sábado, 3 de octubre de 2020

Ella nada en la oscuridad

 

Al rayar sobre la cresta montañosa un resplandor púrpura, introducción de una noche de luna nueva, llegamos a la cima del cerro Villonaco, aquel que se decía entre los habitantes del valle que estaba encantado, nos ocupaba la misión de descifrar uno de sus más célebres misterios: la piedra de las osamentas, llamada así porque en los años ochenta se encontraron decenas de cadáveres en sus cercanías, a los que misteriosamente los animales no habían deshuesado como suele suceder con los cuerpos abandonados en la nada, mayoritariamente se trataba de indígenas saraguros, tribu autóctona del lugar, los osarios más antiguos entre los hallados datan de la era pre-incaica. El monolito es una obra de extraño tallado, muy diferente a las esculturas rupestres de los saraguros antiguos.

La compañía en excursión se componía por el guía local Hugo, su hijo adolescente Juan, mi sobrino el doctor Rodrigo Moricz y un humilde servidor y charlatán profesional Arsenio De Pont, logramos encaramarnos alrededor del monolito justo al haberse escurrido el ultimo haz de luz del crepúsculo, tal es así que solo pudimos llegar por la experticia de Hugo, quien dedicaba parte de su tiempo en organizar ascensiones guiadas al cerro y conocía los senderos de la montaña donde hacía pastar a sus ovejas. Rodrigo y yo, ajenos a las ataduras que la superstición impone sobre los ingenuos, nos acercamos presurosos a palpar los mil relieves de la roca, nuestros silenciosos acompañantes se aferraban a la visión lejana del campo eólico de igual nombre que el cerro, supongo que para aliviar la vista de aquella oscuridad sólida que nos envolvía, al mismo tiempo desempacaban sus tiendas de campaña, el contrato comprendía permanecer la noche junto a nosotros y atender cualquier emergencia que pudiera suscitarse, para luego guiarnos de vuelta al valle, rayando el alba.

A simple vista la piedra no era gran cosa, mi impacto inicial fue mucho menor que el que había previsto y muy pronto le dejé todo el sentido de la maravilla a mi sobrino. Hurgué en mi bolsillo en pos de un maltrecho cigarrillo, víctima del trajín y la humedad. Protegiéndolo entre mis manos cual pajarillo herido, logré darle lumbre. Me propuse a dispersar el silencio que se había venido acumulando en el ascenso a Villonaco.

-A pesar de que los huesos fueron hallados hace treinta años, -me dirigí a los guías, Rodrigo estaba abyecto en la exploración de la roca, -las leyendas sobre esta piedra ya existían desde tiempos de la colonia, o antes, se decía que los saraguros venían aquí a jugar algo parecido al ajedrez con el mismísimo Lucifer, como la derrota estaba asegurada, pues el señor del averno es la más astuta de las creaciones de Dios, nunca más volvían a bajar al valle.

-Los antiguos habitantes de estas tierras no creían en los diablos. –Escupió Hugo, quien no era más que un esbozo en el oscuro magma de la noche. –Sólo en la naturaleza, la chakana.

-Esta piedra no la pusieron los saraguros, solo la descubrieron, es muy vieja -continuó el joven Juan, -investigué del tema en la escuela, el profesor dice que…

-Es necesario guardar silencio. –Rogó Rodrigo tranquilamente. –Ya conozco esas leyendas, me he documentado bien antes de este día, ahora debo trabajar, les ruego caballeros, disfruten de la noche, -se sacó los guantes de lana y los guardó tranquilamente en su bolso, de donde extrajo varias herramientas, -procedo a hacer mi trabajo, pero necesito concentración.

Mi estrategia de que Rodrigo nos mandara a volar dio resultado, ya no era necesario fingir falso interés en estúpidas cuestiones milenarias que no llevaban a nada, era libre y además estaba cansado, tiré mi cama portable al pie de un peñasco donde escapar parcialmente del viento de la noche y me eché a fumar.

