viernes, 8 de octubre de 2010

Mar Adentro: Primera parte


La mañana era tan dulce que hasta resultaba un poco molesta para papá. Los niños jugaban en la arena mientras él estaba tumbado sobre su mecedora verde, que no mecía, había perdido la batalla con la arena y se limitaba a ceñirse a ella.
Y la arena estaba tan amarilla, el mar tan azul.
-Mercedes. –Le dijo a su mujer. –Anda y trae a Tito que está en el carro.
-Pero Manolo, le tiene miedo…
-Nada de mariconadas. Tráelo, o si no lo traigo yo. Esto hoy se acaba. –La esposa bajó la cabeza, no era capaz de reprochar las fobias de su niño, era su niño. Pero tampoco quería que su Manolo se pusiera como un gorila. Desapareció entre los matorrales que escondían la camioneta. Al poco regresó. Sola.
-Manolo, déjalo así, dice que no está de humor.
-¡Pero carajo! ¡Si nunca está de humor! –Reprochó. – Esos miedos tengo que quitárselos yo. Se lo debo como padre.
-Manolo, tu sabes lo que dijo ese sicólogo de la escuela.
-A la mierda el sicólogo. –Escupió, literalmente. –Yo sé con que se curan esas pendejadas. –Se levantó. Era un hombre corpulento, alto, recio, criado a la vieja usanza; Tito, por otro lado, era flaco y casi nunca salía de casa. Le tenía pánico al agua. Manolo desapareció corriendo entre los matorrales los pasos hacían crujir la arena. Mercedes temió por su hijo, sin embargo sabía que era lo mejor, que todo esa sicología no era para la gente del campo.
Al poco tiempo regresó Manolo junto al niño. –Mira que el mar está lindo para nadar. –Su gran mano estaba posada sobre la nuca de su Tito. Su chico sobresaliente de la escuela, al que los profesores le daban buenos augurios, reales, pero sin decírselo nunca. Que hasta había salido en el periódico. –Mira a tus hermanos como juegan. –Pero el niño miraba al suelo, de vez en cuando giraba a donde estaba estacionado el camión, sus ojos parecían contener muchas lagañas, hallaban técnicas para rehuir a mirar al frente. El horizonte, azul. Conforme se acercaban al agua y Tito veía como la arena grisácea cambiaba de color, a mojado, sus piernas empezaron a temblar. Un halo frío recorrió su espina, su frente sintió el frío sudor que no podía augurar nada bueno. Manolo puso la otra mano en las costillas de su hijo, y cubrió la resistencia que este le oponía, siguieron avanzando lentamente. –No pasa nada, estás conmigo, hijo. –El último aliento de una ola chocó en los dos pares de pies. Esta vez Tito sintió un espasmo poderoso y estuvo a punto de precipitarse al suelo, pero a último momento no lo hizo, no podía dejarse vencer, si caía, lo sabía, la corriente le arrastraría. Cerró los ojos y uso la espalda como contrapeso a los brazos de su padre.
La siguiente ola que chocó le llegó hasta los tobillos. -¡No! –Se echó para atrás, por un momento sus ojos contemplaron el basto manto que se extendía hasta donde comenzaba el cielo a los lejos, pero en seguida se tapó la cara y dio media vuelta, su padre nunca dejó de empujarle y ganarle batallas, aunque le sorprendió la fuerza que Tito poseía.
-Hasta aquí llegaron los lloriqueos, -exclamó, -Un hijo mío no puede tenerle miedo al mar. Por dios Tito, estuve en la guerra, el mar es el menor de los males. Si hubieras visto lo que yo vi… –Su voz contenía un susurro de ternura, sus invencibles brazos sostenían torso y piernas respectivamente. Lo levantó en brazos.
Los ojos de Tito estaban mojados, los alrededores enrojecidos, las mejillas eran ríos de lágrimas. –No papito, no por favor. –A Manolo le enterneció, una parte suya, insignificante, compartió su pena, pero no podía dar marcha atrás.
-Pero hijo, no pasa nada, es agua, solo agua. Mira ¿qué tiene de malo el agua?
-Su voz, es su voz, no dejes que me lleve. –Chilló. –Me llama. Me llama en sueños.
-A esto ya se le acabó el chiste, el agua es solo agua, el agua es para que nades. –Sostuvo al niño en el aire, le agarró del cuello de la camisa y de la parte trasera de los pantalones, y le arrojó contra una ola que acudió a su encuentro como un esponjoso colchón. -¿Ves que no hay nada de malo? ¿Qué el mar no tiene voz?
El pasar de la ola reveló a Tito sentado sobre sus talones, intentaba hermetizar sus ojos con las manos. Temblaba. Sentía la espalda fría, como unas manos estuvieran por agarrarle y arrástralo mar adentro.
-No hay voces, no hay voces, no hay voces. –Repetía con la voz quebrada. Los sollozos salían acompasados con las exhalaciones. La imagen patética de su hijo arrodillado, y las olas que le atacaban por los costados hizo que el corazón de Manolo diera un pequeño vuelco, un brote de compasión sincera, una reacción muy impropia de él. Aunque pronto esta se vio copada por la mas pura repugnancia, pero se contuvo. Amar es mar que tener un brazo de hierro, siempre lo había sabido.

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