
Era confusa esa sutil hediondez en el ambiente, un olor a carne disimulado con algún tipo de metal, conjugados de una manera repugnante, taladraban su sistema nasal como si fueran chorros de lejía, ese horrible hedor helado, químico, pero que pretendía parecer olor a carne. Todo el cuerpo de Ogna estaba entumecido, estaba tirado en el fondo de la esfera, la boca le sabía a sangre y no estaba seguro si su brazo roto era el izquierdo o el derecho. A pesar de saber que la muerte se acercaba, que no solo se acercaba sino que ya estaba tocando la puerta, calándole los huesos, el pobre Ogna sentía una etérea felicidad, hace cuanto que no salía en invierno, cuantos años, siglos; no vio nieve desde que se hizo adulto, siempre se había preocupado por reunir toda la leña y carne antes del ultimo día de otoño, los inviernos eran para dormir el doble y filosofar un poco, es decir, aburrirse; pero esta cámara en la que se encontraba ahora, a pesar de saber que era una trampa de muerte; se parecía tanto al invierno, tan romántica, tan blanca y somnolienta, el hedor era horrible, es cierto ¿pero que otra cosa le impedía disfrutar ese momento de magia? ¿Acaso no era una buena forma de morir?
Hace dos noches Ogna había decidido morir en su casa, no prepararse para el invierno, solo dejarse morir, ya estaba muy viejo para las travesuras.
Ahora tenía una nueva oportunidad de diversión, la última tal vez, sentía que amaba tanto vivir. Haría un muñeco de nieve como de niño, un muñeco blanco y regordete, una obra maestra.
La solapa de seguridad de la esfera se había roto al ingresar en la recámara de nieve, Ogna había chocado de lleno contra la pared nevada, su cara estaba llena de escarcha. Se apoyó en una bolsa de lo que parecía ser carne congelada y se puso de pie, cada paso era como irse adentrando al infierno, presentía que en cualquier momento sus huesos se romperían, con un sutil ¡clac! Pero nada le iba a impedir disfrutar su último invierno.
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