sábado, 31 de julio de 2010

Al pie de los robles: Primera parte


Antes de que caiga el sol, Charlie logró por fin llegar a la guarida del gnomo que vivía en el bosque que rodeaba su casa, para ello se valió de un cucharón de la cocina de su mamá y de una gran voluntad, alimentada por la fe que tenía en que los seres mágicos existían. Su travesía empezó en el pie de un viejo roble en el que se disimulaba, escondida, una diminuta puertecita, que para ojos de cualquiera hubiera pasado desapercibida, pero que Charlie identificó enseguida, por su forma ovalada, una perilla a un costado e incluso una diminuta mirilla hecha a base del fondo de un frasquito de vidrio. El túnel tenía unos tres metros de largo y estaba a un metro de profundidad, muy bien acoplado a las raíces del roble, al final de la travesía se encontró con otra puertita que le llevó a un cubil, muy pulcro, con sillitas, mesa, estantería y un ovillo de leña –que no eran más que ramitas secas- en un rincón. Atrapar a la criaturita no fue tan difícil como se lo esperaba, le encontró reposando sobre unos pliegues de esponja que se asemejaban a una cama, roncaba débilmente y dormía de lado, le alzó suavemente deslizando la palma de la mano bajo la camita y lo introdujo en la jaula que antes había pertenecido a su hámster. Le observó minuciosamente, se trataba de un hombrecillo de piel gris, tenía una prominente barba blanca que le llegaba hasta el cinturón, no tenía nariz sino solo dos huequitos, estaba vestido con unos pantalones marrones muy desgastados y una especie de camisa blanquecina. Al despertar, con sobresalto cansado, Charlie supo que era muy viejo.
-Por favor, devuélvame a mi casa, -le rogó la criatura, ya en la habitación del chico, -estoy muy enfermo.
Pero Charlie no conocía el idioma gnómico.
-Eres asombroso, y sabes hablar, pero no te entiendo nada. –Dijo el niño que no paraba de observarle. –Voy a la cocina por un vaso de leche.
-¿Quieres un poco? –Espetó al volver. –Si, creo que si. –Sacó un pequeño botecito del bolsillo y lo llenó de leche, el líquido blanco bajó por los bordes del vaso y empapó los dedos del chico, luego se lo ofreció plantándolo cerca de las rejas de la jaula. El gnomo no pareció prestar mayor atención, se había recostado sobre su lecho y se abrazaba a si mismo.
-Es leche, está rica. –Abrió delicadamente la jaula y puso el botecito a un lado de la criatura. –Pruébala duendecillo, no te hagas el difícil. –Dijo, dándole un empujoncito en la espalda.

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