Rodrigo, arqueólogo académico, se dedicaba profesionalmente a resolver acertijos, literalmente, su primer libro sobre construcciones pre-sumerias había tenido una moderada buena acogida, lo cual lo catapultó a su ciertamente proyecto principal, aquel que añoraba desde la niñez y que consistiría en su segundo libro al que aún no había dedicado energías en darle un nombre, pero si toda la enjundia, trataba sobre acertijos antiguos inscritos en monumentos enigmáticos, de preferencia de manufactura desconocido y antiquísima, el monte Villonaco era nuestra segunda parada, llevábamos en nuestra sangre el envión de haber podido resolver el acertijo de las cabezas de la Isla de Pascua y creíamos que podíamos comernos el mundo porque aquel libro si prometía, bueno, mi sobrino creía todo eso y eso bastaba para mí, Rodrigo era un aventurero pero cuerdo Don Quijote, aunque más se parecía una versión catalana de Indiana Jones, y yo, inconfundiblemente, un viejo y acabado, pero fiel Sancho Panza, estaba feliz por ello.

Ya llevaba mi quinto cigarrillo, recostado a prudencial distancia de la piedra y de Rodrigo, cuando distinguí a las sombras que conformaban a mi sobrino moverse inquietas, señal de que algo iba a decir.

-Creo que lo tengo, -rompió el silencio, -este año estoy intratable, -soltó una espontánea risita, compartiendo su alegría conmigo y me sentí feliz por él.

-A ello. –apagué mi cigarro contra la peña y me acerqué a grandes zancadas en la noche.

-Imagina lo más sencillo que pueda ocurrírsete al ver esta piedra, -dijo Rodrigo que había encendido su linterna en dirección a la roca, explorándola con su haz de luz, -lo primero que se te ocurrió al verla.

-¡Una tortuga! –Gritó el joven Juan que se había dado por aludido por el llamado de mi sobrino y ya estaba a mi lado junto a la roca.

La piedra semicircular tenía el tamaño de un escarabajo Volkswagen, tenía la particularidad de estar tallada de tal manera que asemeja el caparazón de una tortuga, aunque cada cara distinta daba muestra de un relieve artístico de total contraste a sus adyacentes, unas con cientos de estalactitas, otras llanas y suaves como un campo de trigo, otros de textura irreverente y caótica, como si mil escultores se hubiesen encargado, uno por parcela, de tallar en esa piedra, en mil eras, logrando armar un rompecabezas en el que ninguna pieza encajaba con la otra, y sin embargo existía como una unidad, desafiante de las leyes de los puzles, si tales leyes existieran.

-Exacto, -sonrió Rodrigo, -Es una tortuga, la tortuga sobre la que descansa el universo, ni más ni menos, el más común de los mitos en el mundo pre-heliocentrismo, los persas antiguos, los sabios hindúes, los indios Mohawk de Norteamérica, no me alcanzarían los dedos de los pies y las manos para contar los puntos del mundo donde se creía esto, añadamos a esta lista a los saraguros y su Chakana, la deidad a la que le guardan respeto, esta entidad gobierna los cuatro elementos de la naturaleza, es decir, todo, Chakana es el cosmos mismo, Akupara, la tortuga del mundo.

-¿Por qué si la respuesta es tan sencilla nadie había dado con la repuesta? –Preguntó el joven Juan notablemente excitado.

-Fácil, -contestó Rodrigo, -ellos no tenían acceso a google. Desde que nació la era del internet, para acá, cada vez es más sencillo resolver estos enigmas, sin necesidad de devorarte la biblioteca de Alejandría en el intento, lo asombroso sin embargo es correlacionar esta especie de cultura colectiva en civilizaciones totalmente alejadas una de otra, supongo que la leyenda viene desde los inicios del lenguaje, por la tradición hablada ha podido sobrevivir hasta nuestros tiempos, quizá sea la religión más antigua del mundo, lo cual es sencillamente asombroso.

-Entonces ¿Cuál es el acertijo? ¿Qué buscamos? –Dije, echando leña seca y dispuesta sobre la hoguera didáctica que había encendido Rodrigo.

-Es claramente un caparazón de tortuga, -respondió mi sobrino, -su coraza contiene el cosmos, como si se tratase de una esfera de vidrio llena de agua y nieve artificial que contiene un souvenir de la ciudad de Nueva York, todo cuanto podemos percibir con nuestros cinco sentidos, los lugares donde podemos existir y también los lugares en los que no, esta piedra lo representa todo, el puzle ha sido diseñado para que lo resuelva un ser con dos sensibilidades fundamentales, la conciencia como muestra de la evolución definitiva de una especie, y el tacto, el sentido primigenio que incluso los trilobites de hace millones de años poseían. –Tomó aire, como si dejara que digiriéramos todo para poder proseguir, circundó la roca airoso. -La clave es la sensación, pura e impoluta, por encima de la visión, el olfato, el oído y el gusto, por eso el motivo de venir en una luna nueva, por la ausencia de perturbación ocular, debo admitir que fue entre capricho y corazonada; en la ausencia de luz mi sentido del tacto se dilató, como supuse, así que estoy a punto de comprobar mi hipótesis, mediante un simple ejercicio de tacto, la tortuga, que representa al cosmos en sí, vierte sobre el ser de conciencia de turno, su conocimiento insondable, esto debió ser una experiencia alucinante para los aborígenes antiguos, tal vez mezclaban la experiencia con ayahuasca y debido a esas intoxicaciones se explican los cadáveres, esta piedra es una obra de arte que se lee de manera totalmente táctil, la palma de la mano desnuda es a esta obra lo que el oído es a la música, si se tocan las terminaciones nerviosas correctas se puede causar el placer más hogareño o el dolor más incomprensible y de esas sensaciones se puede crear una composición.”

