
…primero, estar rodeado de tiburones, sobrevivir al encuentro con la caja flotante, y el agua, a veces tan fría que…
…El agua fría. Abrí los ojos, el agua seguía tan fría como siempre, me encontré con el sol, que centelleó en mis ojos tan fuerte que quedé ciego por un momento, el agua brillaba, de dorado, de azul, de blanco y de verde. Los sueños producidos por mis desmayos eran cada vez más y más convincentes, a veces ya no sabía en que realidad quedarme a vivir. Miré a mi alrededor, trescientos sesenta grados del mismo color, con la misma textura y olas rugosas, excepto por una enorme aleta triangular que se dirigía directamente a mí, no muy lejos. La caja flotante seguía allí, a mi lado, la puse frente a mí justo antes que el tiburón me mostrara sus fauces, la destrozó de un mordisco, como si se tratara de un pedazo de cartón, luego se retiró para preparar la segunda embestida. De los restos de caja sobresalía un brazo huesudo que portaba un suntuoso anillo dorado con su respectivo rubí incrustado, tiré del brazo, y el resto del esqueleto se dejó ver, vestía una chaqueta negra, camisa de encajes, y la botas más hermosas que nunca veré en mi vida, aunque tenía las rodillas quebradas y dobladas con el propósito de hacer caber el cuerpo en la caja. El cadáver tenía en el pecho una inscripción: “Nestor Von Jone”. “Gran pirata”.”Muerto en su ley”. Conocí a ese hombre, y se por cuenta propia que era uno de los peores tipos que conocí, no hubo fechoría que no realizara. Ni siquiera yo escapé, una vez me estafó con unos dientes de oro que resultaron solo ser dorados, cuanto odié a ese hombre, cuantas veces escupí deseando que mi saliva le envenenara de algún modo. Cierto gustillo se coló en mi conciencia, si hubiera tenido sabor, sería dulce.
-¡Agua, cumple mi deseo! –Grité. -¡Agua! -El tiburón dejó de dar vueltas y nadó directo a mi barril, hice a un lado la caja flotante, me deshice del barril, no me sorprendió la poca fuerza que me quedaba, mi nariz entró en contacto con el agua, la inhaló, mis ojos también se sumergieron, y pude ver las mandíbulas de ese pez expandiéndose conforme se acercaba, los tenía tan blancos como los de una princesa, solo que horrendos y por cientos.
-Mathieu Laquerre, gran pirata, murió en su ley. –Pensé. –Gran cartel.
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