Al
rayar sobre la cresta montañosa un resplandor púrpura, introducción de una
noche de luna nueva, llegamos a la cima del cerro Villonaco, aquel que se decía
entre los habitantes del valle que estaba encantado, nos ocupaba la misión de
descifrar uno de sus más célebres misterios: la piedra de las osamentas,
llamada así porque en los años ochenta se encontraron decenas de cadáveres en
sus cercanías, a los que misteriosamente los animales no habían deshuesado como
suele suceder con los cuerpos abandonados en la nada, mayoritariamente se
trataba de indígenas saraguros, tribu autóctona del lugar, los osarios más
antiguos entre los hallados datan de la era pre-incaica. El monolito es una
obra de extraño tallado, muy diferente a las esculturas rupestres de los
saraguros antiguos.
La
compañía en excursión se componía por el guía local Hugo, su hijo adolescente
Juan, mi sobrino el doctor Rodrigo Moricz y un humilde servidor y charlatán
profesional Arsenio De Pont, logramos encaramarnos alrededor del monolito justo
al haberse escurrido el ultimo haz de luz del crepúsculo, tal es así que solo
pudimos llegar por la experticia de Hugo, quien dedicaba parte de su tiempo en
organizar ascensiones guiadas al cerro y conocía los senderos de la montaña
donde hacía pastar a sus ovejas. Rodrigo y yo, ajenos a las ataduras que la
superstición impone sobre los ingenuos, nos acercamos presurosos a palpar los
mil relieves de la roca, nuestros silenciosos acompañantes se aferraban a la
visión lejana del campo eólico de igual nombre que el cerro, supongo que para
aliviar la vista de aquella oscuridad sólida que nos envolvía, al mismo tiempo
desempacaban sus tiendas de campaña, el contrato comprendía permanecer la noche
junto a nosotros y atender cualquier emergencia que pudiera suscitarse, para
luego guiarnos de vuelta al valle, rayando el alba.
A
simple vista la piedra no era gran cosa, mi impacto inicial fue mucho menor que
el que había previsto y muy pronto le dejé todo el sentido de la maravilla a mi
sobrino. Hurgué en mi bolsillo en pos de un maltrecho cigarrillo, víctima del
trajín y la humedad. Protegiéndolo entre mis manos cual pajarillo herido, logré
darle lumbre. Me propuse a dispersar el silencio que se había venido acumulando
en el ascenso a Villonaco.
-A
pesar de que los huesos fueron hallados hace treinta años, -me dirigí a los
guías, Rodrigo estaba abyecto en la exploración de la roca, -las leyendas sobre
esta piedra ya existían desde tiempos de la colonia, o antes, se decía que los saraguros
venían aquí a jugar algo parecido al ajedrez con el mismísimo Lucifer, como la
derrota estaba asegurada, pues el señor del averno es la más astuta de las
creaciones de Dios, nunca más volvían a bajar al valle.
-Los
antiguos habitantes de estas tierras no creían en los diablos. –Escupió Hugo,
quien no era más que un esbozo en el oscuro magma de la noche. –Sólo en la
naturaleza, la chakana.
-Esta
piedra no la pusieron los saraguros, solo la descubrieron, es muy vieja -continuó
el joven Juan, -investigué del tema en la escuela, el profesor dice que…
-Es
necesario guardar silencio. –Rogó Rodrigo tranquilamente. –Ya conozco esas
leyendas, me he documentado bien antes de este día, ahora debo trabajar, les
ruego caballeros, disfruten de la noche, -se sacó los guantes de lana y los
guardó tranquilamente en su bolso, de donde extrajo varias herramientas, -procedo
a hacer mi trabajo, pero necesito concentración.
Mi
estrategia de que Rodrigo nos mandara a volar dio resultado, ya no era
necesario fingir falso interés en estúpidas cuestiones milenarias que no
llevaban a nada, era libre y además estaba cansado, tiré mi cama portable al
pie de un peñasco donde escapar parcialmente del viento de la noche y me eché a
fumar.
Rodrigo,
arqueólogo académico, se dedicaba profesionalmente a resolver acertijos,
literalmente, su primer libro sobre construcciones pre-sumerias había tenido una
moderada buena acogida, lo cual lo catapultó a su ciertamente proyecto
principal, aquel que añoraba desde la niñez y que consistiría en su segundo
libro al que aún no había dedicado energías en darle un nombre, pero si toda la
enjundia, trataba sobre acertijos antiguos inscritos en monumentos enigmáticos,
de preferencia de manufactura desconocido y antiquísima, el monte Villonaco era
nuestra segunda parada, llevábamos en nuestra sangre el envión de haber podido
resolver el acertijo de las cabezas de la Isla de Pascua y creíamos que podíamos
comernos el mundo porque aquel libro si prometía, bueno, mi sobrino creía todo
eso y eso bastaba para mí, Rodrigo era un aventurero pero cuerdo Don Quijote,
aunque más se parecía una versión catalana de Indiana Jones, y yo,
inconfundiblemente, un viejo y acabado, pero fiel Sancho Panza, estaba feliz
por ello.