-¿Cuál es el acertijo entonces? ¿Hay uno? –Exclamamos Juan y yo casi al unísono, debo confesar que me había contagiado un poco del momento y dejé caer sin cuidado mi mascara de viejo trotamundos al que nada le sorprendía.

“Claro que hay uno, descubrir las notas que están escritas en este pentagrama, ordenarla mediante una corrida en tiempo real, casi como si tocáramos un instrumento, imagina a cada cuadrante del caparazón como si fuera una tecla de un piano, mi tarea ahora será descubrir el orden en que tocar cada tecla para formar el orden progresivo perfecto, no se me ocurre más que decir que la escala va entre el placer y el dolor, sensaciones que traigan remembranzas de lo más recóndito de la memoria, la progresión debe ser perfecta, deberíamos empezar en el placer de la ignorancia y terminar en el dolor, el peso la revelación y los misterios del cosmos.”

-Supongo que habéis descubierto el inicio de la escala. –Interrogué mientras me acercaba aún más al mastodonte. –O algo parecido.

-Toca aquí, -mi sobrino dirigió mi mano a un cuadrante del caparazón como si la guiara a los lomos de una mansa pero voluminosa bestia, -dime que sientes.

-Una descarga. -Musité mientras pasaba suavemente la palma de mi mano por una superficie rugosa y punzante, era más que una descarga, su tacto produjo en mí el mismo efecto de tocar la piel desnuda y erizada de una mujer, en mis años de juventud, como si mi sangre subiera súbitamente de temperatura, la erección me sorprendió mientras aun trataba de entender la energía que estaba recibiendo a través de la palma de mi mano. –Es… increíble.

El joven Juan buscó replicar la experiencia en sí mismo, pero fue detenido por su padre, que con un gesto escueto le invitó a ser prudente.

-Ahora toca esta. –Rodrigo me condujo, empujando de mis hombros, al otro lado del domo e impuso allí mi mano sin un preámbulo, sin advertencia alguna, la frotó contra ese cuadrante, esta vez la descarga fue diferente, sentí punzadas terribles en las plantas de los pies, como si estuviera desnudo en medio de la corriente de un río amazónico y sintiera la presencia de un monstruoso reptil acechando mis carnes, mi acto instintivo fue saltar hacia atrás, luego echar a correr como si de eso dependiera mi vida, rodé sobre la hierba mientras luchaba por deshacerme de aquel escalofrió, hasta que comprendí que antes mis acompañantes parecía un estúpido. No quise decir nada más para no tener que insultar a mi querido sobrino, después de todo él era mi benefactor en esta aventura.

-¿Qué me dices, viejo? –Dijo Rodrigo tendiéndome la mano amablemente para levantarme, a pesar de la oscuridad, logré percibir en su rostro el esbozo de una sonrisa, una sonrisa con toda el alma.

-Que has descubierto un nuevo arte, sobrino. -Le palmee la espalda.

-Has tocado dos notas, desconozco si son el principio y el final, pero están en esa escala, Creo que la clave para pasar de una nota sensorial a otra es hacerlo mientras aún no desaparezca la descarga eléctrica y así lograr una difuminación perfecta de las sensaciones, para ello deberé dedicar algo de tiempo descifrando cada una de las caras de esta roca, son doscientos treinta y siete cuadrantes, no hay tiempo que perder.

