viernes, 8 de octubre de 2010

Mar Adentro: Quinta parte


“La búsqueda del cuerpo del niño termina hoy”, -leyó Manolo “¿Cómo se atrevieron?” Pensó, “Es Tito, es Tito, mi hijo, mi hijo”. No recordaba desde cuando estaba borracho. El universo en su mente era la amargura de no haber sido capaz de decirle a Tito que le amaba aquel día. Sostenía el periódico en sus manos, una publicación de tiraje local de nombre La Voz. Los titulares hablaban de la voraz fuerza desatada en las costas del mundo, los daños materiales eran incalculables, los muertos se contaban en cifras, en un pequeño recuadro se contaba la historia del pequeño Tito con cortas palabras, como un fino aguijón, como si el redactor se hubiera relamido los labios al escribirla. “Quince días desaparecido, sin embargo el padre dice mantener esperanzas”.
Arrojó el periódico al suelo, las hojas se desperdigaron y no tuvo el valor de recogerlas, una mano estaba asida al cuello de una botella; la otra cerrada, con los nudillos blancos.
-Hijos de puta, -se dijo antes de salir, -si no quieren ayudar, no ayuden maldita sea. –Salió de la casa dando tumbos.
La madre estaba preparando la sopa del almuerzo cuando vio salir a Manolo y embarcarse en la camioneta. Sabía que iba a la playa a seguirse embriagando, ya había perdido esperanza de detenerlo cada vez que hacía eso. Era un hombre demasiado débil después de todo, ella ya se había hecho a la idea de no volver a ver a su Tito, aunque el dolor no cambiaba, y a veces, al despertar por las mañanas tenía la sensación de que en cualquier momento entraría en su habitación para abrazarla, como cierta navidad. Pero nunca pasaría. Mercedes siempre sentía un frío incondicional, se sentía ajena al mundo de algún modo.
–Mami, mami. –Uno de los gemelos tiraba del vestido con insistencia, la madre dejó la zanahoria a medio rebanar, dio media vuelta y acaricio la mollera del pequeño.
-Mami ¿crees que las voces que llamaban a Tito se lo llevaron? –Los ojos guardaban ese brillo determinado de la infancia. -¿Fue ese señor? –Apuntando dedito regordete al crucifijo colgado en la pared.
-Creo que sí, hijito. –Dijo y se dio media vuelta y siguió picando la zanahoria, las lágrimas empezaron a brotar como flores al amanecer.
Poseidón vio al hombre sentado en la playa, cansado de tanto nadar, lo escuchó llorar. En algún rincón de su salvajismo creyó reconocer la voz de aquel hombre quebrado. No era capaz de sentir emociones, y si alguna vez las sentía eran recuerdos incomprensibles de su antigua existencia.
Esa tarde llovió.

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