El otrora más temido mausoleo
de los viejos pueblos, hoy un apestoso habitáculo común entre los descendientes
de Gorlois, al que llaman parque, los siglos le fueron pesando, el polvo fue
enterrando las losas terribles de mi morada, el sello se mantiene firme a pesar
de haber sido olvidado, aquí cumplo mi injusta condena, odiando intensamente a
los seres que me pisotean, mi cuerpo hace mucho se marchitó, mi musculatura no
es más que correosas fibras marchitas, mis ojos están secos, y aun así
condenados a ver por toda la eternidad, a pesar de la oscuridad, a pesar de los
metros de tierra que me separan de la superficie, puedo escuchar sus graznidos
¡puedo escucharlos burlándose!
Soy el odio enterrado, el
odio hace que una sangre fantasmal insufle vida en mis garras, algún día me
haré collares con sus intestinos, ¡Cerdos! sorberé el tuétano de sus huesos, me
alimentaré de sus hijos, hasta eso mi único alimento será el tiempo, inexorable
¡los destriparé a todos!
La psicofonía sin duda era una de las más claras que el doctor Aldemar Robira había captado en sus 22 años de experiencia, ciertamente le excitaba horadar en
el mundo velado al ojo común, pero también le sobrecogía aquella mortuoria voz,
aquel inglés tan vestigial que le había costado horrores traducir, databa más o
menos del siglo IX, el ser que yacía enterrado allí sin duda había captado en
el profesor una posible herramienta, era increíblemente astuto y su influjo en
aquel parque de Londres era potente, si decidía publicar la cinta, la avalancha
de trasnochados acabaría por alborotar aquel avispero, había puertas
que era mejor nunca abrir, la potencia de este ser no debía ser probada, Robira conocía perfectamente que el odio era la principal fuerza en el mundo
ultranatural y había un acuerdo tácito entre los investigadores, en no
perturbar a los seres de odio, este sin duda desbordaba sus casos previos.
En medio de la madrugada londinense, el doctor guardó la cinta junto con
sus anotaciones en una carpeta y la guardó bajo llave en el baúl que escondía
en la trampilla bajo su cama, rotuló con grandes letras negras “El olvidado” y
lo colocó junto a otras dos carpetas, casos de los que nunca sacaría rédito
alguno.