En ese momento entendía por qué Rodrigo Moricz había dormido hasta entrada la tarde, pretendía hacer historia de la arqueología en la noche, aquella noche en particular no ofrecía más distracción que el arrullo del viento, ni aullidos lejanos, ni ululares de lechuzas, ni croares de ranas melancólicas, nada, como si no hubieran animales circundando el área, me pregunté si sería posible que todas las noches junto a la roca fueran idénticas a esa. Había algo en esa fascinación de Rodrigo, que me aterrorizaba un poco, pero no tanto como para expresarlo, ahora que ha pasado el tiempo, quisiera haber dado rienda suelta a aquella inseguridad tan extraña que germinó lo profundo de mi psique, quizá así aún hoy podría conservar mi inocencia, quizá así seguiría ahora siendo un viejo charlatán que finge conocerlo todo, pero no tener certeza de casi nada.

El doctor Rodrigo Moricz, catedrático de la Universitat de Barcelona, estudioso de culturas prehistóricas, comenzaba su faena notablemente excitado, yo diría que incluso torpemente excitado, si hubiera tenido ánimos de intervenir, le hubiera dicho que bajara un poco el fuego, o no lograría concentrarse, pero estaba cansado, mis músculos motrices protestaban, necesitaba descansar, mi sobrino se había puesto una linterna de las que se amarran al cráneo, en su libreta, garabateada hasta la saturación, procedió a realizar un plano algo rústico del monolito, le dejé hacer y procedí por comodidad, cual perro viejo, a realizar mi ceremonia para acostarme, sentí ya no podía hacer nada más por él esa noche, mi función en aquel viaje trascendía lo útil, simplemente era un apoyo sentimental y una fuente inagotable de felicitaciones y palmadas en la espalda.

Después de la parte excitante del descubrimiento sobrevino una etapa sosa en la noche en la que Rodrigo tomaba incontables notas para el armazón de su rompecabezas y yo no pude mantenerme en vilo, seguí con la mirada el haz de su linterna mientras pude, el viento helado me susurraba palabras dulces al oído, no me percaté del preciso instante en que me sumergí inexorablemente en mar de los sueños, fue gradual, sin embargo antes de caer aun pude notar que el joven Juan se había unido al asalto de Rodrigo por vencer el misterio de la roca de las osamentas, y que este había aceptado de buena gana la ayuda del muchacho, con la condición tácita de llevar el parloteo a su mínima expresión. Entre el resplandor de la linterna de mi sobrino, me pareció que aquella piedra era una bestia agazapada, una bestia sin piernas ni brazos, ni boca, ni colmillos, pero sin embargo terriblemente mortífera, descendía yo a cuentagotas en el reino de los sueños, el ritmo del ascenso al cerro Villonaco había sido terrible para un viejo como yo, obligado a jurar que estaba bien cada vez que Rodri me lo preguntaba, cuando en realidad cien agujas me traspasaban las caderas en los últimos tramos, ya estábamos en la cima y eso era lo que importaba, podría reponerme, me arrullaron también los ronquidos suaves, casi inaudibles del viejo Hugo, cuya tienda yacía a unos metros en la misma línea de la circunferencia, de cuyo eje hacía las veces el añoso monolito que nos ligaba allí en aquella noche olvidada en el mar del tiempo.

