sábado, 15 de octubre de 2022

El olvidado

 


El otrora más temido mausoleo de los viejos pueblos, hoy un apestoso habitáculo común entre los descendientes de Gorlois, al que llaman parque, los siglos le fueron pesando, el polvo fue enterrando las losas terribles de mi morada, el sello se mantiene firme a pesar de haber sido olvidado, aquí cumplo mi injusta condena, odiando intensamente a los seres que me pisotean, mi cuerpo hace mucho se marchitó, mi musculatura no es más que correosas fibras marchitas, mis ojos están secos, y aun así condenados a ver por toda la eternidad, a pesar de la oscuridad, a pesar de los metros de tierra que me separan de la superficie, puedo escuchar sus graznidos ¡puedo escucharlos burlándose!

Soy el odio enterrado, el odio hace que una sangre fantasmal insufle vida en mis garras, algún día me haré collares con sus intestinos, ¡Cerdos! sorberé el tuétano de sus huesos, me alimentaré de sus hijos, hasta eso mi único alimento será el tiempo, inexorable ¡los destriparé a todos!

La psicofonía sin duda era una de las más claras que el doctor Aldemar Robira había captado en sus 22 años de experiencia, ciertamente le excitaba horadar en el mundo velado al ojo común, pero también le sobrecogía aquella mortuoria voz, aquel inglés tan vestigial que le había costado horrores traducir, databa más o menos del siglo IX, el ser que yacía enterrado allí sin duda había captado en el profesor una posible herramienta, era increíblemente astuto y su influjo en aquel parque de Londres era potente, si decidía publicar la cinta, la avalancha de trasnochados  acabaría por alborotar aquel avispero, había puertas que era mejor nunca abrir, la potencia de este ser no debía ser probada, Robira conocía perfectamente que el odio era la principal fuerza en el mundo ultranatural y había un acuerdo tácito entre los investigadores, en no perturbar a los seres de odio, este sin duda desbordaba sus casos previos.

En medio de la madrugada londinense, el doctor guardó la cinta junto con sus anotaciones en una carpeta y la guardó bajo llave en el baúl que escondía en la trampilla bajo su cama, rotuló con grandes letras negras “El olvidado” y lo colocó junto a otras dos carpetas, casos de los que nunca sacaría rédito alguno.

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