Ya
llevaba mi quinto cigarrillo, recostado a prudencial distancia de la piedra y
de Rodrigo, cuando distinguí a las sombras que conformaban a mi sobrino moverse
inquietas, señal de que algo iba a decir.
-Creo
que lo tengo, -rompió el silencio, -este año estoy intratable, -soltó una
espontánea risita, compartiendo su alegría conmigo y me sentí feliz por él.
-A
ello. –apagué mi cigarro contra la peña y me acerqué a grandes zancadas en la
noche.
-Imagina
lo más sencillo que pueda ocurrírsete al ver esta piedra, -dijo Rodrigo que
había encendido su linterna en dirección a la roca, explorándola con su haz de
luz, -lo primero que se te ocurrió al verla.
-¡Una
tortuga! –Gritó el joven Juan que se había dado por aludido por el llamado de
mi sobrino y ya estaba a mi lado junto a la roca.
La
piedra semicircular tenía el tamaño de un escarabajo Volkswagen, tenía la
particularidad de estar tallada de tal manera que asemeja el caparazón de una
tortuga, aunque cada cara distinta daba muestra de un relieve artístico de
total contraste a sus adyacentes, unas con cientos de estalactitas, otras llanas
y suaves como un campo de trigo, otros de textura irreverente y caótica, como
si mil escultores se hubiesen encargado, uno por parcela, de tallar en esa
piedra, en mil eras, logrando armar un rompecabezas en el que ninguna pieza
encajaba con la otra, y sin embargo existía como una unidad, desafiante de las
leyes de los puzles, si tales leyes existieran.
-Exacto,
-sonrió Rodrigo, -Es una tortuga, la tortuga sobre la que descansa el universo,
ni más ni menos, el más común de los mitos en el mundo pre-heliocentrismo, los
persas antiguos, los sabios hindúes, los indios Mohawk de Norteamérica, no me
alcanzarían los dedos de los pies y las manos para contar los puntos del mundo
donde se creía esto, añadamos a esta lista a los saraguros y su Chakana, la
deidad a la que le guardan respeto, esta entidad gobierna los cuatro elementos
de la naturaleza, es decir, todo, Chakana es el cosmos mismo, Akupara, la
tortuga del mundo.
-¿Por
qué si la respuesta es tan sencilla nadie había dado con la repuesta? –Preguntó
el joven Juan notablemente excitado.
-Fácil,
-contestó Rodrigo, -ellos no tenían acceso a google. Desde que nació la era del
internet, para acá, cada vez es más sencillo resolver estos enigmas, sin
necesidad de devorarte la biblioteca de Alejandría en el intento, lo asombroso
sin embargo es correlacionar esta especie de cultura colectiva en
civilizaciones totalmente alejadas una de otra, supongo que la leyenda viene
desde los inicios del lenguaje, por la tradición hablada ha podido sobrevivir
hasta nuestros tiempos, quizá sea la religión más antigua del mundo, lo cual es
sencillamente asombroso.
-Entonces
¿Cuál es el acertijo? ¿Qué buscamos? –Dije, echando leña seca y dispuesta sobre
la hoguera didáctica que había encendido Rodrigo.
-Es
claramente un caparazón de tortuga, -respondió mi sobrino, -su coraza contiene
el cosmos, como si se tratase de una esfera de vidrio llena de agua y nieve
artificial que contiene un souvenir de la ciudad de Nueva York, todo cuanto
podemos percibir con nuestros cinco sentidos, los lugares donde podemos existir
y también los lugares en los que no, esta piedra lo representa todo, el puzle
ha sido diseñado para que lo resuelva un ser con dos sensibilidades
fundamentales, la conciencia como muestra de la evolución definitiva de una
especie, y el tacto, el sentido primigenio que incluso los trilobites de hace
millones de años poseían. –Tomó aire, como si dejara que digiriéramos todo para
poder proseguir, circundó la roca airoso. -La clave es la sensación, pura e
impoluta, por encima de la visión, el olfato, el oído y el gusto, por eso el
motivo de venir en una luna nueva, por la ausencia de perturbación ocular, debo
admitir que fue entre capricho y corazonada; en la ausencia de luz mi sentido
del tacto se dilató, como supuse, así que estoy a punto de comprobar mi
hipótesis, mediante un simple ejercicio de tacto, la tortuga, que representa al
cosmos en sí, vierte sobre el ser de conciencia de turno, su conocimiento
insondable, esto debió ser una experiencia alucinante para los aborígenes
antiguos, tal vez mezclaban la experiencia con ayahuasca y debido a esas
intoxicaciones se explican los cadáveres, esta piedra es una obra de arte que
se lee de manera totalmente táctil, la palma de la mano desnuda es a esta obra
lo que el oído es a la música, si se tocan las terminaciones nerviosas
correctas se puede causar el placer más hogareño o el dolor más incomprensible
y de esas sensaciones se puede crear una composición.”
