viernes, 8 de octubre de 2010

Mar Adentro: Cuarta parte


La idea de temerle al océano era tan tonta. Tito soñó cosas malas de él toda su infancia, pero ya no recordaba que era lo que había soñado, se sintió un poco estúpido por todas las veces que rechazó ir con los amigos a nadar, o las excursiones del colegio en las que siempre quedaba mal con las niñas por preferir quedarse ¿Cómo fue capaz de perdérselo? Ya no pasaría. Por terrible que hubiera sido aquel miedo, el mar había sido el mejor remedio. Le tenía extasiado. Nadar era como flotar en el aire. Romper olas con el pecho le hacía volverse un campeón invencible.
Otra ola más a las estadísticas, una risita triunfal, y otra ola ¿Quién podría cansarse?
A lo lejos, mucho antes de donde nacían las olas, un rollito de agua plateada comenzó a rodar sobre la superficie y comenzó a crecer, a veinte metros parecía un muro de jardín, a diez, un poco más alto. ¿Qué importaba cuan alto? Los ojos del niño brillaban de excitación ¿qué sensaciones le esperaban en el choque contra ese monstruo? La vencería. Si lo lograba sería el campeón mundial sin duda, el domador de olas, el que los chiquillos de la escuela admirarían, y al que la chica pelirroja dos bancas atrás tomaría de la mano. Ahora la ola ya estaba tan cerca que arropaba con la sombra. Tito tuvo la extraña sensación de que aumentaba, y mucho, su velocidad al acercarse, parecía desesperada por chocar contra él, al comenzar a doblarse le pareció que la figura se parecía mucho a la de una mano, una mano que contraía y estiraba el dedo índice con un movimiento ondular. Le llamaba ¿porqué no lo pensó antes?
En ese último segundo antes del choque recordó lo que había soñado -¿Cómo fue tan idiota para olvidarlo?-, y lo que el romper ondulante de la ola parecía decirle. VEN. Pero ya era muy tarde para conjeturas, ahora ya no veía una ola, era una mano, una mano azul con dedos de plata brillante cerrándose sobre su cabeza, ya no le llamaba, ahora venía a por él.
Chocaron.
Al abrir los ojos, todo era una confusión verdosa, la fuerza de la ola hacía que sus extremidades se movieran independientes, su pataleo levantaba grandes volutas de arena que oscurecían el agua. La luz del exterior, de pronto, parecía cada vez más arriba, la corriente le arrastraba donde la salinidad verdosa del ambiente acuático oscurecía hasta un azul profundo y atemorizante pendiente abajo. Sin embargo nunca dejó de dar brazadas en pos de la superficie.
Al escuchar aquella voz supo que nunca más saldría de allí. Era una voz que no era una voz, era el sonido del chasquear de las conchas, del crujir de los crustáceos, el coleteo de los peces, “carne y agua” decía, “carne y agua se han de tornar en mar”. Por un momento había creído que estaba asfixiándose, pero al no sentir los pulmones contraídos se dio cuenta que no necesitaba aire, su pecho estaba lleno de agua, sentía la frescura líquida, pero no le sofocaba. Escuchaba una infinidad de susurros, y en un lapso indeterminado llegaron a convencerle, no tenía por que temer, era bienvenido, era el que había de poner orden, era él y tenía que sentarse en el gran trono. MAR.
“Danos tu espíritu, solo queremos tú espíritu”.
Lo último que Tito oyó fue “danos tu espíritu, el mar necesita un espíritu”, y se dio cuenta con terror que ya no sentía el cuerpo, ni el frío de las zonas abisales por donde era arrastrado; pero si extrañaba a su familia, aunque no recordaba con exactitud que era lo había estado haciendo, ¿Quién era ese señor alto y fornido de la playa? ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo? Su memoria entumeció por última vez. Y Tito dejó de existir, la máscara desapareció, solo quedó la esencia, se llamaba Poseidón.

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