viernes, 8 de octubre de 2010

Mar Adentro: Segunda parte


-Levántate, no pasa nada hijo, estás conmigo. –Le tomó por los hombros caídos, intentó enderezarle la mirada, destaparle el rostro, incluso cruzó por su mente la idea de pedirle perdón, pero no lo hizo, esperar eso de Manolo era lo que se dice: mucho pedir. Simplemente le cubrió la espalda con el brazo y le llevó a la orilla.
Mercedes estaba tumbada sobre la arena, prefirió no ver, así que se hizo la dormida. Ya oía el característico crujir de la arena bajo los pies de su marido acercándose. Estaba preparada para alguna frase filosa como: “Aquí tienes a la porquería a la que llamas hijo”. Pero no escuchó su voz, había estado alistando su contragolpe todo el rato, afilando la navaja para defender a su niño. Las pisadas en cambio, vinieron pesadas, se detuvieron un momento, y luego se marcharon igual de pesadas. Al abrir los ojos lo que vio fue a Tito sentado sobre la mecedora, los pies no alcanzaban a rozar la arena, goteaban. A unos veinte metros en la misma dirección estaban los mellizos, seguían revolcándose en la arena como lo habían estado haciendo desde que llegaron. Manolo se había adentrado en las olas, el agua le daba por la cintura, parecía desconcertado.
-¿Te acuerdas de las voces del mar mami? –Musitó Tito.
-Si hijo, las pesadillas.
-Ya no las oigo ahora que estoy aquí, ya ni siquiera me acuerdo de cómo eran.
-Que bueno. –Sonrió, y la sonrisa le pareció excesivamente incómoda, no lo había esperado. - La terapia del doctor Plaza da buenos resultados, eso es muy bueno para ti.
-No, fue la terapia de papá, resultó efectiva. –Ahora miraba al horizonte, los ojos estaban hinchados, pero aun así tranquilos.
-¿Ya no le tienes miedo al agua?
-Ya no, creo que no. Ahora creo que podré aprender a nadar.
-¿En serio? –Dijo la madre, y desvió en seguida el rostro hacia donde estaba Manolo. Sonrió por él y por ella. Ahora la sonrisa amplia entre los labios pálidos y maternos.
-En serio.
-Entonces anda, nada, pero no muy adentro.
-No, no creo que progrese tanto hoy. –Se levantó y se adentró en el agua. A cuenta de pasos tembleques llegó hasta donde estaba su padre.
No se hablaron, se limitaron a jugar con el agua. Tito hasta se burló de la mediocridad de las olas, de ahora en adelante jugaría con ellas, las amansaría. Estaba enviciado domando cada remesa, chocando de pecho contra los blandos muros, rompiéndolos. La ancha cara del mar no era monstruosa, era fresca y juguetona. La cara del padre resplandecía en la tarde.

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