-¿Cuál
es el acertijo entonces? ¿Hay uno? –Exclamamos Juan y yo casi al unísono, debo
confesar que me había contagiado un poco del momento y dejé caer sin cuidado mi
mascara de viejo trotamundos al que nada le sorprendía.
“Claro
que hay uno, descubrir las notas que están escritas en este pentagrama,
ordenarla mediante una corrida en tiempo real, casi como si tocáramos un
instrumento, imagina a cada cuadrante del caparazón como si fuera una tecla de
un piano, mi tarea ahora será descubrir el orden en que tocar cada tecla para
formar el orden progresivo perfecto, no se me ocurre más que decir que la
escala va entre el placer y el dolor, sensaciones que traigan remembranzas de
lo más recóndito de la memoria, la progresión debe ser perfecta, deberíamos
empezar en el placer de la ignorancia y terminar en el dolor, el peso la
revelación y los misterios del cosmos.”
-Supongo
que habéis descubierto el inicio de la escala. –Interrogué mientras me acercaba
aún más al mastodonte. –O algo parecido.
-Toca
aquí, -mi sobrino dirigió mi mano a un cuadrante del caparazón como si la
guiara a los lomos de una mansa pero voluminosa bestia, -dime que sientes.
-Una
descarga. -Musité mientras pasaba suavemente la palma de mi mano por una
superficie rugosa y punzante, era más que una descarga, su tacto produjo en mí
el mismo efecto de tocar la piel desnuda y erizada de una mujer, en mis años de
juventud, como si mi sangre subiera súbitamente de temperatura, la erección me
sorprendió mientras aun trataba de entender la energía que estaba recibiendo a
través de la palma de mi mano. –Es… increíble.
El
joven Juan buscó replicar la experiencia en sí mismo, pero fue detenido por su
padre, que con un gesto escueto le invitó a ser prudente.
-Ahora
toca esta. –Rodrigo me condujo, empujando de mis hombros, al otro lado del domo
e impuso allí mi mano sin un preámbulo, sin advertencia alguna, la frotó contra
ese cuadrante, esta vez la descarga fue diferente, sentí punzadas terribles en
las plantas de los pies, como si estuviera desnudo en medio de la corriente de
un río amazónico y sintiera la presencia de un monstruoso reptil acechando mis
carnes, mi acto instintivo fue saltar hacia atrás, luego echar a correr como si
de eso dependiera mi vida, rodé sobre la hierba mientras luchaba por deshacerme
de aquel escalofrió, hasta que comprendí que antes mis acompañantes parecía un
estúpido. No quise decir nada más para no tener que insultar a mi querido
sobrino, después de todo él era mi benefactor en esta aventura.
-¿Qué
me dices, viejo? –Dijo Rodrigo tendiéndome la mano amablemente para levantarme,
a pesar de la oscuridad, logré percibir en su rostro el esbozo de una sonrisa,
una sonrisa con toda el alma.
-Que
has descubierto un nuevo arte, sobrino. -Le palmee la espalda.
-Has
tocado dos notas, desconozco si son el principio y el final, pero están en esa
escala, Creo que la clave para pasar de una nota sensorial a otra es hacerlo
mientras aún no desaparezca la descarga eléctrica y así lograr una difuminación
perfecta de las sensaciones, para ello deberé dedicar algo de tiempo
descifrando cada una de las caras de esta roca, son doscientos treinta y siete
cuadrantes, no hay tiempo que perder.