Nadaba en la oscuridad definitiva, sin embargo el agua era cálida, me sentía como tal vez un feto se siente interactuando con su líquido amniótico, totalmente ajeno a su situación, mis brazos y piernas se movían instintivamente, siempre había estado nadando, desde siempre, desde donde mis recuerdos se remontaban, lo inverosímil era lo normal, tal como sucede en los sueños. Entonces mi braceo chocó con una superficie dura, comprendí con naturalidad que era un bote y como el acto instintivo de un becerro con minutos de vida, que se pone en pie, subí a la embarcación, su textura era tosca como un pedernal de montaña, me agarré del estribo hasta lograr ubicarme dentro de la nave, noté cuando pisé dentro que la parte cóncava que contenía el fondo de la canoa era de un material blando, algo gelatinoso, al aplicarle toda la presión de mi cuerpo, mis pies se hundieron en él como en una cama de elasticidad infinita, en el pisoteo que siguió noté que herí la sensibilidad de un ser latiente y la parte cóncava de aquella nave comenzó a ceder hacia los lados, como si se estuviera abriendo una extraña puerta, a pesar de la negrura total, podía verlo todo de un extraño y crepuscular color púrpura, me agarré con fuerzas al estribo, sentí que si no lo hacía, caería hacia adentro de la nave, ya el piso había cedido dejándome colgado, observé con horror ignominioso que en el fondo de aquella espantosa nave de piedra, una cutícula reptiliana se abría, no me había topado con un bote, sino con un rocoso juego de parpados, con negrura absorbente, en aquel globo ocular ardía un resplandor lunático, finas vetas de color purpura que coronaban un iris ovoide y de un color incomprensible pero que en ausencia de luz era parecido a un rojo de brasa candente, estudié en aquel iris monstruoso, sobrecogido por el horror de saberme observado, él estudió en mí, y con un rayo fantasmal de odio incomprensible, actuó sobre mi cuerpo despojándolo de toda masa, de toda materia, el estribo rocoso al que me había agarrado dejó de ser tangible, sentí que mi cuerpo se disolvía en un polvo de finura microscópica, y pude extrañamente observar al ser que acababa de triturar mis cadenas de adn, porque a pesar de volverme tan pequeño, un ser sin razón, también tuve acceso a ver lo que ocurre en esferas de poder que los humanos no pueden ni imaginar, vi nebulosas colapsar y millones de estrellas desechas con la fuerzas de un chasquido, quizá un coletazo, un ser inmenso al estremecerse había ocasionado que su cuerpo destruyera dos galaxias, una contra la otra, supe con claridad que yo había provocado la inquietud de ese ser, que podía jugar entre sus garras con millones de constelaciones, mi esencia de polvo desvanecido por aquella mirada fue alejándose de aquellos acontecimientos catastróficos ocurridos a millones de millones de años luz, me alejé tanto que pude ver en aquel fondo negro que significaba la nada misma, el oscuro esplendor de su caparazón sobre el que pululaban las galaxias como moscas sobre una fruta madura, aquel ojo único que me había observado en realidad era tan inmenso como mil veces el universo conocido por el ser humano, estaba en todos los lugares a la vez, somos tan pequeños, y una simple mirada suya nos pulveriza hasta instancias moleculares, desaparecí en la negrura agradecido de dejar atrás la visión de aquel monstruo universal, se me regaló el don de la nada y a partir de allí pude descansar en paz.

Han pasado cinco años desde aquella pesadilla en la cima del monte Villonaco, una montaña donde por la noche no se escuchan chillidos de animales, cada vez estoy más seguro que no fue un sueño, sino una visión, una advertencia quizá, que no pude canalizar a tiempo, o un ramalazo de energía residual que se coló en mi cerebro producto de dormir tan cerca de la maldita roca, en cualquier caso, desearía que la conclusión cálida de vacío del final del sueño hubiese significado también el final de mi existencia y así no tener que seguir viviendo con la certeza que tengo y que nadie más en este planeta posee, exceptuando quizá a nuestros guías en aquel terrible ascenso a la cima del cerro maldito de Ecuador.

Una inquietante música me sacó del terreno cálido a donde mi sueño había desembocado, después de un primer contacto con la brisa matutina comprendí que no era música, era la alarma de un grito terrible de terror, tardé varios segundos en comprenderlo, al abrirse mis ojos lo primero que encontraron fue a la roca, me sentí aplastado, la luz ya se hacía presente tímidamente manchando la colina de un tono azulado, a unos metros de la roca el guía Hugo sostenía a su hijo inmóvil entre brazos y lloraba desgarradamente, no había rastro de Rodrigo, exploré violentamente el paisaje, encontrando entre la hierba azulada un hilillo negro de una sustancia viscosa, estaba extrañamente seguro que era sangre, casi podía oler su desagradable dulzor, me puse de pie en un salto.

-¿Pero qué mierda soñé? –Exclamé, quizá con un dejo maniático, lo repetí incansablemente. -¿Qué mierda soñé?

-Usted también vio eso, -la voz de Hugo perdida en llanto luchaba por prevalecer, sin éxito, -no debí aceptar este contrato, hay cosas que hay que dejar quietas, -un hilillo de mocos humedeció sus labios.

-¿Qué mierda soñé?

La imagen era lamentable, el joven Juan yacía en brazos de su padre, con los ojos abiertos, tanto como sus párpados permitían, miraba a la nada, ¿qué era lo último que en uso de su conciencia había podido observar? se chupaba el pulgar derecho mientras su padre le acariciaba el pelo y le rogaba que le hable, yo por mi parte, aún aturdido por los rezagos del sueño reciente que se negaban a abandonarme, buscaba desesperado alguna señal de Rodrigo, aún tenía la esperanza de que estuviera teniendo la misma pesadilla que yo tuve, entre los pliegues de su cama portable, quizá lejos, después de llevarse un fiasco con la roca, pronto gruñiría al despertar y pediría un poco de café.

