
Hola Matt. –Dijo esa voz, la tarde estaba soleada, las olas danzaban adormiladas, era el séptimo día de mi naufragio. En ese momento no le presté atención, estaba más preocupado por una herida en mi rodilla, surgida cuando quise patear la caja flotante, aunque en el fondo sabía que no llegaría a más de una infección, pues habían pasado dos días sin ver a un tiburón por allí, de hecho sin ver a ningún pez. –Hola Matt. –Decía, a veces solo repetía mi nombre, por supuesto que yo nunca respondería, sabía que estaba empezando a perder la cordura, alimentar la locura no me convenía, además, el paisaje sobre el que flotaba era tan surrealista como hábitat de un hombre que cualquier disparate infundado por el cerebro era fácil de masticar y tragar, de creer, esa voz en particular no representaba temor, sí un poco de sorpresa.
Cuando le contesté me encontraba taciturno, mantenía la conciencia en bajo perfil.
-Hola Matt. –Dijo esa voz.
-Hola. –Dije.
-¿Cuál es tu mayor anhelo en la vida? –Dijo, parecía una entrevista conmigo mismo.
-El oro ¿Qué más? –Murmuré.
-Claro que no, ¿Cuál es tu mayor anhelo en la vida? –Volvió a preguntar, algo salió de mi disertación somnolienta.
-Caminar sobre algo sólido, por ahora, tener mis piernas a la intemperie me está volviendo loco.
-Deséalo entonces. –Dijo.
-¿Desear qué? –Dije.
-Libertad.
-Eres libre, le hablas todo el rato a mi cabeza.
-Deséalo Matt. Y ambos seremos libres.
-Hágase la libertad. –Dije, luego pasé mi lengua por mis labios lacerados.
-Al liberarme tengo la obligación de concederte el deseo que más anheles en la vida. –Dijo. –Ambos seremos libres.
-¿Qué tengo que hacer?
-Utiliza los dedos.
-¿Qué?
-Utiliza los dedos. –Dijo, en ese instante desperté. Recordaba con claridad la conversación, pero no entendía nada de ella.
Al amanecer del octavo día ya no tenía fuerzas ni para alzar la cabeza, era el primer día que dormía como un bebé, pero despertar reveló la cruda realidad, mi piel se descascaraba como la corteza de un árbol, me dolía cada articulación de mi cuerpo, especialmente los brazos, cada vez me era más difícil asirme del barril, sentía mis piernas como extremidades ajenas a mí, tenía un pavor terrible por examinarlas, las sentía podridas. Además, mientras dormía solté la caja extraña y no la encontraba por ningún lado. Lo único positivo fue encontrarme con un banco de peces, no había visto ninguno desde el día que encontré esa caja flotante, más tarde me alimenté de un montón de algas que flotaba sobre el agua. Aun así lloré como acostumbraba hacerlo todos los días. Y caí desmayado como la noche anterior.
Al despertar, el sol ya había cruzado los noventa grados, mis desmayos eran cada vez más largos, pensando en eso tuve la breve esperanza que uno de esos desmayos fuera eterno. La caja viajaba de nuevo a mi lado, era como si me siguiera, entonces lo comprendí, la caja me habló todos esos días. Me estaba muriendo, mi parte sensata me sugería que no sobreviviría otros dos días, no había nada que perder, “utiliza los dedos, me había dicho la voz”, así que estiré la mano y toqué superficie lisa de la caja, era como tocar un animal apaciguado.
-Dedos. –Dije. –Dedos ¿Dónde? –La superficie pareció ablandarse, con los dedos aun sobre la caja, volví a perder el conocimiento.
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