En
ese momento entendía por qué Rodrigo Moricz había dormido hasta entrada la
tarde, pretendía hacer historia de la arqueología en la noche, aquella noche en
particular no ofrecía más distracción que el arrullo del viento, ni aullidos
lejanos, ni ululares de lechuzas, ni croares de ranas melancólicas, nada, como
si no hubieran animales circundando el área, me pregunté si sería posible que
todas las noches junto a la roca fueran idénticas a esa. Había algo en esa
fascinación de Rodrigo, que me aterrorizaba un poco, pero no tanto como para
expresarlo, ahora que ha pasado el tiempo, quisiera haber dado rienda suelta a
aquella inseguridad tan extraña que germinó lo profundo de mi psique, quizá así
aún hoy podría conservar mi inocencia, quizá así seguiría ahora siendo un viejo
charlatán que finge conocerlo todo, pero no tener certeza de casi nada.
El
doctor Rodrigo Moricz, catedrático de la Universitat de Barcelona, estudioso de
culturas prehistóricas, comenzaba su faena notablemente excitado, yo diría que
incluso torpemente excitado, si hubiera tenido ánimos de intervenir, le hubiera
dicho que bajara un poco el fuego, o no lograría concentrarse, pero estaba
cansado, mis músculos motrices protestaban, necesitaba descansar, mi sobrino se
había puesto una linterna de las que se amarran al cráneo, en su libreta,
garabateada hasta la saturación, procedió a realizar un plano algo rústico del
monolito, le dejé hacer y procedí por comodidad, cual perro viejo, a realizar
mi ceremonia para acostarme, sentí ya no podía hacer nada más por él esa noche,
mi función en aquel viaje trascendía lo útil, simplemente era un apoyo
sentimental y una fuente inagotable de felicitaciones y palmadas en la espalda.
Después
de la parte excitante del descubrimiento sobrevino una etapa sosa en la noche
en la que Rodrigo tomaba incontables notas para el armazón de su rompecabezas y
yo no pude mantenerme en vilo, seguí con la mirada el haz de su linterna mientras
pude, el viento helado me susurraba palabras dulces al oído, no me percaté del
preciso instante en que me sumergí inexorablemente en mar de los sueños, fue
gradual, sin embargo antes de caer aun pude notar que el joven Juan se había
unido al asalto de Rodrigo por vencer el misterio de la roca de las osamentas, y
que este había aceptado de buena gana la ayuda del muchacho, con la condición
tácita de llevar el parloteo a su mínima expresión. Entre el resplandor de la
linterna de mi sobrino, me pareció que aquella piedra era una bestia agazapada,
una bestia sin piernas ni brazos, ni boca, ni colmillos, pero sin embargo
terriblemente mortífera, descendía yo a cuentagotas en el reino de los sueños, el
ritmo del ascenso al cerro Villonaco había sido terrible para un viejo como yo,
obligado a jurar que estaba bien cada vez que Rodri me lo preguntaba, cuando en
realidad cien agujas me traspasaban las caderas en los últimos tramos, ya
estábamos en la cima y eso era lo que importaba, podría reponerme, me
arrullaron también los ronquidos suaves, casi inaudibles del viejo Hugo, cuya
tienda yacía a unos metros en la misma línea de la circunferencia, de cuyo eje
hacía las veces el añoso monolito que nos ligaba allí en aquella noche olvidada
en el mar del tiempo.
Nadaba en la oscuridad definitiva, sin
embargo el agua era cálida, me sentía como tal vez un feto se siente interactuando
con su líquido amniótico, totalmente ajeno a su situación, mis brazos y piernas
se movían instintivamente, siempre había estado nadando, desde siempre, desde
donde mis recuerdos se remontaban, lo inverosímil era lo normal, tal como
sucede en los sueños. Entonces mi braceo chocó con una superficie dura,
comprendí con naturalidad que era un bote y como el acto instintivo de un
becerro con minutos de vida, que se pone en pie, subí a la embarcación, su
textura era tosca como un pedernal de montaña, me agarré del estribo hasta
lograr ubicarme dentro de la nave, noté cuando pisé dentro que la parte cóncava
que contenía el fondo de la canoa era de un material blando, algo gelatinoso, al
aplicarle toda la presión de mi cuerpo, mis pies se hundieron en él como en una
cama de elasticidad infinita, en el pisoteo que siguió noté que herí la sensibilidad
de un ser latiente y la parte cóncava de aquella nave comenzó a ceder hacia los
lados, como si se estuviera abriendo una extraña puerta, a pesar de la negrura
total, podía verlo todo de un extraño y crepuscular color púrpura, me agarré
con fuerzas al estribo, sentí que si no lo hacía, caería hacia adentro de la
nave, ya el piso había cedido dejándome colgado, observé con horror ignominioso
que en el fondo de aquella espantosa nave de piedra, una cutícula reptiliana se