-Por allá cayó el doctor, -musitó Hugo señalando un despeñadero algo lejano, colina abajo, -a mi hijo pude cogerlo porque también se iba a tirar.

Maldije a aquel hombre, pero una oscura y palpitante certeza me decía que mi sobrino sí había tomado ese camino, algo pasó en la noche de luna nueva, en silencio, mi corazón se convirtió en un caballo salvaje y me empujó hacia adelante, corriendo a contraviento, a esa hora el viento lastimaba con ondas heladas, poco me importó, un torbellino de terrible ansiedad amenazaba con llevarse mi alma, corrí como nunca había corrido hasta el lugar que el guía me había señalado, se abrió ante mí un despeñadero al menos a setenta grados de pendiente, luego de muro de peña virgen nacía un pequeño bosque donde predominaban los pinos, allá en el fondo, a unos cien metros en caída, pude ver el cuerpo de mi sobrino apoyado en un pino, sus pies sobresalían del bosque, cada uno en una dirección desquiciadamente diferente.

La ansiedad de mi corazón aceleró aún más, pensé fugazmente que reventaría , pero no me importó, comencé a descender por el peñasco helado sin reparar en la firmeza de mis pasos, estuve múltiples ocasiones a punto de desprenderme y volar por unos cortos segundos antes de que la gravedad me castigase con todo su rigor, sin embargo, no sé cómo, quizá algo que escapa de mi comprensión conspiró a mi favor, logré dar el último salto al pequeño valle, el cuerpo de mi sobrino que desde la altura había sido tan claro, desde el mismo nivel era rodeado por un nutrido grupo de árboles, oculto, penetré en el bosque pensando que mi corazón no daría más, amaba a ese muchacho, era la imagen viva de mi hermana, el hijo que de ser mi caso, hubiese querido tener, era tan joven, el próximo Abril cumpliría treinta y seis años, compartía conmigo el ideal de reducir la densidad poblacional mediante la determinación de no reproducirse, la única manera de salvar el planeta, pero le faltaba media vida por descubrir, media vida que yo ya viví, y que por cierto desperdicié, hubiera preferido estar en su lugar, que aquella fuerza extraterrena e inmensa me hubiera poseído a mi reventando mi alma en mil girones.

Pero no era yo quien estaba tirado, con el cuerpo quebrado, apoyando la cabeza en un pino, rodeado del tufo característico que emana la carne y sangre abierta en flor, fruto de un traumatismo brutal, era él, y verlo me rompió el corazón ¿Cómo le contaría a mi hermana que había perdido a su niño en un lugar tan lejano de casa?

Sus ojos estaban vendados con una camisa amarrada que cubría de la nariz hacia arriba, me aferré a la visión de la venda porque me resultaba insoportable explorar sus heridas, quizá se la había puesto para evitar contaminaciones visuales al momento final de por fin develar la escala de aquel instrumento táctil ¿Qué había visto?

-Arsenio. –Musitó el cadáver de mi sobrino. –Arsenio.

Me acerqué a él y lo agarre de los hombros con tanta ternura como me fue posible, sentí algo crujir en su interior, causando un quejido estertóreo en Rodrigo.

-No debí…

-Pude ver por dentro de las costillas de sus costillas, tío, es monstruosa, -su voz era débil, escucharla me alegró y a la vez devastó, debería estar sufriendo lo indecible, -sobre esta colina subyace un océano tan negro que es púrpura, la colina y el océano coexisten, es como si… -Un catarro pendenciero le interrumpió.

-Calma, hijo, calma, debo intentar entablillar… hasta que los paramédicos ¿Dónde queda el hospital más cercano? –Sucumbí a mi dolor y no pude más aguantar un sollozo desesperado. Sabía que eran los últimos minutos de mi sobrino, pero no era capaz de asimilar la idea.

-No debes temer ya por mi vida, tío, ya la perdí, debes preguntarme que es lo que vi, antes…

-Yo también lo vi, hijo.

Se movió quejumbroso, debo creer que intentando acomodarse, sus brazos estaban desechos, embutidos y molidos dentro de su camisa.

-¿Qué es lo que viste, Arsenio?

