
Cuando desperté era de día de nuevo, estaba más cansado que nunca, me faltaban tres dedos de la mano derecha, no tuve el valor de gritar, más el terror me devolvió una mísera cantidad de fuerzas, sea lo que sea, la caja ya no estaba, pero el lugar olía terrible, a podredumbre, tampoco habían peces cerca de mí, y a menudo me topaba con un líquido de color marrón que flotaba sobre el agua que al parecer era el causante del olor, intenté comerlo, pero ni el hambre más terrible del mundo podría hacerme aguantar ese sabor, sabía picante, apestaba como un pez en su máximo estado de putrefacción, su contextura era aceitosa, escupí el bocado encima, luego me vinieron unas arcadas terribles y vomité mis propios jugos gástricos, sentía como si fuera a expulsar los pulmones por la boca, mi pecho parecía reventar, mis piernas se acalambraron de extremo a extremo. Al terminar esos martirios reconocí una jaqueca fuerte de entre las que habitualmente me acosaban debido al sol. Tomé mucha agua para que el sabor de la sustancia marrón se vaya, pero no se fue, solo se mezcló con la salinidad. En ese momento tuve la plena seguridad de que iba a morir, había cometido el peor error que un naufrago podía cometer, beber de la fuente.
Volví a desmayar. Soñé con una mujer hermosa, soñé que nunca me convertí en pirata, que tenía hijos, hasta sentí felicidad.
Algo chocó en mi cintura, me costó mucho salir de mi sueño y empaparme de realidad, la luna menguante me permitió distinguir una figura apenas me di vuelta, era esa maldita caja otra vez, la empujé con el resto de rabia que quedaba en mí, me encontré con una superficie carnosa, viscosa, y al llevarme la mano de vuelta a mí, el olor casi me produjo un nuevo desmayo, pero sabía que ese instante era crucial y no podía perdérmelo.
-Cómeme si tienes hambre. –Dije. Intuí que se trataba de un tiburón, el más grande que jamás haya encontrado, el bulto sobresalía al menos un metro del agua. –Pero vas a pescarte una indigestión terrible ¡Bien por eso hijo de perra!
-Vengo a cumplir tu deseo. –Dijo, esta vez la voz provenía de aquel monstruo, era una voz ronca, muy grave, que no guardaba mínima similitud con la de un hombre, todos los vellos de mi cuerpo se encresparon, el terror se renovó de pronto, el mar volvió a ser el sitio misterioso que pensé de niño.
La bestia se abalanzó contra mí, pero justo antes de la embestida se sumergió y me sacó del agua, en un último intento por vivir me así de un enorme cuerno que salía del dorso, la luz de la luna me permitía formar un boceto de mi posición, viajaba a una velocidad increíble, se podían ver las olas brillando y quedando atrás, haces y haces de olas, mi deseo había sido caminar sobre una superficie firme, en ese momento de total regocijo no me importó mi transporte, pensaba que bien podría ser otro sueño producido por mis constantes desmayos, en fin, incluso me aventuré a hablarle a la criatura.
-¿Cómo te llamas?
-Agua. –Dijo.
-¿Cómo sabes hablar este idioma?
-Conozco todos los idiomas del universo.
-¿Qué era la caja?
-Mi espíritu estaba encerrado allí, cuando me liberaste salí a alimentarme, he estado fortaleciéndome estos tres días.
-¿A dónde me llevas?
-Tenías la opción de hacerme tres preguntas y un deseo. Haz hecho las tres preguntas y tu deseo está a punto de cumplirse. –Me quedé callado, comprendía que desperdicié una oportunidad infinita, podría haberle preguntado los orígenes del hombre, como llegar a la inmortalidad, sin embargo no era mal recompensa mantener la vida después de tal situación.
Vi a lo lejos una luz, se trataba de un barco, en menos de un minuto estuvimos cara a cara.
-Tu deseo ha sido cumplido. –Dijo el monstruo y me dejó caer en el agua. –Pero no te atrevas a volver a tocar el mar en lo que reste de tu vida, porque si lo haces vendré por ti y te devoraré. -Ante la luz del barco pude ver su lomo, era de un color verdoso, y el cuerno del que estuve asido era del mismo material de la caja flotante, no pude verle el rostro, se hundió enseguida dejando un chapoteo de agua tras de sí.
Quise llamar al barco pero mi voz tenía tan poca fuerza que solo yo podía oírla. Así que me puse a llorar, el barco pasaba y yo no era capaz de hacer un último esfuerzo por vivir. El rumbo de las cosas fue tornándose difuso, sin embargo un poco antes de caer en inconsciencia, observé un marinero que su vez me observaba y arrojaba una soga al agua, intenté asirla, pero ya todo era demasiado nublado, perdí el conocimiento.
Cuando desperté, me hallaba en un catre de sabanas blancas, estaba bien vestido y tenía vendas en cada rincón donde había estado herido, una enfermera me puso al tanto de todo. Se trataba de un barco mercante inglés que servía como corsario para la corona, además de la tripulación, viajaban a bordo ocho soldados, dispuestos allí con el fin de aportar con el control de la colonia americana.
Tardé varios días en recuperarme, me hice amigo de la enfermera, una mujer corpulenta de unos cuarenta años llamada Susan, la hice mía una noche antes de tocar puerto, un hombre rico que tripulaba la nave me ofreció un empleo decente, yo acepté, y le pedí a Susan que nos quedemos a vivir en Nueva York. Aceptó. Me sorprendí de cuanto puede cambiar la vida, cuanto…
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