abría, no me había topado con un bote, sino con un rocoso juego de parpados,
con negrura absorbente, en aquel globo ocular ardía un resplandor lunático, finas
vetas de color purpura que coronaban un iris ovoide y de un color
incomprensible pero que en ausencia de luz era parecido a un rojo de brasa
candente, estudié en aquel iris monstruoso, sobrecogido por el horror de
saberme observado, él estudió en mí, y con un rayo fantasmal de odio
incomprensible, actuó sobre mi cuerpo despojándolo de toda masa, de toda
materia, el estribo rocoso al que me había agarrado dejó de ser tangible, sentí
que mi cuerpo se disolvía en un polvo de finura microscópica, y pude extrañamente
observar al ser que acababa de triturar mis cadenas de adn, porque a pesar de
volverme tan pequeño, un ser sin razón, también tuve acceso a ver lo que ocurre
en esferas de poder que los humanos no pueden ni imaginar, vi nebulosas
colapsar y millones de estrellas desechas con la fuerzas de un chasquido, quizá
un coletazo, un ser inmenso al estremecerse había ocasionado que su cuerpo
destruyera dos galaxias, una contra la otra, supe con claridad que yo había
provocado la inquietud de ese ser, que podía jugar entre sus garras con
millones de constelaciones, mi esencia de polvo desvanecido por aquella mirada
fue alejándose de aquellos acontecimientos catastróficos ocurridos a millones
de millones de años luz, me alejé tanto que pude ver en aquel fondo negro que
significaba la nada misma, el oscuro esplendor de su caparazón sobre el que
pululaban las galaxias como moscas sobre una fruta madura, aquel ojo único que
me había observado en realidad era tan inmenso como mil veces el universo
conocido por el ser humano, estaba en todos los lugares a la vez, somos tan
pequeños, y una simple mirada suya nos pulveriza hasta instancias moleculares, desaparecí
en la negrura agradecido de dejar atrás la visión de aquel monstruo universal,
se me regaló el don de la nada y a partir de allí pude descansar en paz.
Han
pasado cinco años desde aquella pesadilla en la cima del monte Villonaco, una
montaña donde por la noche no se escuchan chillidos de animales, cada vez estoy
más seguro que no fue un sueño, sino una visión, una advertencia quizá, que no
pude canalizar a tiempo, o un ramalazo de energía residual que se coló en mi cerebro
producto de dormir tan cerca de la maldita roca, en cualquier caso, desearía
que la conclusión cálida de vacío del final del sueño hubiese significado también
el final de mi existencia y así no tener que seguir viviendo con la certeza que
tengo y que nadie más en este planeta posee, exceptuando quizá a nuestros guías
en aquel terrible ascenso a la cima del cerro maldito de Ecuador.
Una
inquietante música me sacó del terreno cálido a donde mi sueño había
desembocado, después de un primer contacto con la brisa matutina comprendí que
no era música, era la alarma de un grito terrible de terror, tardé varios
segundos en comprenderlo, al abrirse mis ojos lo primero que encontraron fue a
la roca, me sentí aplastado, la luz ya se hacía presente tímidamente manchando
la colina de un tono azulado, a unos metros de la roca el guía Hugo sostenía a
su hijo inmóvil entre brazos y lloraba desgarradamente, no había rastro de
Rodrigo, exploré violentamente el paisaje, encontrando entre la hierba azulada
un hilillo negro de una sustancia viscosa, estaba extrañamente seguro que era
sangre, casi podía oler su desagradable dulzor, me puse de pie en un salto.
-¿Pero
qué mierda soñé? –Exclamé, quizá con un dejo maniático, lo repetí
incansablemente. -¿Qué mierda soñé?
-Usted
también vio eso, -la voz de Hugo perdida en llanto luchaba por prevalecer, sin
éxito, -no debí aceptar este contrato, hay cosas que hay que dejar quietas, -un
hilillo de mocos humedeció sus labios.
-¿Qué
mierda soñé?
La
imagen era lamentable, el joven Juan yacía en brazos de su padre, con los ojos
abiertos, tanto como sus párpados permitían, miraba a la nada, ¿qué era lo último
que en uso de su conciencia había podido observar? se chupaba el pulgar derecho
mientras su padre le acariciaba el pelo y le rogaba que le hable, yo por mi
parte, aún aturdido por los rezagos del sueño reciente que se negaban a
abandonarme, buscaba desesperado alguna señal de Rodrigo, aún tenía la
esperanza de que estuviera teniendo la misma pesadilla que yo tuve, entre los
pliegues de su cama portable, quizá lejos, después de llevarse un fiasco con la
roca, pronto gruñiría al despertar y pediría un poco de café.
-Por
allá cayó el doctor, -musitó Hugo señalando un despeñadero algo lejano, colina
abajo, -a mi hijo pude cogerlo porque también se iba a tirar.