-Soñé, -me limpié los mocos, -soñé con un mar inmenso y silencioso, allí hay una bestia tremenda…

-Nos atrevimos a jugar con fuerzas que están más allá de lo que concebimos como el bien y el mal, -tosió, se notaba que hacerlo le procuraba un ramalazo de dolor inenarrable, -siempre quise encontrar un artefacto de hechura extraterrena, algo que comprobara que no estamos solos en este universo, que corroborara todo lo que había leído desde niño, siempre quise que todos esos libros no fueran charlatanerías, -hizo una pausa, -a esa piedra no la tallaron los indios, ya estaba aquí cuando ellos llegaron a estas tierras, incluso antes de que esta montaña se creara, la trajeron seres para los que el tiempo no es lineal, y que sin embargo ya desaparecieron en la marea de los eones. –Volvió a toser, escupiendo al final un hilillo de sangre y saliva.

“Pude completar la marcha de notas del acertijo de la roca, en recompensa mi conciencia fue expandida tanto que colapsó, fui llevado a distancias que el hombre nunca surcará, vi cosas que nadie jamás podría imaginar, la tortuga carga el universo, como lo dicen las leyendas, pero más que cargarlo lo mantiene cohesionado, ella y el cosmos cohabitan el mismo espacio, aunque a ambos los gobiernan distintas leyes físicas que a veces bajo ciertas circunstancias confluyen, la vi comerse una galaxia, después de chocarla contra otra, sonó como partir una nuez, tal vez era la nuestra, Arsenio, no comprendo cómo, esa bestia, esa bestia luego se rió, había pensado que no tenía conciencia, estaba muy equivocado, puedo jurarlo, esa risa, esa risa terrible, ella se comió la galaxia solo para que yo la vea, luego se rió, caí en su trampa, ella tira el anzuelo a través de los eones, no le gusta estar sola, nos atrae mediante estos monolitos porque no puede hacerse pequeña, pero puede atraernos a su hábitat, y luego nos devuelve con su esencia maligna a esta realidad, no podía vivir con eso Arsenio, yo… tuve que saltar, tuve... abandóname aquí, no dejes que ella…”

No volvió a hablar, mi consciente aterrorizado se negó lo que pudo a entender las últimas palabras de Rodrigo, sé que hizo un esfuerzo sobrehumano para hacérmelo saber, constaté su pulso ausente y le quité suavemente el vendaje de los ojos, como si siguiera vivo, los tenía cerrados, su rostro a pesar de estar golpeado, no estaba desfigurado, un surco sangriento recorría su parietal derecho, tal vez el impacto de una roca, fuera de eso parecía dormir, atravesar un sueño atribulado, como si no hubiese abandonado ya ese cuerpo.

No supe calcular cuánto tiempo permanecí así, viendo su rostro y pensando en cuan fuerte era el poder de la superstición, ahora que se había ido era como si el velo sobrenatural hubiera desaparecido y la mañana volvía a ser un día simple y sin contradicciones, veía todo con más claridad, habíamos sufrido una especie de histeria colectiva, producida por lo consistente que había sonado la explicación de Rodrigo del acertijo, durante esa noche mi sobrino de manera casi increíble se sumergió en la locura, la misma locura en la que sucumbieron muchos antes que él, cuyos huesos recién se descubrieron hace un par de décadas, maldije esa montaña amargamente, como pudimos haber creído en algo tan tonto como que una tortuga cargaba sobre su caparazón el universo, como es que ese mito había sido tan potente como para llevar a mi sobrino a saltar por un despeñadero creyéndose poseído por aquel ente irreal.

Ya había entrado la mañana a su máximo fulgor, cuando el guía Hugo y su hijo me alcanzaron al fondo de la pendiente, el viejo conminándome a descender a su aldea, el hijo absorto en la visión del cuerpo de mi sobrino, sin mostrar ápice de sentimiento, sin embargo ambos estaban más repuestos en comparación al momento de mi despertar, el shock de Hugo había devenido en preocupación, el de Juan seguía igual de potente, pero al menos se había dejado guiar por su padre.

-Debemos resguardarlo de los depredadores. –susurró Hugo, que cubría el cuerpo con ramas. –No podemos llevarlo ahora, sería demasiado pesado, debemos regresar con al menos tres hombres para llevar el cadáver al valle.

-¿Que fue lo que pasó allá? –Pregunté al joven Juan. -¿por qué dejasteis que saltara?

Silencio. El joven Juan parecía no advertir su situación, ni la de nadie, miraba cualquier punto, desentendido de lo que consideramos la realidad de las cosas. Comprendí que aquel adolescente también había sido víctima de la misma histeria colectiva que nos afectó a todos, solo el viejo Hugo, a pesar de la idiotez de su hijo, parecía mantener la elocuencia, actuando con celeridad para resguardar el cadáver y poder volver en paz a la aldea del valle.

