viernes, 8 de octubre de 2010

Mar adentro: Tercera parte


Manolo era feliz, era una simpleza, pero estaba feliz ¿Quién dijo que la felicidad se basa en cosas grandes? –Voy a comer algo ¿vienes conmigo?
-No, no tengo hambre todavía.
-¿Está bien si te dejo un ratito? –Miró directamente a los ojos hinchados por algún rebrotar de lágrimas.
-Si, está bien, -dijo con alegría, -estoy bien.
Manolo se alejó. Al llegar a la orilla volteó de nuevo la mirada, la emoción fue tan intensa de hecho que, decidió expresarla a flor de boca.
-¡Tito! ¡Hijo! –EL niño volteó. “Te amo”, pensó el padre, que siempre fue un padre frío, y, al final de un sentimiento tan fuerte, su frialdad volvía a imponerse. -¡¿Estás bien?! –El niño levantó un brazo y asintió.
-¿Dónde está la comida? –Mercedes señaló la pila de matorrales que cubría la camioneta.
-Bueno, bueno, pero te dije que la traigas aquí hace rato ¿y si tiene hormigas? –Desapareció trotando entre los matorrales.
-No hay nada ¿Dónde carajo los metiste? –Dijo al volver.
-Hombre inútil. –Musitó Mercedes con cariño. –Hay un cesto en la cajuela. –Se levantó y le alcanzó.
-Es la primera vez que Tito nada en el mar ¿estará bien que nade hasta tan adentro? –Dijo ella.
-Si, creo que si, se maneja bien. El lunes lo inscribiré en un curso de natación.
-Hasta podría convertirse en nadador profesional. –Manolo guardó silencio, tenía la boca llena de ensalada de pollo.
-Voy a ver si no pasa nada. –Dijo Mercedes, él le agarró de la cintura.
-No pasa nada mujer, Tito ya tiene nueve años, nos dirá si los gemelos arman barullo. –Le besó el cuello, lo sintió salado. –Además, ahora al verle, no se, lo siento diferente.
-¿Saco el pollo asado? –Preguntó ella, aunque ya estaba desenvolviendo el papel aluminio.
-No me lo preguntes. –Contestó él. Ella se dio la vuelta, rió y le dio un minúsculo beso en la boca.
-Tragón, vas a ver como se te va a poner la panza.

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