Maldije
a aquel hombre, pero una oscura y palpitante certeza me decía que mi sobrino sí
había tomado ese camino, algo pasó en la noche de luna nueva, en silencio, mi
corazón se convirtió en un caballo salvaje y me empujó hacia adelante,
corriendo a contraviento, a esa hora el viento lastimaba con ondas heladas,
poco me importó, un torbellino de terrible ansiedad amenazaba con llevarse mi
alma, corrí como nunca había corrido hasta el lugar que el guía me había
señalado, se abrió ante mí un despeñadero al menos a setenta grados de
pendiente, luego de muro de peña virgen nacía un pequeño bosque donde
predominaban los pinos, allá en el fondo, a unos cien metros en caída, pude ver
el cuerpo de mi sobrino apoyado en un pino, sus pies sobresalían del bosque,
cada uno en una dirección desquiciadamente diferente.
La
ansiedad de mi corazón aceleró aún más, pensé fugazmente que reventaría , pero
no me importó, comencé a descender por el peñasco helado sin reparar en la
firmeza de mis pasos, estuve múltiples ocasiones a punto de desprenderme y
volar por unos cortos segundos antes de que la gravedad me castigase con todo
su rigor, sin embargo, no sé cómo, quizá algo que escapa de mi comprensión conspiró
a mi favor, logré dar el último salto al pequeño valle, el cuerpo de mi sobrino
que desde la altura había sido tan claro, desde el mismo nivel era rodeado por
un nutrido grupo de árboles, oculto, penetré en el bosque pensando que mi
corazón no daría más, amaba a ese muchacho, era la imagen viva de mi hermana,
el hijo que de ser mi caso, hubiese querido tener, era tan joven, el próximo
Abril cumpliría treinta y seis años, compartía conmigo el ideal de reducir la
densidad poblacional mediante la determinación de no reproducirse, la única
manera de salvar el planeta, pero le faltaba media vida por descubrir, media
vida que yo ya viví, y que por cierto desperdicié, hubiera preferido estar en
su lugar, que aquella fuerza extraterrena e inmensa me hubiera poseído a mi
reventando mi alma en mil girones.
Pero
no era yo quien estaba tirado, con el cuerpo quebrado, apoyando la cabeza en un
pino, rodeado del tufo característico que emana la carne y sangre abierta en
flor, fruto de un traumatismo brutal, era él, y verlo me rompió el corazón
¿Cómo le contaría a mi hermana que había perdido a su niño en un lugar tan
lejano de casa?
Sus
ojos estaban vendados con una camisa amarrada que cubría de la nariz hacia
arriba, me aferré a la visión de la venda porque me resultaba insoportable
explorar sus heridas, quizá se la había puesto para evitar contaminaciones
visuales al momento final de por fin develar la escala de aquel instrumento
táctil ¿Qué había visto?
-Arsenio.
–Musitó el cadáver de mi sobrino. –Arsenio.
Me
acerqué a él y lo agarre de los hombros con tanta ternura como me fue posible,
sentí algo crujir en su interior, causando un quejido estertóreo en Rodrigo.
-No
debí…
-Pude
ver por dentro de las costillas de sus costillas, tío, es monstruosa, -su voz
era débil, escucharla me alegró y a la vez devastó, debería estar sufriendo lo
indecible, -sobre esta colina subyace un océano tan negro que es púrpura, la
colina y el océano coexisten, es como si… -Un catarro pendenciero le
interrumpió.
-Calma,
hijo, calma, debo intentar entablillar… hasta que los paramédicos ¿Dónde queda
el hospital más cercano? –Sucumbí a mi dolor y no pude más aguantar un sollozo
desesperado. Sabía que eran los últimos minutos de mi sobrino, pero no era
capaz de asimilar la idea.
-No
debes temer ya por mi vida, tío, ya la perdí, debes preguntarme que es lo que
vi, antes…
-Yo
también lo vi, hijo.
Se
movió quejumbroso, debo creer que intentando acomodarse, sus brazos estaban
desechos, embutidos y molidos dentro de su camisa.
-¿Qué
es lo que viste, Arsenio?