Me pregunté que fue lo que le diría a Sonia, la madre de Rodrigo, ¿cómo le explicaría? ¿Cómo la prepararía para la noticia? ¿Qué argumento racional utilizaría para explicar aquella dolorosísima pérdida? ¿Cómo la consolaría? ¿Será que acaso me echaría la culpa? Me sentí una mierda por seguir pensando en mí y mis intereses en aquel momento.

-¡Sus ojos! –El grito de Hugo partió mi tranquilidad como un rayo fulmina un roble en medio de una pradera. -¡Sus ojos, Dios mío! –Sin comprender aún el contexto de sus palabras vi a Hugo alejarse corriendo desesperado, sin siquiera regresar a por su hijo, era claro que estaba huyendo de algo, ya a lo lejos lo vi tropezar estrepitosamente, quizá con la raíz de un árbol, se levantó en seguida aunque esta vez su ritmo mermó bastante, cojeaba notablemente hasta desaparecer de mi vista, nunca volvió la vista atrás.

El joven Juan se había levantado y yacía de pie sobre el cadáver, observándolo fijamente, un olor penetrante a excremento había inundado el área, rápidamente noté que el adolescente se había cagado encima, una mancha oscurecía sus pantalones, bajándole por las piernas, sin embargo seguía absorto en horadar con la mirada el cadáver de Rodrigo, desde mi punto de vista no podía observar con detalle que era lo que ocurría con el cuerpo, lo cubrían un sinnúmero de ramas.

“¡Sus ojos!”

Corrí hacia él con la estúpida esperanza de que siguiera con vida, el viejo Hugo había huido en medio de la tarea de tapar completamente el rostro y los hombros, por entre las ramas distinguí que el cadáver de Rodrigo había abierto los ojos, me paré junto al joven Juan, no me importó el inaguantable hedor.

“¡Sus ojos!”

Un humor purpura, con el resplandor enfermo de la gasolina al mezclarse con el agua había poseído los ojos muertos de mi sobrino, el brillo de la vitalidad les había sido quitado, sin embargo ese color me resultaba familiar, de aquel sueño tan extraño, aquel sueño cuyo significado ya había desechado a la basura en busca de un motivo racional para la muerte de mi amado sobrino, ese color tan negro que era un poco púrpura, el color de ese mar. Comprendí porqué Rodrigo se había vendado los ojos, eran lo primero que había sido poseído, ahora esa bestia inmemorial veía a través de los ojos muertos de mi pariente, él ya se había ido, sólo quedaba aquello que él había permitido entrar con esa especie de conjuro que era la roca de las osamentas, no pude soportar el peso de esa mirada, sentía que me aplastaría como un piojo retirado de una cabellera, huí sin condiciones de aquella montaña, no le hice caso al dolor de mis piernas, nunca miré atrás, huí de la aldea y luego del país, huí de mi propia vida, no podía nunca jamás soportar el peso terrible de ser tan minúsculo, hasta ahora siento que el peso de esa mirada hace presión sobre mis hombros.

He podido comprender con el pasar de los años es que las osamentas encontradas al pie de la roca no fueron en ningún caso sacrificios o que murieron intoxicados por una droga potente, al contrario, todos ellos resolvieron el acertijo, todos ellos ganaron el privilegio de una ameba que puede abstraerse del intestino donde vive y obtener una perspectiva privilegiada de la bestia que habita, el problema es que nuestra fisionomía y raciocinio no están listos siquiera para observar lo que hay afuera, mucho peor para interactuar con ello, desconozco que fue del cadáver, si se reanimó y aun camina por el bosque del cerro, o si se disolvió y volvió a aquella dimensión no apta para cuerdos, no sabemos cómo humanidad que privilegio tenemos al no haber sido percibidos por esa entidad, es la única explicación de que sigamos existiendo, quizá es consciente de nosotros pero no le importa devorarnos a menos que nos acerquemos mucho, tal vez está buscando la manera de llegar a nosotros con el único objetivo de eliminarnos de la existencia, la poca cordura que me queda me obliga a no querer responder esas interrogantes, divago con ellas gran parte de mis días, pero jamás las comento con nadie, jamás acudo a biblioteca alguna por información o miro a las estrellas sin obliteración, este fuego que arde en mí, conmigo perecerá. En el planeta son varios los monolitos misteriosos, que datan de épocas inmemoriales para el hombre, ocupando montañas misteriosas, alimentando mitos y leyendas, son simples carnadas para ellos, la perdición para nosotros.

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