
El siguiente día encontré un trozo de carne flotando sobre el agua, me importó poco de donde proviniese, ni su olor putrefacto, la engullí de dos tajos, poco después caí en inconsciencia, soñé, valga el diablo, con tiburones, con tiburones del tamaño del Hungry Squalus, me devoraban una y otra vez y no moría, al morir aparecía de nuevo en el océano, y volvía a ser despedazado por las horrendas fauces. Desperté con un terrible dolor de estómago. Me dio diarrea esa noche.
En el cuarto día no pude soportar la sed. Como todo marinero, conocía muy bien ciertas reglas del mar, nunca bebas de él. Sin embargo cedí a la tentación del océano, no me importó, “agua es solo agua”, pensé. El agua en contacto con mi garganta me hizo desistir en el primer trago, dejándome una terrible irritación de garganta como recuerdo. Más tarde en la noche, no podía contener la boca cerrada, sentía mi garganta quemada, los labios salados entre escupitajos y tragos de saliva, incluso el aire sabía a sal. Se me ocurrió que si aflojaba la garganta el malestar se iría, así que lo hice, reí como un desquiciado, sin otra razón que mofarme de mi mismo, me sentí libre un instante, podía burlarme de mi propio futuro, podría reírme de la muerte, pues aunque me llegara, tarde o temprano, no podría quitarme ese momento de sarcasmo. Y en el mismo instante en que pensaba en aquello algo chocó en mi cintura, mi corazón paró un momento su diapasón moribundo y en ese segundo en que me fue imposible tragar algo de saliva, mi risa se transformó en un alarido de terror.
No eran dientes lo que chocó en mi cintura, tampoco la proa de un buque ni una medusa. Estiré la mano hacia la cosa, la oscuridad me permitió imaginar la peor de todas las posibilidades. Lo que primero toqué tenía una textura lisa, sin falla alguna. No era un ser vivo y eso era un alivio. Era una caja, de madera al parecer (de dimensiones supuestas de un metro y medio por setenta y cinco centímetros). -Un barco que carga ataúdes, -pensé, -Siempre muere gente en el océano. Y si se tiene posibilidades hay que darles un sepelio decente. –Volví a reír endemoniadamente, tantee en busca de la chapa, en efecto, en el centro de la caja habían tallados en bajorrelieve que no pude distinguir y lo que parecía un cerrojo, un ataúd puede ser una buena balsa, podía utilizar mi propia ropa para atar el barril a la caja para que sirva como agente de flotación, me vestiría con los vestidos del difunto, y quien quita que hasta podría utilizar un lujoso bastón como remo, o un brazo.
Emocionado me abalancé hacia la chapa que suponía ser la cerradura de la caja, -un ataúd con bajorrelieves, -Pensé, -el condenado mínimo ha de ser un noble, un niño de castillos al que nunca le sudó la frente.
Me detuve de súbito, -Tal vez hasta carga joyas, -pero no se podía hacer nada, debía echar el cuerpo al agua, las lunas nuevas siempre fueron ideales para las fechorías, pero no para esa, además estaba el tema de la falta de alimento, los ropajes, no toqué la caja esa noche, preferí que la luz del sol me diga que hacer con su contenido, eso sí, me agarré celosamente tanto a la caja como al barril, me mantuve en vilo la noche entera, hasta estuve a punto de olvidar mis tormentos físicos.
En efecto, era una caja, pero no un ataúd, era un prisma hecho de un material color marrón pero no de madera, era liso como el cristal, el bajorrelieve describía una imagen deforme que no supe determinar si se trataba de un dibujo o de un texto, verla no me producía ninguna sensación en especial, la examiné un rato, nunca había visto algo igual, no era azteca ni español, no inglés ni francés, tampoco reconocía alguna similitud con culturas orientales, pero no era un ataúd, era seguro que guardaba algo valioso, tal vez no oro, pero si algo valioso. Intenté abrirla por todos los ángulos y variables, si había un mecanismo era muy complejo, o tan simple que resultaba imperceptible para los ojos. Como sea, no encontré ese cerrojo. Maldije toda la tarde con las manos puestas sobre aquel tesoro desconocido. Recordando uno de los cuentos de mi abuelo en el que una carta de absolución llega a una cárcel un minuto después de que el condenado ha sido ejecutado. Como dice un viejo adagio pirata: “El oro no vale nada si eres un caballo”, -tampoco, si eres un pez, -pensé, -o un hombre que vive en medio del océano con vecinos que planean cenarte. Recordé los tiburones, no había ninguno a mí alrededor, me sorprendió gratamente aquella visión, tampoco habían peces traviesos nadando por allí y por allá, los animales parecían haber huido de mí, no le di importancia, comencé a patalear bajo el agua, mis piernas recuperaron algo de sensibilidad, un dolor terrible en las rodillas, también tenía la garganta curtida por el agua de mar, la cara tostada y las manos arrugadas como las de un anciano.
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