-Soñé,
-me limpié los mocos, -soñé con un mar inmenso y silencioso, allí hay una
bestia tremenda…
-Nos
atrevimos a jugar con fuerzas que están más allá de lo que concebimos como el
bien y el mal, -tosió, se notaba que hacerlo le procuraba un ramalazo de dolor
inenarrable, -siempre quise encontrar un artefacto de hechura extraterrena,
algo que comprobara que no estamos solos en este universo, que corroborara todo
lo que había leído desde niño, siempre quise que todos esos libros no fueran charlatanerías,
-hizo una pausa, -a esa piedra no la tallaron los indios, ya estaba aquí cuando
ellos llegaron a estas tierras, incluso antes de que esta montaña se creara, la
trajeron seres para los que el tiempo no es lineal, y que sin embargo ya
desaparecieron en la marea de los eones. –Volvió a toser, escupiendo al final
un hilillo de sangre y saliva.
“Pude
completar la marcha de notas del acertijo de la roca, en recompensa mi
conciencia fue expandida tanto que colapsó, fui llevado a distancias que el
hombre nunca surcará, vi cosas que nadie jamás podría imaginar, la tortuga
carga el universo, como lo dicen las leyendas, pero más que cargarlo lo
mantiene cohesionado, ella y el cosmos cohabitan el mismo espacio, aunque a
ambos los gobiernan distintas leyes físicas que a veces bajo ciertas
circunstancias confluyen, la vi comerse una galaxia, después de chocarla contra
otra, sonó como partir una nuez, tal vez era la nuestra, Arsenio, no comprendo
cómo, esa bestia, esa bestia luego se rió, había pensado que no tenía
conciencia, estaba muy equivocado, puedo jurarlo, esa risa, esa risa terrible, ella
se comió la galaxia solo para que yo la vea, luego se rió, caí en su trampa,
ella tira el anzuelo a través de los eones, no le gusta estar sola, nos atrae
mediante estos monolitos porque no puede hacerse pequeña, pero puede atraernos
a su hábitat, y luego nos devuelve con su esencia maligna a esta realidad, no podía
vivir con eso Arsenio, yo… tuve que saltar, tuve... abandóname aquí, no dejes
que ella…”
No
volvió a hablar, mi consciente aterrorizado se negó lo que pudo a entender las
últimas palabras de Rodrigo, sé que hizo un esfuerzo sobrehumano para hacérmelo
saber, constaté su pulso ausente y le quité suavemente el vendaje de los ojos,
como si siguiera vivo, los tenía cerrados, su rostro a pesar de estar golpeado,
no estaba desfigurado, un surco sangriento recorría su parietal derecho, tal
vez el impacto de una roca, fuera de eso parecía dormir, atravesar un sueño
atribulado, como si no hubiese abandonado ya ese cuerpo.
No
supe calcular cuánto tiempo permanecí así, viendo su rostro y pensando en cuan
fuerte era el poder de la superstición, ahora que se había ido era como si el
velo sobrenatural hubiera desaparecido y la mañana volvía a ser un día simple y
sin contradicciones, veía todo con más claridad, habíamos sufrido una especie
de histeria colectiva, producida por lo consistente que había sonado la
explicación de Rodrigo del acertijo, durante esa noche mi sobrino de manera
casi increíble se sumergió en la locura, la misma locura en la que sucumbieron
muchos antes que él, cuyos huesos recién se descubrieron hace un par de
décadas, maldije esa montaña amargamente, como pudimos haber creído en algo tan
tonto como que una tortuga cargaba sobre su caparazón el universo, como es que
ese mito había sido tan potente como para llevar a mi sobrino a saltar por un
despeñadero creyéndose poseído por aquel ente irreal.
Ya
había entrado la mañana a su máximo fulgor, cuando el guía Hugo y su hijo me
alcanzaron al fondo de la pendiente, el viejo conminándome a descender a su
aldea, el hijo absorto en la visión del cuerpo de mi sobrino, sin mostrar ápice
de sentimiento, sin embargo ambos estaban más repuestos en comparación al
momento de mi despertar, el shock de Hugo había devenido en preocupación, el de
Juan seguía igual de potente, pero al menos se había dejado guiar por su padre.
-Debemos
resguardarlo de los depredadores. –susurró Hugo, que cubría el cuerpo con
ramas. –No podemos llevarlo ahora, sería demasiado pesado, debemos regresar con
al menos tres hombres para llevar el cadáver al valle.
-¿Que
fue lo que pasó allá? –Pregunté al joven Juan. -¿por qué dejasteis que saltara?
Silencio.
El joven Juan parecía no advertir su situación, ni la de nadie, miraba
cualquier punto, desentendido de lo que consideramos la realidad de las cosas. Comprendí
que aquel adolescente también había sido víctima de la misma histeria colectiva
que nos afectó a todos, solo el viejo Hugo, a pesar de la idiotez de su hijo,
parecía mantener la elocuencia, actuando con celeridad para resguardar el
cadáver y poder volver en paz a la aldea del valle.
