
Ogna lo había estado meditando y sabía que su mejor oportunidad para escapar había llegado, a pesar de su vejez aun era diestro para manejar su espada, nunca la dejaba de lado, siempre pendía de su cinturón. Era un gnomo muy desconfiado.
-¡Aaaagh! –Gritó el joven humano mientras con la mano sana atenazaba la muñeca de la mano herida, los ojos estaban fijos en la espada, atónitos y desorbitados. La lámina de acero estaba incrustada en los tendones entre los dedos índice y pulgar, apenas denotado un rastro de sangre. El humano no paraba de correr de un lado a otro agitando la mano endemoniadamente, sin embargo Ogna sabía que el golpe no era letal, solo una distracción, tenía que huir tan rápido como sus seniles piernas le permitieran. Intentó escalar la pared de aquella prisión, siempre fue ágil mientras pudo demostrarlo, pero sus recuerdos de agilidad provenían de un tiempo remoto de que su memoria solo conservaba retazos. Finalmente, cuando sus manos estuvieron asidas de la última barra, la tapa de la jaula les cayó encima y el viejo Ogna fue a parar sobre su cama destartalada, lo que le ahorro un par de huesos rotos.
Mientras abrochaba el candado en la solapa, el joven humano tenía fuego en los ojos y profería frases en elevados decibeles, las lágrimas rodaban por sus mejillas como rocas redondas, rodando colina abajo; el gnomo sintió algo de culpa por su acción.
Ogna conocía muy poco del idioma humano y de lo que le oyó lograba discernir las palabras mañana y arrepentir.
El humano abandonó la habitación, al volver traía un parche sobre la herida y la espada milenaria de la estirpe gnómica de Ogna en la otra mano, una reliquia invaluable, jugaba con ella entre los dedos. Esta vez el humano sonreía con las cejas rígidas, como si forzara aquella sonrisa para ocultar otro sentimiento, odio, ira, maldad tal vez. Guardó la espada en un cajón del armario y se dirigió al escritorio donde estaba la jaula que antes le había pertenecido a su hámster. Esta vez habló con calma, con la sonrisa maligna acentuada al máximo, esta vez el prisionero no le entendió una palabra, pero salía a la luz que no era perdón y olvido lo que el gesto facial del humano expresaba.
“No era perdón y olvido”, pensó Ogna y se sentó en su cama para mirar al humano mientras se acurrucaba en su respectivo lecho sin dejar de hablarle, hasta quedarse dormido.
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