sábado, 31 de julio de 2010

Al pie de los robles: Última parte


El contingente humano apostado frente a la puerta parecía frío, como la tierra a principios de invierno, Ogna les observó con sus ojos sabios, sus cejas estaban llenas de escarcha, lo que hacía que cada expresión facial se multiplicara exponencialmente, estudiaba esos rostros estúpidos y sin capacidad de reacción, cuanto deseaba hallar bondad en ellos, pero cuanto le decía ese brillo en los ojos, brillo humano, brillo de hambre, hambre de caos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos…”
Veían un monstruo en él, veían un ser sin lógica, algo que no se acoplaba a su red de pensamientos.
“Humanos, son genios de la maldad, dioses del caos, nada bueno puede salir de ellos, tienes que alejarte, busca tu hogar y no dejes huellas.”
-Humanos. –La palabra se alargó porque al pobre Ogna le asaltó un ataque de tos. –Fuera de mi vista.
Los invitados permanecieron rígidos observando como la criaturilla gris se ocultaba tras un bote de helado de chocolate, pasito tras pasito, alborotando la nieve para borrar las huellas. Sus cerebros estaban huecos, acorralados como ratones de laboratorio, temblaban por no saber que paso dar. Finalmente la tía Rach soltó un chillido, no supieron cuanto tiempo pasó, solo corrieron en busca de sus autos y se marcharon.
La puerta del congelador amaneció abierta.
En la tarde siguiente, la madre de Charlie regresó y trajo un cura para que exorcice la casa. No encontraron nada en el congelador –excepto carne descongelada, helado derretido y mucha agua- pero si algo sobre la mesa del comedor. Parecía un mensaje, había sido tallado con un cincel sobre la madera, y contenía una serie de símbolos extraños, el cura afirmó que era un idioma del diablo. Pero el cura no sabía hablar en gnómico, ni la madre de Charlie, ni ningún otro humano salvo contadas excepciones. La nota decía:
“Humanos, no teman a los que se esconden de ustedes, teman a los que les rodean, témanse a ustedes mismos”.

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