Me
pregunté que fue lo que le diría a Sonia, la madre de Rodrigo, ¿cómo le
explicaría? ¿Cómo la prepararía para la noticia? ¿Qué argumento racional utilizaría
para explicar aquella dolorosísima pérdida? ¿Cómo la consolaría? ¿Será que
acaso me echaría la culpa? Me sentí una mierda por seguir pensando en mí y mis
intereses en aquel momento.
-¡Sus
ojos! –El grito de Hugo partió mi tranquilidad como un rayo fulmina un roble en
medio de una pradera. -¡Sus ojos, Dios mío! –Sin comprender aún el contexto de
sus palabras vi a Hugo alejarse corriendo desesperado, sin siquiera regresar a
por su hijo, era claro que estaba huyendo de algo, ya a lo lejos lo vi tropezar
estrepitosamente, quizá con la raíz de un árbol, se levantó en seguida aunque
esta vez su ritmo mermó bastante, cojeaba notablemente hasta desaparecer de mi
vista, nunca volvió la vista atrás.
El
joven Juan se había levantado y yacía de pie sobre el cadáver, observándolo
fijamente, un olor penetrante a excremento había inundado el área, rápidamente
noté que el adolescente se había cagado encima, una mancha oscurecía sus
pantalones, bajándole por las piernas, sin embargo seguía absorto en horadar
con la mirada el cadáver de Rodrigo, desde mi punto de vista no podía observar
con detalle que era lo que ocurría con el cuerpo, lo cubrían un sinnúmero de
ramas.
“¡Sus ojos!”
Corrí
hacia él con la estúpida esperanza de que siguiera con vida, el viejo Hugo
había huido en medio de la tarea de tapar completamente el rostro y los
hombros, por entre las ramas distinguí que el cadáver de Rodrigo había abierto
los ojos, me paré junto al joven Juan, no me importó el inaguantable hedor.
“¡Sus ojos!”
Un
humor purpura, con el resplandor enfermo de la gasolina al mezclarse con el
agua había poseído los ojos muertos de mi sobrino, el brillo de la vitalidad
les había sido quitado, sin embargo ese color me resultaba familiar, de aquel
sueño tan extraño, aquel sueño cuyo significado ya había desechado a la basura
en busca de un motivo racional para la muerte de mi amado sobrino, ese color
tan negro que era un poco púrpura, el color de ese mar. Comprendí porqué
Rodrigo se había vendado los ojos, eran lo primero que había sido poseído,
ahora esa bestia inmemorial veía a través de los ojos muertos de mi pariente,
él ya se había ido, sólo quedaba aquello que él había permitido entrar con esa
especie de conjuro que era la roca de las osamentas, no pude soportar el peso
de esa mirada, sentía que me aplastaría como un piojo retirado de una
cabellera, huí sin condiciones de aquella montaña, no le hice caso al dolor de
mis piernas, nunca miré atrás, huí de la aldea y luego del país, huí de mi
propia vida, no podía nunca jamás soportar el peso terrible de ser tan minúsculo,
hasta ahora siento que el peso de esa mirada hace presión sobre mis hombros.
He
podido comprender con el pasar de los años es que las osamentas encontradas al
pie de la roca no fueron en ningún caso sacrificios o que murieron intoxicados
por una droga potente, al contrario, todos ellos resolvieron el acertijo, todos
ellos ganaron el privilegio de una ameba que puede abstraerse del intestino
donde vive y obtener una perspectiva privilegiada de la bestia que habita, el
problema es que nuestra fisionomía y raciocinio no están listos siquiera para
observar lo que hay afuera, mucho peor para interactuar con ello, desconozco
que fue del cadáver, si se reanimó y aun camina por el bosque del cerro, o si
se disolvió y volvió a aquella dimensión no apta para cuerdos, no sabemos cómo
humanidad que privilegio tenemos al no haber sido percibidos por esa entidad, es
la única explicación de que sigamos existiendo, quizá es consciente de nosotros
pero no le importa devorarnos a menos que nos acerquemos mucho, tal vez está buscando
la manera de llegar a nosotros con el único objetivo de eliminarnos de la
existencia, la poca cordura que me queda me obliga a no querer responder esas
interrogantes, divago con ellas gran parte de mis días, pero jamás las comento
con nadie, jamás acudo a biblioteca alguna por información o miro a las
estrellas sin obliteración, este fuego que arde en mí, conmigo perecerá. En el
planeta son varios los monolitos misteriosos, que datan de épocas inmemoriales
para el hombre, ocupando montañas misteriosas, alimentando mitos y leyendas,
son simples carnadas para ellos, la perdición para nosotros.

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