principio -porque es un clásico, ya lo he dicho- sabes en resumidas cuentas cual será el desenlace, cualquiera con cultura pop corriendo por las venas conoce poco o mucho la trágica historia de Roman Polanski y su difunta esposa Sharon Tate, lo que deviene en la historia que tenemos entre manos, pues muchos amantes de la conspiración elucubran, venden libros que cuentan sobre supuestos lazos sobrenaturales entre el rodaje de El bebé de Rosemary y la tragedia de su director, que dicho en contexto, no supo medir sus límites, transgredió puertas que según creyentes -y charlatanes- no debió transgredir.
¿Pero por qué hablo de cine si lo que quiero es reseñar un libro? porque los adeptos de Lucifer generalmente están saltando de un tipo de arte al otro, y la temática demoníaca en el siglo XX ganó notoriedad por este triunvirato de películas que elevaron al diablo -y al cine de terror en general- al cine mainstream, los grandes directores por fin giraron sus cabezas al lado mágico y tenebroso del arte, globalizando así al señor de las tinieblas, el gran público volvía a fascinarse, quizá recordando los inicios del cine y sus Nosferatu que llevaban al arte audiovisual más allá del simple entretenimiento, utilizándolo como una caja de pandora cuyo tesoro son los mensajes ocultos, solo perceptibles para el inconsciente, esta sensación en el espectador de ser inducido a un mundo totalmente desconocido que subyace bajo una capa muy fina que es la realidad y al que es posible acceder si se sabe observar entre líneas ¡La idea es genial! Pero hay que recalcar que esta masificación del terror tuvo sus bases en grandes obras literarias acaecidas en la segunda mitad del siglo XIX y gran parte del siglo XX, y de las que lamentablemente en la actualidad sólo nos quedan referencias de sus respectivas adaptaciones cinematográficas. Por eso es que vale la pena mantener presentes los clásicos, escarbar en los cimientos de las grandes películas y en cierta medida inmiscuirnos en la magia que provocaron aquellas historias desde sus orígenes en papel y tinta.
La obra de Ira Levin humaniza al demonio, lo acerca al otro lado de tu calle, lo hace tu vecino, pero lo más atrapante de estos conceptos no es el diablo en si como entidad, sino la posibilidad de imbuir un mito milenario con la realidad cotidiana que nos sucede, el hecho de que una compañerita de la escuela de tu hijo pueda ser poseída por un ente, o la existencia de brujería en la simple acción de tocar la puerta del vecino y obsequiarle un postre, para invocar fuerzas extrañas y malévolas ya no hace falta realizar complicadísimos rituales, ni viajar a los confines del mundo para cavar en un antiguo mausoleo, te puede pasar mientras comes un sanduchito, mientras vez tv o te atreves a soñar con un trabajo mejor, te puede pasar incluso si no haces nada para provocarlo, porque aparentemente el mal primordial siempre a estado buscando la manera de inventar una puerta a nuestro mundo y colarse en nuestra vida tan al azar como una cucaracha se cuela debajo de nuestra puerta por la madrugada.
No hay ningún freno posible para la sorpresa y el terror, por la simple maestría para contar una historia que tiene la buena Ira Levin, cada personaje cala y cada frase costumbrista alimenta a la atmósfera y te lleva a la vieja pero no ruinosa casa Bramford en la que cosas extrañas se escuchan por las noches. La historia va mutando de un drama de época a un horror psicológico en el que una perforación en la oreja es pie para la sugestión de monstruos innombrables; se cierra el cóctel con, a mi gusto, uno de los finales más logrados de la literatura, no por nada es uno de los clásicos de terror del siglo XX.
Para finalizar, un pequeño spoiler que me parece interesante mencionar, del que además debo prevenirlos, queridos lectores, a pesar de que no tiene un efecto sustancial en el desenlace final: la referencia al Papa satánico, aquella visita ominosa el día de la concepción, quizá sea la primera en la literatura, no lo sé, pero en su tiempo debió resultar un grandísimo tabú y quizá mucha gente prefirió omitir aquella parte de la lectura en la posterior retroalimentación, en la actualidad tenemos un variopinto universo de obras en los que toma parte un representante del bien -o de los principios morales instaurados a través de los siglos-, que por debajo de la mesa es más malo que la sexta parte de Viernes 13, lo cual sugiere una traición a los principios desde la raíz, o lo que es lo mismo: esperanza de plástico, falsa.
Como punto final a resaltar es la veta de contracultura y rebeldía de lo establecido que portan los personajes más longevos de la historia, en contraste está Rosemary la jovensísisma y sus principios, su ideal del hogar, de la familia y del matrimonio, el mensaje oculto sugiere que mientras más sabio es el ser humano, más capacidad tiene para entender la realidad de la sociedad y renunciar a su hipocresía, aunque sea en cultos secretos cuyas reuniones se tratan sobre todo de orgías algo escatológicas, una pequeña fábula, en la vida real los viejos tratan de conservar los principios ancestrales, o al menos los principios que ellos aplicaron en sus vidas, es decir, que conviven con la hipocresía de la vida y quizá hasta se sienten cómodos con ello. En la actualidad se erigen monumentos al rey de las tinieblas, y sus cultos son mas bien, algo notorios, pues roban mucha cámara y sus acólitos buscan extender su filosofía, que no es la filosofía del mal ni mucho menos, encuentran en satanás la curiosidad, la herramienta fundamental para llegar a la sabiduría, una vida sin ideales obsoletos en la que se convierte en regla todo lo que nutra el legado humano en nuestra tierra, es decir, en la actualidad el culto a Satanás no es más que la reivindicación del hombre por encima de Dios, o al menos del Dios corto de cerebro que avala entre otras cosas la guerra santa y la segregación de los homosexuales. Muy lejos de la imagen romántica que nos dejó Ira Levin del culto a la serpiente definitiva.
Nota: 9,5/10
Lo mejor: su legado en la cultura popular, su maestría sobre como se construye terror sin mostrar nada.
Lo peor: que el paso de los años a ido sepultando la novela y engrandeciendo la película, no estoy comparándolas, pero siento que es necesario disfrutarlas por separado.





