lunes, 2 de agosto de 2010

La caja flotante: Primera Parte


La razón de mi vagabundeo marino a bordo de un barril, traición en alta escala según el capitán, se me descubrió una noche en cubierta saboteando los mecanismos de velaje del barco. Días pasados había yo hecho un negocio con un buen número de marineros que ansiaban hacerse con el barco que yo tripulaba, yo por otro lado ansiaba un dinerillo extra si se daba la oportunidad, no me importó mucho traicionar a algunos amigos de la embarcación pues amaba más el oro, y tenía la total certeza de que ellos hubieran hecho lo mismo por mí. El plan era simple, yo quemaría tiempo cortando sogas y vaciando la pólvora al mar, mientras el grupo de rufianes, armados hasta los dientes, se dirigía a toda vela en nuestro rumbo a bordo de una goleta, pero con la ventaja de encontrarnos desarmados.
Así que cuando un marinero me encontró con cuchillo en una mano y soga en la otra, hizo lo que debía, en menos de una hora yo, Mathieu Laquerre, fui apresado, juzgado, y tirado por la borda ante los ojos de quince piratas borrachos que cantaban desafinados, pero altivos por haber encontrado y eliminado la rata, que hace días se rumoraba viajaba a bordo del Hungry Squalus; por equivocación un marinero ebrio hizo rodar un barril vacío que saltó por la borda y chapoteó muy cerca de donde yo caí, los demás se lanzaron sobre el marinero, le apuñalaron y le arrojaron al agua, corriendo así él con peor suerte que la mía, pues a pocos segundos de tocar agua escuché sus gritos desgarrados, único producto de los fervores tiburoniles por la sangre. Por último, los marineros (apostados en la borda) dirigieron frases de amor para mi madre, y un par de saludos para los tiburones, la luz del barco desapareció sistemáticamente, sin embargo el silencio dejó espacio para que mi corazón aterrado se manifestara como sonido dominante.
A pesar del terror, esa noche no pasó nada, intenté abrazarme a lo largo del barril, pero siempre terminaba cayendo, era imposible mantener el cuerpo entero fuera del agua; luego intenté sacar el trasero del agua, pero para eso mi cuerpo tenía que tomar forma de v, e introducir gran parte de la cabeza en el agua para mantener el equilibrio, me rendí después de más de cien intentos en cada posición al darme cuenta que, el siguiente chapoteo podría convertirme en bocado (de mal gusto, pero bocado al fin y al cabo), de los peces dientones que nadaban en mi radio, me conformé con apoyarme sobre el barril transversalmente, mantenía la mitad del cuerpo fuera, burlaba en cierto modo el frío. Lo que hice durante el lapso nocturno, al ser imposible dormir o tener un poco de paz, fue rezar por mis piernas, cada roce extraño en los tobillos me provocaba ofrecerle mi alma a dios, o al diablo, el primero que se manifestara. El alivio del alba resultó ser la revelación de los horrores, centenares de tiburones nadaban a mí alrededor, unos pequeños, no más grandes que un perro, otros tan anchos como un caballo, uno en especial me pasó rozando los tobillos, los pequeños chocaban en mis piernas y seguían su camino, mantenía las piernas rígidas, y los calambres, tan oportunos, venían uno tras otro sin avisar, sabía que era cuestión de un raspón y mi buena suerte huiría como un ratoncillo. Pasé el día llorando, y rogando que la banda de marineros que perseguía al Hungry Squalus me rescatara.
El segundo día noté que mi piel estaba blanda como una hoja de papel al agua, mis manos daban la impresión de ser guantes y no de manos, la sensibilidad de mis piernas desaparecía como un ladrón de bolsos en la avenida más transitada, me era imposible deshacer el estrés, lo único que me quedaba era soportar los calambres y rogar que mis tormentos no atrajeran a la muerte vestida de piel viscosa y aleta triangular. No pasó nada más ese día, solo el hambre y la sed que de pronto eran visitas no programadas (que nunca agradan) que llegaron para quedarse a vivir indefinidamente en mis sentidos.
La noche fue la copia exacta de la anterior, solo que esta vez sentí más frío, y mareos.

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